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Cuentos fantásticos. (C.F. fantasía. De Terror. Metafísicos)
PROLOGO: Confieso que no soy afecto a prologar libros. Es una enorme responsabilidad. En este caso accedí porque el autor- en la época difícil del proceso militar- supo participar de un taller literario que yo tenía en la SADE. Ya por entonces, López Gómez mostraba las facetas que distingue a los grandes cuentistas: literatura visceral, maestría en el manejo de los tempos, y una extraordinaria capacidad para sorprender con finales inesperados( a mi criterio, la esencia de todo buen cuento). Después de 25 años, encontré a López Gómez en Mar del Plata- ciudad en la que reside- lugar al que fuera invitado a dar una conferencia en la casa de Victoria Ocampo. Me enteré entonces que tenía publicado 4 libros- uno en coedición con Adolfo Bioy Casares- y que a su novela “Jesucristo en Plaza de Mayo”, había sido distinguida como uno de los mejores libros del trienio 91/93. Sin embargo, la trascendencia aun se hacía rogar( Ya se sabe: no es suficiente un buen producto, si quienes lo ofrecen a la venta, carecen de la idoneidad y los medios- léase difusión- para imponerlo en el mercado); y si a esto se le sumaba que el autor padecía desde hacía muchos años de una impronta de sucesos aciagos en lo personal y familiar, uno podía entender como un autor de semejantes quilates, no gozaba aún del reconocimiento merecido. Pero volvamos a la obra. No exagero ni regalo nada al autor, si digo que se trata de un excepcional libro de cuentos. Cada uno, por separado, podría integrar la mejor de las antologías cuentísticas. Sin embargo, yo me quedo con
tres: “El inmortal”, relato no sólo de un final sorprendente sino maravilloso.
“Top Secret”, en el cuál López Gómez ensaya una aterradora hipótesis política y
que muestra su universalidad como escritor y sobre todo, el que título al
volumen de relatos; la manera en que López Gómez rescata a Beatriz Viterbo-
personaje emblemático de el Aleph borgiano- y la forma en que la relaciona con
Ernesto Sábato, sencillamente me parece magistral (metafísica y terror físico se
aúnan en una imaginación desbordante) y afirma mi idea que López Gómez es un
“tapado”, que pronto ocupará un lugar importante en la historia de la
literatura. “Beatriz Elena Viterbo confiesa sus amores con Jorge Luis Borges”
"Todo induce a creer que existe un cierto punto del espíritu, desde el cuál la vida y la muerte, lo real y lo imaginario; el pasado y el futuro, lo comunicable y lo incomunicable, dejan de ser percibidos contradictoriamente". Andre Breton. “Nunca imaginé que mi amistad con Beatriz derivaría en una historia de estremecedoras connotaciones sobrenaturales; historia de sexo con una incursión metafísica invocando a Dios y el absoluto, y ciertas prácticas signadas por ritos esotéricos y crímenes aberrantes. Me relacioné con ella a través de un cursillo de Teosofía: la única mujer del grupo. Apenas 7 gatos locos que nos reuníamos todos los sábados por la mañana en una vieja casona de San Telmo. Un rabino amigo me había hecho la invitación y yo la acepté con gusto, con la intención de "desintoxicarme" un poco de tanta fórmula científica de la que aún no había podido desprenderme totalmente. Grupo ecléctico como pocos: el rabino, un musulmán, un mecánico dental dotado de particulares poderes extra-sensoriales, un profesor de yoga con vasto conocimientos sobre la cultura y las religiones hinduistas; un extraño sin profesión declarada( hombrecillo enjuto de carnes, indigesto espiritualmente por la acción de una marcada actitud misógina); ella, que se había presentado como pensadora independiente, y yo, un físico matemático que vivía a dos aguas entre mi carrera científica - a la que había renunciado oficialmente- y mi nueva vocación de escritor. Desde el momento que la conocí intuí que Beatriz tenía visos de ser una mujer extraña. Algunos sábados venía a buscarla un tipo con cara desagradable, un tal Argentino( me enteré del nombre porque en cierta ocasión ella comenzó a llamarlo a los gritos por ese nombre). A propósito, ¡vaya nombre! Ciertos progenitores parecen desquitarse con la llegada de algunos hijos no deseados, endilgándoles nombres estrafalarios o ridículos( comparando el nombre del amigo de Beatriz, es como si a un nacido en Nueva York lo anotaran en el registro público bajo el nombre de United State Harrington; a un nacido en la península itálica, Italiano Di Stéfano, o a un moscovita, Ruso Petrovich). Durante casi tres meses- si mal no recuerdo- la relación con Beatriz no pasó de los formales buenos días y hasta el sábado que viene. Mujer de un arcano poder seductor, comprendí que su belleza, más que visible, era palpable. Las cosas tomaron un sesgo inesperado a partir del sábado en que hube de disertar frente a mis compañeros. Me tomé el trabajo de guardar los apuntes. Esta es parte de aquella disertación: “ Creo que una de las cosas que moviliza nuestro espíritu, es la idea de la eternidad, aunque no la del hombre en sí; me refiero a la existencia totalizadora. A propósito, he recortado un pensamiento bellísimo. Durante mi permanencia en Francia en el Laboratorio Curie, me enteré que un padre jesuita solía decirle a sus alumnos lo siguiente: Imaginad que la tierra es de bronce y que una golondrina, cada mil años, la roza con un ala. Cuando toda la tierra se haya desgastado de este modo, sólo entonces empezará la eternidad... Colegirán conmigo que esto tiene una belleza estremecedora. Sin embargo, amigos míos, la eternidad no es sólo la infinita longitud del tiempo. Es una cosa distinta de la duración. Hay que desconfiar de las imágenes. Entregan un cadáver al subsuelo. Las únicas imágenes capaces de transportar una idea superior son las que crean en la conciencia un estado de conmoción y de extrañamiento, susceptibles de elevar esta conciencia hasta el nivel en que vive la idea en cuestión, en que ésta puede ser captada con toda su inocencia y su fuerza; los ritos mágicos y la verdadera poesía no tienen otra finalidad. Esto forma parte de lo que no podían comprender mis colegas pacatos. Veo a la ciencia como una matrona que cojea permanentemente y esto será así, mientras no se abra a una visión totalizadora del pensamiento; una ciencia para todos, no un coto de caza excluyente al servicio de intereses espurios. Respecto al espíritu de nuestro estudio, me parece importante hablar un poco de Georg Cantor, quien- como ustedes saben- murió loco consumido por su propio pensamiento, aún indefinible para la mayoría de nosotros los científicos. Resumiremos, a grandes rasgos, el pensamiento de Cantor. Imaginemos, sobre estas hojas de papel, dos puntos, A y B, distantes un centímetro uno de otro. Tracemos el segmento de recta que une A a B. ¿Cuántos puntos hay en este segmento? Cantor demuestra que hay más que un número infinito. Para llenar completamente el segmento, se necesita un número de puntos mayor que el infinito. Veo que el rabino se sonríe. Un experto en la Cábala sabe perfectamente a que me estoy refiriendo..., como no dudo que lo comprende el resto del grupo. Pues bien, este número es igual a todas sus partes. Si se divide el fragmento en diez partes iguales, habrá tantos puntos en una de las partes como en todo el segmento. Si se construye un cuadrado, partiendo del segmento, habrá tantos puntos en el segmento como en la superficie del cuadrado. Si se construye un cubo, habrá tantos puntos en el segmento como en el volumen del cubo. Si se construye, partiendo del cubo, un sólido de cuatro dimensiones, un tessaract, habrá tantos en el segmento como en el volumen de cuatro dimensiones del tessaract. Y así sucesivamente, hasta el infinito. O sea, la parte es igual al todo. Claro, es una perfecta locura, si adoptamos el punto de vista de la razón clásica, la ciencia que descansa en las realidades comprobadas. Se creía que la conservación de la energía era algo sólido, inconmovible. Una catedral gótica. Recuerden que Willian Blake hablaba de un universo contenido en un grano de arena. "En aquel momento levanté la vista y miré a Beatriz. Y el milagro se produjo. Su pensamiento y el mío se encontraron de pronto en el punto Omega de esa franja inasible pero real dónde nuestras miradas coincidían. Mi ego había comenzado a delirar. Entonces fui por más. Deliberadamente había dejado para el final de mi charla, ese tipo de frases discursivas que suelen conmover al auditorio más apático. Aquí lo tengo escrito: “.... esto me hace recordar la famosa paradoja de Banach y Tarski. Según esta paradoja, es posible tomar una esfera de dimensiones normales, por ejemplo, la de una manzana o de una pelota de tenis, cortarla en rodajas y volver a juntarlas enseguida, de manera que se obtenga una esfera más pequeña que un átomo o más grande que el sol. No se ha podido realizar físicamente la operación porque el corte debe hacerse siguiendo superficies especiales sin plano tangente y que la técnica actual no puede realizar eficazmente. Sin embargo, algunos de los grandes físicos que se apartan de la ortodoxia del conocimiento,, sostienen que esta operación es teóricamente aceptable. Para terminar- y me gustaría que éste fuere el punto de nuestro debate- los trabajos de Banach y Tarski llegan a conclusiones que coinciden, de manera alucinante, con los poderes que se atribuyen los iniciados hindúes en la técnica Samadhi: declaran que les es posible crecer hasta alcanzar el tamaño de la vía láctea o contraerse hasta la dimensión de la menor partícula posible. Todavía se puede ir más lejos: se puede imaginar que, a consecuencia de manejos que afectarían a un tiempo a la materia, a la energía y al espíritu, cualquier punto del espacio puede convertirse en un transfinito. Si tal hipótesis correspondiera a una realidad físicopsíquicomatemática, tenemos la explicación de la Gran Obra de los alquimistas y del éxtasis supremo de ciertas religiones. La idea de un punto transfinito, desde el cuál sería perceptible todo el universo, es prodigiosamente abstracta, y- como todos sabemos- no está en contradicción con el espíritu religioso respecto a la idea de Dios. Pero no lo son menos las ecuaciones fundamentales de la relatividad, de las cuáles se derivan sin embargo, el cine y la bomba atómica. Más próximo a nosotros, Shakespeare pone en boca de Hamlet: ¡Oh, Dios, quisiera estar encerrado todo entero en una cáscara de avellana y, sin embargo, irradiar en los espacios infinitos!”(1).
Con tanta artillería pesada para discurrir filosóficamente, el debate se extendió más de lo previsible. En pleno mes de Julio, Buenos Aires era golpeada por una ola de frío particularmente muy intensa. Para colmo, agravada ese sábado por un temporal del sudeste que había convertido las arterias poco menos que en intransitables. Por entonces, yo tenía un automóvil baqueteado pero bastante confiable, y, aprovechando los avatares del mal tiempo, le dije a Beatriz que me ofrecía a llevarla. Me miró desde el fondo de sus grandes ojos verdes, y yo tuve la impresión que por primera vez aquella mirada había descendido unos escalones. “- No sabe como se lo agradezco, Ernesto. Cuándo salí de casa no llovía y ahora se ha vuelto a levantar este viento del sudeste... Para colmo, Argentino está en una estancia en Castelli desde ayer. Claro que acepto encantada.
"Mientras conducía, me fue contando algunas cosas relacionadas con su vida. Por ejemplo, que después de vivir durante varios años en una casona en la calle Garay, agobiada por el peso de una serie de contingencias personales y familiares de las que aún no había podido desprenderse -“... y que en algún momento me gustaría contarle”, me dijo con una voz oscura- se marchó a Francia- París para ser más preciso- y que en Agosto de 1939, ante la inminencia de la guerra, se embarcó de vuelta para la Argentina. Acosada por una crisis existencial, buscó refugio lejos del mundanal ruido. “- Me fui a vivir a Mechita, un pequeño pueblo de la provincia, cerca de Bragado. Dejé las pertenencias de mi clase y compré una vieja casona en las afueras del pueblo. Nadie me conocía ni yo conocía a nadie. Tuve amoríos clandestinos por doquier: uno que otro estanciero de la zona; el jefe de la estación de tren; el delegado municipal, e incluso con un dignatario eclesiástico que estaba de pasada en visita a la diócesis local. No evité tampoco a un paisano iletrado y rudo afecto a la zoofilia. Luchaba con mis dos opuestas aristas: por un lado, bucear en las profundidades del alma, a través de meditaciones que me había enseñado un yogui en Francia; ya sabes, ese tipo de lecturas en busca de mi elevación espiritual, y por el otro, la maldita lujuria, el infierno de la carne que no me daba tregua. “En fin, que luego de semejante periplo, hacía dos años que había vuelto al país. Desde entonces, vivía en un departamento frente al KDT desde dónde podía contemplar el río. “El agua tiene la virtud de aligerar los pensamientos”. -acoto. Que luego de la trágica muerte de su padre- en esos momentos vi por el rabillo de uno de mis ojos que el rostro de Beatriz se contraía- llevaba casi 15 años viviendo sola Cuando hiciera mención a su vida sentimental, me confesó que la misma era muy inestable. Por último, hizo alusión a su situación económica, alegando que tenía un buen pasar, gracias a la renta de alquiler de unos departamentos que heredase de su padre y de un campo en Castelli, dedicado al cultivo de granos gruesos. Quise saber algo respecto a ese Argentino que solía venir a buscarla. Otra vez me pareció ver en su rostro cierta perturbación. “- ¡Ah! Carlos Argentino es mi primo hermano. Una historia muy particular. Pero no es el momento para detalles. “-Entiendo- dije sin mucha convicción. Casi enseguida nos llamamos a silencio. El perfume de ella- francés y de los más valiosos- había comenzado a impregnar el habitáculo; su irresistible fragancia penetraba por mis fosas nasales con la fuerza de un brebaje etílico de alta gradación. Pronto llegamos a su departamento. Me invitó a subir y yo no me hice rogar. Piso siete, número siete. Amplia estancia, con una gran alfombra persa- tonalidades azules y doradas en medio de sus arabescos diseños- debajo de una larga mesa de caoba. Moquete impecable; un ventanal biselado que daba a un balcón terraza, y a lo lejos, la marrón geografía del Río de Solís. “- Por favor, espero que me acompañes con una copa y un café. Necesito hacerte algunas preguntas..., y tal vez te cuente algo que pueda interesarte. Te pido unos minutos para quitarme esta ropa mojada. Pero antes quiero hacerte una pregunta. ¿Conoces a Jorge Luis Borges? “- ¡Cómo no lo voy a conocer a Borges! Es toda una institución en las letras... Me lo presentaron en Sur, la revista. También a Victoria Ocampo, Mallea, Bioy Casares, toda esa gente... ¿A qué viene lo de Borges? Recuerdo que me causaba gracia y regocijo su españolizada manera de expresarse. Nunca le pregunté los motivos de tan peculiar arista de su personalidad. “- Ése es el eje de la charla. Borges y el aleph. “Cada vez más sorprendido, le pregunté si tenía una relación con un planteo de carácter metafísico del cuál hablaba la Cábala judía. “- Exactamente. Es respecto a En Soph, la ilimitada y pura divinidad; el símbolo de los números transfinitos. La respuesta a tus disquisiciones de la charla... “- Sí, pero eso del aleph es pura especulación- dije sin imaginar aún la relación con Borges. “- Tarski, Banach y Cantor no creo que hablen de reglas de tres compuesta... “Tuve que admitir mi error. “- Ernesto: eres la única persona con la cuál puedo hablar estas cosas- en esos momentos extrajo del pequeño escritorio, la copia a máquina de un escrito- Mientras me ducho y me cambio, te pido por favor que leas esto. Se trata de un cuento inédito de Borges: el aleph. Aunque te sorprendas, Carlos Argentino y yo somos los protagonistas. Por favor...¡Ah! Haz de cuenta que estás en tu casa. De verdad Ernesto. Ahí tienes el bar; puedes hacerte un café si quieres. Por favor, léelo. Prometo explicar todo. Colegirás conmigo que estás frente a un raro privilegio; no todos los días uno puede acceder a un texto inédito de un escritor como Borges. “- Cierto- asentí. Cuándo me quedé solo, comenzaron las especulaciones de rigor: ¿qué hacía allí? ¿Qué me había llevado a seguir los pasos de esa extraña mujer casi como un autómata? ¿Acaso estaba impelido por la idea de una aventura sentimental con una mujer extravagante? ¿O intuía la posibilidad de participar de un secreto tenebroso? Preguntas momentáneamente sin respuesta. Leí el cuento. Sin duda, se trataba de un escrito de Borges. Pese a las ironías y a su humor ácido- bien borgeano por cierto- el relato era Inquietante y perturbador. Efectivamente, Beatriz Viterbo asumía un papel protagónico junto con el detestable de Carlos Argentino. Cuando volvió no era la misma Beatriz que conocía: bata azul ceñida al cuerpo- después de todo las formas anatómicas no eran nada despreciables-; camisola blanca de generoso escote con finos canutillos y un pañuelo de seda haciendo juego sobre la cabeza, con dos armonioso plisados cayendo sobre uno de los flancos de su rostro; al fin, la callada y modosita asumía posturas un tanto provocativas. "No esperé su pregunta a propósito del cuento. “- Me he sentido fascinado con el cuento. ¿Cuál es tu relación con Borges? ¿Acaso lo que él deja traslucir en el relato? Por otra parte...,¿ por qué no lo ha publicado aún? ¿O se trata de un trabajo reciente? “- ¡Oh, querido Ernesto! ¡Muchas preguntas de golpe! Es largo de contar. Efectivamente, yo tuve una relación amorosa con Borges. Claro que no como lo cuenta en ese escrito. Con respecto al trabajo literario, calculo que Borges lo debe haber hecho hace unos diez años. “-¿Tanto? ¿Y por qué...? “-¿No lo ha publicado...? He ahí parte del misterio. Le pedí que me hablara de ella y de su relación con Borges. Había recordado de pronto, que el propio Borges se había incorporado como protagonista del relato de marras. “-Durante casi quince años traté de ocultarme de mi misma; por eso abandoné la Argentina. Querría enterrar en mi propia mente, un pasado doloroso y obsesivo cuyo epicentro se gestara en la casona de la calle Garay. Espera. Te pido por favor que no me interrumpas. Carlos Argentino es un primo hermano con el cuál me crié durante la niñez y la adolescencia. De alguna manera mi padre lo adoptó porque había quedado huérfano. El apellido Daneri es falso. La realidad es que Carlos Argentino pertenece a una muy conocida familia cuyo nombre he hecho juramento de ocultar eternamente. Por eso la historia está distorsionada; cuándo Borges la relata cargando las tintas en este cuento que tituló El Aleph, menciona el apellido Daneri aunque creo que nunca supo la verdad respecto al pasado de mi primo. Lo que jamás le voy a perdonar a Jorge Luis, son las mentiras que cuenta en ese relato. Claro que se trata de un cuento y yo sé que la ficción no puede ni debe tener ataduras. El tema es que me involucra en forma directa y yo no voy a tolerar falsedades. ¿Quieres conocerlas? Toma nota: Uno: hace mención a mi muerte en 1929. Obviamente, falso. Dos : Él sabe que yo me marché a Europa y luego sabe también de esa especie de retiro espiritual en medio de la llanura bonaerense. Nada de esto forma parte del relato. Puntualiza de manera enfática que la casona de la calle Garay dónde vivíamos, fue demolida en Septiembre de 1933. Falso también. Tres : esos tales Zunino, Zungri y Zunni, son nombres de fantasía del imaginario de Jorge Luis. A su vez, alude a la casona haciendo aparecer a mi primo como legítimo propietario. Pero hay más respecto a las falsedades del relato. Durante el mismo, Borges sugiere que yo le interesaba como mujer sin dar mayores precisiones. No es del todo falso pero tampoco concuerda con la objetividad de los hechos.. No te olvides de un detalle del cuento. Aquí está marcado. Si me permites...: ...en el piano inútil sonreía el retrato anacrónico de Beatriz, en torpes colores. En aquel momento no podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije:- Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz para siempre, soy yo, soy Borges. Yo creo que cuándo él decide participar en forma directa en el relato, lo hace con un sentido catártico. El aleph lo descubrió Carlos Argentino por casualidad en una de sus incursiones al sótano de la casona -aunque, como tú bien sabes, la casualidad no existe-. Y esto se dio así, pese a que mi padre nos había prohibido la visita a ese lugar; parece ser que el asunto del famoso baúl al que hace referencia Borges tenía un valor sagrado para la familia, y mi padre no quería siquiera que nos acercáramos al maldito arcón. “ Beatriz Viterbo se quedó durante unos segundos con la mirada fija y distante; el repentino brillo de sus ojos me hizo pensar que aún no había renunciado a las emociones. “-Pasaron más de 15 años y aún no he podido enterrar aquí a mi padre. Todavía le debo las lágrimas de rutina. Otra maldita muerte misteriosa. A propósito...:sabías que Borges estuvo en el velatorio? El vió junto con el resto de los asistentes, una estrella de cinco puntas cincelada en la frente de mi padre. ¿Te sorprende? ¡Imagínate a nosotros...! Un hecho ominoso, Ernesto, que siempre atribuí a la maléfica influencia del aleph. ¿A qué sino? ¿A quién culpar? Mi padre no tenía enemigos. De haber sido así.¿qué sentido tendría semejante agresión? Además, mi padre no era judío. Ni siquiera tangencialmente como Borges ¿ qué...?Discúlpame. No te escuché. Por favor, olvídate de que te pedí que no me interrumpieras. "Vi que Beatriz Viterbo tenía los músculos faciales repentinamente tensos y endurecidos. “-Se me hace difícil no meter una cuña verbal. No... decía que a veces conviene cuidarse de las verdades aparentes de los cuerdos, y que debiéramos prestar más atención a los discursos de los locos. "-El caso es que aún no te lo he dicho todo...; no sé, Ernesto;. yo creo que el aleph no se reduce a la pintura metafísica con referencias a la Cábala que hace Borges. Es mucho más que eso. Él guardó muchas de las cosas que esconde realmente el aleph. O en todo caso se guardó de comentarlas. No sé si esto puede estar relacionado con su renuencia a publicar ese cuento. Te quiero aclarar que hace muchos años que no nos vemos. A propósito, ¿cómo te relacionaste con él ...? “- Cuándo todavía yo era un muchacho, versos suyos me ayudaron a descubrir melancólicas bellezas de Buenos Aires, en viejas calles de barrio, rejas y aljibes de antiguos patios. Más tarde, cuándo lo conocí personalmente en Sur, supimos conversar sobre Platón o Heráclito de Efeso, con el pretexto de vicisitudes porteñas. Volvamos a lo que no contó Borges, y a mi real vinculación con el famoso aleph de la historia. Antes que Jorge Luis ingresara en mi vida, en el sótano de la casona y en medio de una turbulenta luz cegadora, Carlos Argentino me hizo mujer; ya sabes, hablo de mi primera relación sexual. Ambos teníamos 18 años. Fue una simbiosis, una experiencia de terror y éxtasis que nunca más nos atrevimos a vivir junto a El Aleph. . Sí, recuerdo que a partir de eso Carlos Argentino acentuó su locura y yo ya no fui la mujer que suponía predestinada a ser. En esa etapa, fue cuando Borges cae como un paracaidista en nuestra casa. Él estaba enamorado de mí. Profundamente. Pero lo suyo no pasaba de un amor platónico, insustancial en la carne, apático de fuego. Sin embargo, yo estaba instalada en algún recóndito lugar de su cerebro como parte de un botín personal. Recordarás la parte en la cuál Borges, contemplando el aleph, puntualiza como un hecho trascendente, el descubrimiento de unas cartas obscenas que yo le había dirigido a mi primo. Recuerdo ese pasaje de memoria: Vi en un cajón del escritorio y la letra me hizo temblar, cartas obscenas, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino. Pues bien, lo de las cartas es verdad. Entre Carlos Argentino y yo se había forjado una relación incestuosa y sobrenatural. Durante muchos años yo me sentí poseída por una fuerza demoníaca cuyas cuñas más visibles eran una entrega absoluta a la lujuria y el desenfreno. Y te aclaro Ernesto; te aclaro y te lo firmo: cuando Borges descubrió esas cartas tan comprometedoras para mí, él ya no fue el mismo; nunca más. Antes de ese ingrato episodio, Jorge Luis tenía una ternura tan especial hacia mí... Luego se endureció, claro que con ese barniz tan típico de Borges: cortesía formal, lejos de los dictados del corazón. Esto es todo. Ahora estoy dispuesta a atender tus preguntas al respecto. Infiero por lo que trasunta tu rostro, que no han de ser pocas... La larga parrafada de Beatriz Viterbo parecía un relato extraído de Las mil y unas noches. “- Estoy anonadado, golpeado como en contadas ocasiones de mi vida. Algo en mi formación académica se rebela contra la esencia de tu hermoso y profundo relato. Debo confesarte que yo limito el aleph- amén de su probable existencia dentro de nuestros sofismas matemáticos- sólo a disquisiciones filosóficas y literarias atribuidas a la genialidad de Borges. ¡Y que por si todo esto fuere poco, Beatriz Viterbo, alma mater del relato, está hablando conmigo...! Demasiadas preguntas, Beatriz. Demasiadas preguntas... “- ¡Hazlas, hombre! ¡Hazlas! “- En primer lugar, debo confesarte que me cuesta creer esa aparición del aleph... "Beatriz Viterbo se rió con todo su cuerpo. “- ¡Nunca voy a entender a los hombres de ciencia! Se lo pasan inventariando teorías absurdas y delirantes- muchas de ellas, por supuesto, afianzadas en sólidos basamentos científicos-; de pronto, cuándo encuentran la respuesta a sus oráculos... se produce la paradoja de ser ellos mismos los que dudan de la misma. Yo siempre me planteo lo siguiente: ¿existe acaso algo más misterioso que la vida misma? No. Sin embargo, son pocos los que indagan sobre este fenómeno, eje y esencia de la raza humana. ¿Cuántas personas crees que pueden preguntarse porque las células de las rosas siempre producirán rosas y no gatos, por ejemplo? Todo lo demás forma parte del imaginario colectivo o de la propia naturaleza de las cosas, de la que el aleph forma parte. Sí, Ernesto, el aleph existe. Es tan real como la vía láctea. “- Bien, admitamos la existencia del aleph. Pregunto: ¿Cómo algo tan trascendente aparece de pronto en un lugar... “- ¿Común como el de mi casa? Yo también me hice la pregunta durante largo tiempo. Descubrí la verdad estando en París. Cuando cursé francés en la década del 20, solía preguntarme el objeto del mismo ,más allá de que el conocimiento de dicha lengua me permitiría leer a Voltaire y Flaubert en su versión original. Pues ya ves, nada es casual. Gracias a eso, pude contactarme con personajes como Gurdiejj, Bretón, Guénon y tantos otros. “-¿Te contactaste en París con los surrealistas? “- Sí... Yo era la rica de las pampas que siempre los ayudaba con algún dinerillo; de alguna manera me lo agradecían permitiéndome participar con ellos en charlas individuales y colectivas. ¿Por qué me lo preguntas? “- ¡Oh! Por nada especial. Te sigo escuchando... “-Los surrealistas me introdujeron en el mundo de lo fantástico y sobrenatural. Una nueva forma de hacer arte y de pensar.Pronto me di cuenta que conviven con nosotros entes visibles e invisibles que se sirven del bien o del mal, según entendemos estos términos desde un punto de vista humano. Ya sabemos que es muy difícil discernir que es el bien y que es el mal. Entonces comprendí que gran parte de nuestros actos, la vida misma, se desarrolla en un entorno lleno de tinieblas entre extraños y misteriosos moradores; que sólo tenía que bucear en la realidad misma para descubrir que el mundo que nos rodea no es literalmente lo que creemos ver. ¡Dios! Necesitaba un consuelo respecto al absurdo del mundo y a la vida absurda. “- Esa frase podría asumirla como propia... "-¿Qué té pasa, Ernesto? "- Nada, nada... Es que de pronto los recuerdos dolorosos se te meten aquí... y aquí también y es como sentir la presencia de aquel otro que alguna vez fuera parte de uno. Ya hice demasiado catarsis. Hoy estoy para escuchar. “Beatriz, después de cerrar los ojos, dejó de hablar durante unos segundos. “- ¿Té pasa algo? “- No, Ernesto; recibí un pensamiento. Dice así: si Dios supera a toda realidad, encontraremos a Dios cuando conozcamos toda la realidad. Y si el hombre tiene facultades que le permitan comprender todo el Universo, Dios es tal vez todo el Universo y algo más. “- Bello, ¿de quién es? “- Louis Pauwels. “- Conozco al francés. Me lo presentó en París Jacques Bergier.¿De qué libro es? “- De ninguno. Aún no ha sido escrito. Por ahora sólo está en su mente. ¡Qué cara, Ernesto; qué cara! Me da la impresión de que crees que te habla el diablo. ¿Tú crees en Dios, Ernesto? “- Me remito a Theilard de Chardin. Creo en la existencia de una supra conciencia cósmica ajena al Dios que nos han tratado de imponer las distintas religiones.. “- ¡Sabía que podía contar contigo! “-¿Qué hay respecto a la casona de la calle Garay? “El extraño relato de Borges se me había colado en el cerebro. La historia sentimental que presuntamente la ligaba al escritor me sonaba creíble. Borges existía y Beatriz Viterbo también. ¿Por qué no pensar que Borges había inventado el aleph sólo para poder evacuar un sentimiento de amor que lo descontrolaba? ¿Acaso se trataba de la catarsis mencionada por Beatriz Viterbo? De ser así, la historia de amor podría ser posible. Pero lo del Aleph- aún con sus connotaciones de remotísima posibilidad científica-, no; lo creía fruto de la inventiva de Borges y de algún tipo de alineación mental de Beatriz Viterbo. En esos momentos, aún pensaba que ella era una loca moderada, pero loca al fin. Cuando vi que la mirada de Beatriz se había quedado extraviada, volví a repetirle la pregunta. “¿Qué hay? ¡Una novela, Ernesto! ¡Una novela! Cierto es que mi padre tuvo intención de venderla. Me refiero a la casona. En parte por el asunto del aleph, y en parte porque nunca había podido desprenderse del recuerdo de la muerte de mi madre. Un siete de julio a las siete de la mañana. “- ¿Y nunca volviste a la casona? Desde mi regreso, he tenido la obsesión de hacer una visita. Pero sola no me atrevo. Con Carlos Argentino, menos. Temo que eso ensanche su locura. Sabes...yo había pensado... “Que yo podía acompañarte... “-¡Sí, Ernesto!¡Sí! ¡Sería maravilloso...! “Me sorprendí de haberle abierto la puerta. Beatriz había comenzado a girar como una peonza en medio de pequeños gritos de alegría. “-¿Cuándo quieres ir? ¿Ahora... ?Es una locura, Beatriz; una locura. “-¿Sabés si está desocupada?¿ Si vive alguien? “- Tengo el número de teléfono de una vecina; anciana ahora, con la cuál nos tratábamos entonces. La llamé hace unos meses atrás y me dijo que cada tanto ve salir y entrar a una persona; con bastidores y telas y todo eso... “-¿Un pintor? “Me repetí la pregunta a mí mismo. Tuve la sensación de que alguien pasaba una gruesa lija a lo largo de mi columna vertebral. Beatriz leía sin duda los pensamientos. “-¿Qué té pasa, Ernesto? “- Nada, nada. Un leve mareo. Este whisky sin duda. “No quise comentarle a Beatriz que tenía terminada mi segunda novela( de la primera más valía olvidarse) en la que el protagonista era un pintor ¿Casualidad causal que le dicen? De pronto me oí decir: “- ¿Querés ir entonces?- antes que terminara la frase, Beatriz corrió a cambiarse-. ¡Te repito que es una locura! ¡Pero sólo la veremos por fuera! ¿Me escuchás? ¡Sólo por fuera! Cuándo salimos a la calle, las primeras sombras de la incipiente noche, se recostaban sobre el fondo de la calle. Llovía. El viento correteaba por la acera levantando papeles y alguna hojarasca desprendida de las ramas de los árboles. Debimos tomar un camino alternativo porque las adyacencias a la Plaza de Mayo se encontraban cerradas con motivo de una manifestación de apoyo al General Perón. Paseo Colón hacia el Sur... Pronto llegamos a Juan de Garay. Cerca de la intersección con Entre Ríos, ella me señala una casona: paredes grises, mayólicas doradas y una gran verja de hierro, circundando un cuidado jardín. Neoclásico francés, pensé. En silencio, bajamos del auto. La gran puerta de hierro estaba abierta. En una de las ventanas situada a la izquierda de dónde nos encontrábamos, vimos una luz encendida. Nos miramos. El silencio parecía haber puesto una morsa en nuestras bocas. De pronto sentí que la mirada de Beatriz me empujaba. Avance por un corredor abierto, hacia un pórtico. Una enorme puerta de madera se erigía ante nosotros. La cabeza de un animal indescifrable remataba el llamador de bronce. Otra vez la mirada de ella pareció mover mi mano. Una acuciante sensación de ambiguo temor había comenzado a apoderarse de mi cuerpo. Nadie contestó nuestro llamado. Sin atreverme a mirar a Beatriz, volví a accionar el llamador. Nada. Silencio absoluto. La gruesa cortina de la ventana impedía que mi mirada pudiera penetrar en su interior. Pensé que era prudente retirarnos. Acosado por un temor creciente, me dije que estaba haciendo un papel ridículo. ¿Cómo me había dejado arrastrar a semejante locura, producto de la loca cabeza de una loca? Recuerdo casi con exactitud microscópica, que al girar con la intención de marcharme, la sombra de Beatriz que pasa a mi lado como una exhalación. Antes de soltar el que haces Beatriz, ella acciona el picaporte y de pronto veo también que la gran puerta de madera recula en medio del sonido de resecos goznes. Nunca me destaqué por ser demasiado arrojado. Tampoco por cobarde. De todos modos, la mirada de ella me llegó desde el fondo de una tenue penumbra. Me vi con Beatriz en un espacioso porche de mármol blanco( Miguel Ángel me vino a la memoria; y la imagen de La pietá y el David que sólo le faltaba moverse). Sobre un desnivel, detrás de una armoniosa arcada de mármol verde, se abría una espaciosa sala. A nuestra derecha, se extendía un largo pasillo casi a oscuras; al final del mismo, una puerta de madera entreabierta por dónde se filtraba una tenue luz amarilla. Todo el mobiliario- un juego de sillones, una mesa de comedor con seis sillas de madera estilo Luis XV y un bayú- se hallaba cubierto por una gruesa tela de color gris. Escuché que Beatriz balbucía que se trataban de sus viejos y queridos muebles( muebles supuestamente regalados por su padre antes de morir). No puede ser, no puede ser, repetía en busca de su propio oráculo. “-¿Hay alguien aquí? ¡Yo soy Beatriz Viterbo, la antigua moradora! La voz de Beatriz hizo más ostensible la locura de nuestra actitud. Habíamos penetrado en una casa ajena y sin ser invitados. Una casa que pronto Borges tal vez inmortalizaría por medio de su fantástico relato. Creo que fue en esos instantes cuando descubrí sobre el flanco izquierdo de la sala, el atril con el bastidor. Se hallaba a un costado de un gran hogar que tenía unos leños encendidos. Por obra de un acto reflejo, mientras Beatriz continuaba llamando a viva voz, me acerqué a la tela. Observando la imagen pintada sentí un profundo estremecimiento. Al acercarme al bastidor, tropecé con el atril; una tarjeta se desprendió de la tela. La acerqué a mis ojos movida por una inocultable curiosidad pero la escasa luz me impedía ver un nombre escrito en imprenta. Entonces, sin saber porque, la guardé en uno de los bolsillos de mi abrigo. En esos momentos, Beatriz, como poseída, me empujó hacia la entrada a un largo corredor. Le señalé la tela y mi intención de observarla pero ella, tomándome de un brazo de manera perentoria, seguía empujándome hacia el pasillo. No podía evitar pensar que alguien podría dispararnos desde las sombras. Lo tendríamos merecido (no se podía penetrar en una vivienda de la manera que lo habíamos hecho) O tal vez ese otro alguien estaría llamando a la policía. Interrogantes con los cuáles el miedo se hacía presente, ya instalado de manera soberana sobre mi psiquis. Me di vuelta una vez más para observar el lienzo. En el centro del inmenso hogar, grandes trozos de quebracho crepitaban; las brasas formaban multitud de estrellas rojas y blancas que estallaban en el aire. Sin duda había gente viviendo en la casona. Cabía pensar que el morador( o los moradores) hubiera salido momentáneamente en busca de vituallas: yerba, azúcar, cigarrillos, y que en el apuro- rumié- ni siquiera le habían pasado llave a la puerta. “-Vamos hasta el sótano. Quiero mostrarte el lugar donde estaba el aleph. La voz de Beatriz Viterbo parecía surgir desde el fondo de un recipiente. Sudaba( y no precisamente por la acción de los leños). Desde la raíz de su frente- en forma de minúscula catarata- gotas de diferentes formas y tamaños, se deslizaban en caída: a través de las cejas, corriendo por la meseta nasal, por los occipicios frontales; incluso un cordón de agua que buscaba los pliegues de las orejas. Como si estuviera sacudida por un invisible terremoto, todo su cuerpo temblaba de manera visible. “- Hay una luz prendida- me dijo señalando el largo pasillo-. Tal vez esté el pintor - acotó con un ronquido. Seguí sus pasos. Creo que ya expliqué que emanaba algo en la impostación de su voz y que un brillo extraño traslucía en su inquietante mirada. La puerta estaba entreabierta. A escaso metro de la misma, Beatriz Viterbo me miró de manera insondable. Creo que en aquellos momentos, el terror comenzaba a cincelar retorcidos dibujos sobre su cara. “-¿Escuchas lo que yo... ?- me dijo desde el fondo de su abismo. “- Un zumbido. Un ventilador o algo así... ? "Beatriz no contestó. Como empujada por un arcano sino, había pasado del otro lado de la puerta; en esos instantes, al darse vuelta, vi que su mirada ya mostraba signos de alucinación. Estiró un brazo, al tiempo que señalaba escaleras abajo. Y entonces sí lo vi. Vi la imagen que no podré olvidar mientras viva. De frente a nosotros, un hombre encorvado, sentado en un taburete, absorto, contemplando un haz de luz blanquísimo que brillaba casi a la altura del rellano de la escalera. Parecía normal pero no lo era; la luz reverberaba entre los contornos físicos del hombre. “- ¡Es Jorge Luis! ¡Es Jorge Luis!- comenzó a gritar en sordina Beatriz Viterbo. ¡Es Borges, Ernesto! ¡Te dije que quería el aleph para él! “-¿Pero estás segura?- acoté, aguzando mi vista, aunque consciente que en el sótano se encontraba el inefable Borges. Pero entonces, ¿el aleph existía? ¿Qué hacía sino el mismísimo Borges sentado frente a aquella fulgurante esfera tan bien descrita en su memorable e inédito relato? De pronto me sentí mal. Una inasible piedra parecía ascender y descender descontroladamente entre mi esófago y la raíz de mi garganta. Sentí deseos de marcharme. Se lo dije a Beatriz. “-¡Yo no me marcho!- su voz se había desprendido de la sordina y retumbó entre la mampostería. En medio del caos de mi mente traté de pensar. ¿Qué le diría a Borges cuándo se diera vuelta sorprendido por el agudo grito? Pero Borges no se dio vuelta. Inmutable a nuestra presencia, permanecía rígido frente al temible haz de luz. Beatriz Viterbo comenzó a llamarlo( creo que fue en esos momentos que me pregunté si Borges y Beatriz Viterbo habrían hecho el amor alguna vez. Mecanismos de defensa de la mente: pensar cosas absurdas o superficiales cuándo la presión psíquica se torna insostenible). Borges continuaba impertérrito. De pronto, Beatriz Viterbo lanzó un sentido y largo ¡¡Boooorrrgeeeeess!!, en una vibración decibélica, una octava por encima del registro agudo de su voz. Al ver que la humanidad de Borges no daba señales de atender sus reclamos, Beatriz comenzó a bajar por la escalera. Y entonces ocurrió lo inesperado y sorprendente: cuándo Beatriz Viterbo puso sus manos sobre los hombros de Borges, vi que aquellas se introducían en el cuerpo del consagrado escritor. ¡Las manos de Beatriz se habían hundido en el cuerpo de Borges! El personaje de el aleph retrocedió espantada. En esos instantes, se oyó un siseo agudo- como si decenas de cobras acecharan nuestros pasos -, y el rayo de luz condensado de el aleph se apagó abruptamente. Me di cuenta que estaba sólo, parado en el decimonono escalón de la escalera. El morador de la casa no había vuelto aún y Beatriz Viterbo no daba señales de vida desde el fondo del sótano.
"He perdido noción respecto al tiempo transcurrido desde nuestra llegada a la extraña casona. Pienso que Beatriz estará en medio de la imagen holográfica de Borges, sumida en la penumbra. La llamo. El sonido de mi voz rebota en los intersticios de las paredes y parece filtrarse como un silbido entre los marcos de las puertas. No escucho su respuesta. Vuelvo a llamarla y otra vez el silencio abre espacios insondables en mi mente. Casi sin pensar en lo que hago, me dejo llevar por mi cuerpo hacia las oscuras aristas del maldito sótano. "- ¡Beatriz! ¡Beatriz Viterbo!- grito como un poseído. Al llegar al misterioso recinto, contengo la respiración: ¡La imagen inasible de Borges ha desaparecido! A escasos metros de donde me encuentro, debajo del recodo de la escalera, veo a Beatriz tirada sobre el piso húmedo.Tiene una de sus manos sobre la cerradura del arcón prohibido al que hiciera alusión el relato de Borges. Vuelvo a llamarla. Beatriz, Beatriz Viterbo, soy yo, Ernesto. Ernesto Sábato. Cada palabra parece sonar como un cristal que se hace añicos contra el piso. La zamarreo. Cuando mis manos la toman de los hombros siento que su cuerpo se ha vuelto inasible y fantasmal, como el Borges contemplando el aleph. Confundido, contemplo el bastidor del supuesto pintor. La tela está pintada( las formas de la expresión artística apenas son visibles por efecto de la penumbra). De pronto me veo empujado en dirección al bastidor. Avanzo atropelladamente Dos tonos predominan en la pintura: el azul y el marrón. Sobre el flanco derecho de la tela, un niño de pantalón corto; 10 ó 12 años, calculo. A la izquierda del bastidor y casi en forma perpendicular a él, otro niño que sostiene algo entre sus manos. Fuerzo la mirada. Se trata de un gorrión- inconfundible el tono marrón con algunos trozos negros a lo largo de su cabeza -; me parece ver una mirada perversa en el niño que sostiene al gorrión. El otro está de espaldas(sólo el supuesto pintor sabe que tipo de mirada palpita en ese otro niño que ha creado). Acompaño a este niño. De alguna manera, siento que está vivo. Lo percibo. Oigo el fino sonido del roce sobre la piel que hacen sus desnudos brazos al moverse hacia delante. Hace calor. La pintura ha dejado de ser pintura y por un extraño sortilegio, yo siento que he penetrado en esa realidad sensitiva, perversa y ominosa. Los niños tienen el torso desnudo y están descalzos. La calle de tierra es ancha y el viento forma pequeños remolinos de polvo. A lo lejos se ven algunas casas aisladas. Momentáneamente me he olvidado de Beatriz Viterbo. Estoy sólo en medio de la soledad de una siesta pueblerina. Es Rojas; es mi pueblo natal. Animado por un propósito concreto, Dios- o nuestra representación de Dios-, me ha llevado a esa casona de la calle Garay. Fagocitado por un sino incomprensible, siento que los fantasmas de mi niñez se abroquelan en mi cerebro. He retrocedido en el tiempo. 1921, tal vez 22. Las voces de mi madre y mi padre parecen aferrarse entre los corpúsculos invisibles del viento. Pero también percibo las voces ancestrales consustanciadas con paisajes vivos de mi historia familiar, remitidas a los peculiares aromas de las tierras de mis progenitores: Italia y El Líbano. Por unos segundos penetro en la casa de mi infancia; el silencio parece descolgarse de cada uno de los ladrillos. Mi habitación está delante de mis ojos; la cama tendida, la prolija disposición de cada objeto, las cálidas palabras de mi madre-doña Juana - y las palabras rígidas que emanan de la mirada de mi padre. Como siempre, trato de huir de esa mirada donde los afectos parecen jugar a las escondidas. Vuelvo a la calle. A dos metros de distancia, me pregunto si mis amigos serán capaces de clavar la aguja en los ojos del pequeño gorrión. Cierro los ojos. Imagino el momento que el fino estilete romperá la pared fibrosa del cuerpo ocular; la córnea comenzará a deshacerse en filamentos; luego los vasos coroides cederán trazando diminutos ríos de sangre que se esparcirán por el iris y el cristalino. La aguja ha llegado al corazón del nervio óptico; se abrirá paso al fin entre el humor acuoso y la sustancia gelatinosa del humor vítreo. Entonces, la oscuridad será total, y el pájaro, desprovisto de luz, se convertirá en un pájaro ciego. Los sentimientos se mezclan como si de pronto el tiempo hubiera detenido su fluir, confundido como yo. Parado en medio de la calle, detrás de mis amigos, ignoro las secuelas de la gran guerra; ignoro los últimos quejidos de millones de moribundos; también ignoro que incontables esqueletos, millares de cráneos destrozados por la metralla, se hallan esparcidos a lo largo de incontables trincheras en las cuáles la naturaleza ha tendido ahora un verde manto de olvido como prueba irrefutable de su supremacía( este niño- hombre, piensa ahora que la ignorancia suele ser el refugio preferido de la inocencia). He vuelto 25 años después, y sin embargo, tengo la impresión de que aún no me he movido de ese lugar-como si pasado, presente y futuro fueren sólo una engañosa ilusión -, a la espera de asistir como testigo de un acto despiadado y perverso que desmitifica la inveterada bondad de los niños. Sé que en cuestión de segundos, uno de mis amigos de la infancia( algo se ha desgarrado en mi tortuosa memoria que me impide recordar su nombre) va a atravesar con la aguja los ojos del gorrión. Mi corazón de niño tiembla de espanto pero en alguna zona oscura de mi cerebro, ciertos e infinitesimales resorte químicos fagocitarán las neuronas de la perversidad, pujando imaginariamente la mano de mi amigo para que la aguja penetre en el centro de cada uno de los ojos. No me atrevo a dar un sólo paso pero quiero volver hacia atrás, salirme de la pintura para poder ver con claridad que es lo que hacen los niños con el pájaro cautivo. Siento que debo hacerlo porque el miedo y la angustia del traumático recuerdo han comenzado a resecar mi boca. No soporto más la incertidumbre. Me salgo del cuadro; vuelvo a la casona de Garay mientras pienso que Borges y Beatriz Viterbo continúan atrapados en el sótano por obra de el aleph. Algo en mi interior me dice que tengo que huir, abandonar deprisa esa extraña casona; por momentos, también me digo que debo de estar en medio de una horrible pesadilla. Sin embargo, pese a que la puerta de calle aún permanece abierta, un sino inexplicable parece atornillarme en el tenebroso interior de la gran sala. Como un poseído, me acerco otra vez a la pintura. El chico que está de espaldas jala sus brazos hacia delante. Ahora veo con ´mayor claridad la aguja- alfiler, el largo y puntiagudo objeto de acero que pronto atravesará el otro ojo de la inocente bestezuela. Puedo presentir su silencioso grito. El espanto me domina. Me digo que nada tiene sentido; que la vida es sólo una espantosa ironía, un perverso y lúdico ejercicio de Dios; que la puerca existencia humana no es más que un haz de luz infinitesimal en medio de las ominosas tinieblas condicionadas por la cuna y el ataúd. En esos momentos oigo una voz de mujer que me llama. Pienso que es Beatriz Viterbo reclamando mi presencia desde el sótano. Yo respondo pero ella no me oye. De alguna manera, el inasible Borges ha cerrado la puerta del sótano. Ahora lo comprendo todo. Borges ha sido engañado. Beatriz Viterbo y Carlos Argentino han sido engañados. Todos los espíritus mesiánicos también. El aleph no está en un punto definido del espacio tiempo. Ni siquiera en varios a la vez. El aleph es la vida. La vida es el aleph.
"-Ernesto, despierta. Hace rato que te estoy llamando. "Abro los ojos. Es Matilde; la abnegada Matilde, la mujer que no creía merecer. "El recuerdo de Beatriz Viterbo, de mi infancia en Rojas, de Borges y el aleph, aún está fresco en la memoria. El estropicio neuronal no puede disipar las tinieblas; sin embargo, respiro aliviado ante la idea de que no ha sido más que una extraña pesadilla. "- Creo que tuve una pesadilla, Matilde. "- Ni me lo digas. Desde que llegaste a la madrugada no he podido dormir... "-¿La madrugada...? "Matilde ríe, mientras trata de poner en mis temblorosas manos un regocijante café. "-La borrachera, Ernesto, la borrachera. Tu ropa rezumaba alcohol. "Siento que la confusión se instala nuevamente en mí. "Creo ver en el rostro de Matilde un halo de preocupación. Necesito recomponer mi propio rompecabezas. Por cierto, no recuerdo de manera precisa dónde había estado luego del curso de Teosofía. Como si fuere obra de un hecho absurdo, lo único coherente parte de mi incursión onírica. Por suerte, Beatriz continúa siendo la Beatriz Viterbo de los buenos días y hasta el sábado que viene. ¿Qué había hecho entonces desde el momento que me despidiera de mis compañeros de curso? Recordaba vagamente- sólo vagamente- que había estado toda la tarde con el editor de mi nueva novela, con el cuál- entre otras cosas- habíamos acordado definir el título- ya había tomado la decisión de que fuera El Túnel y no otro- y hablar sobre las pruebas de galera; luego una invitación para cenar, con el fin de celebrar el inminente lanzamiento de mi nueva obra(lo único que tenía en claro era que por primera vez desde mi nueva vocación, creía que estaba en condiciones de hacerme un pequeño lugar en el mundo de las letras. Más allá de los resultados concretos que dejaba librado a la opinión de la crítica especializada y a la de los propios lectores, al menos tenía la íntima satisfacción de que a través de Juan Pablo Castel, su personaje medular, había podido expresar parte de las dudas existenciales que me atormentan cotidianamente). "Mientras me ducho decido no transmitirle a Matilde mi angustia respecto a la incipiente amnesia. Amnesia atribuida a mi excesivo cansancio intelectual y -por qué no- a las tribulaciones del alcohol al cuál no era afecto. "Le digo a Matilde que yo mismo iré a buscar el periódico del domingo, a fin de despejarme un poco. Solícita como siempre, me regaña amablemente, advirtiéndome que el frió es intenso y que no salga sin el abrigo. Así lo hago. "Ya en la calle, no puedo evitar que las insidiosas imágenes del tortuoso sueño, se instalen nuevamente en mi cerebro. Me digo entonces que Freud sólo había dado la puntada inicial respecto a los intrincados laberintos psicológicos que subyacen en la naturaleza de los sueños, pero que aún estábamos muy lejos de desentrañar el arcano mecanismo de los mismos. "Literalmente tomado por los pensamientos, no me doy cuenta que tengo el periódico en mis manos y que el canillita me mira con cierta indulgencia aguardando que le pague. "- Se lo nota un poco cansado, Doctor... "- Sí, cansado; un poco cansado. Cóbrese, por favor. "En esos momentos, junto con el dinero, extraigo de mi bolsillo una tarjeta. La memoria me remite a uno de los avatares de la pesadilla; más precisamente, en el momento que guardaba en el abrigo la tarjeta caída del bastidor. La leo: Juan Pablo Castel. Pintor.
José Manuel López Gómez.
Español, radicado en Mar del Plata(Argentina)
“TOP SECRET”
" ...no sé como contarte esto Jane... pero creo que a Jonh le pasó algo. Temo lo peor... ¿Y cómo quieres que me sienta? ¡Hace días que no sé nada de él! Hice la denuncia policial pero hasta ahora ni el menor indicio. Ya sabes cómo es él... cuando sabía que se demoraría por asuntos de trabajo, me llamaba para evitarme una preocupación. ¿Qué...?No, no..., no se trata de asunto de polleras; bueno... al menos así lo creo. Tu hermano es un anglicano en todo el sentido de la palabra. Verás... pensé mucho antes de llamarte; en parte porque has debido movilizarte desde Harrisburg con todo lo que ello implica, y en parte también por el tenor extremadamente confidencial de lo que debo contarte. Pero antes vamos a hablar un poco de Jonh. Tú sabes que tu hermano desde chico mostraba una particular predisposición de carácter psíquico, ese tipo de cosas extrañas de la mente. Sí, sí..., por supuesto que me enteré de las travesuras que llevaban a cabo de chicos... ese don que siempre tuvo para mover los objetos a distancia... Telekinesis..., exacto, Jane. Pero esto no es lo más importante de tu hermano. Verás... el día que nació Elizabeth ocurrió un hecho extraordinario : mi médico de cabecera me había anticipado unos días antes del parto, que no podría atenderme; que tenía que disculparlo porque justo cuadraba con el inicio de un congreso de ginecología muy importante para él; creo que presentaba una tesis o algo así. El caso, Jane, es que esto me puso extremadamente nerviosa; ya sabes cuán estúpida somos las mujeres en ese aspecto; sabemos incluso que en el mundo millones de mujeres paren solas, pero... una pretende que su médico esté a la hora en la cuál traemos los hijos al mundo. En mi caso más aún por mi condición de primeriza. Espera..., no te inquietes. Debo terminar de contarte esto para que puedas comprender el resto. Pues bien..., fue tal el miedo y la angustia que empecé a sentir, que Jonh se alarmó. Entonces, en un momento - lo recuerdo perfectamente porque estábamos sentados a esta mesa aquí en la cocina- me tomó de las manos y me dijo que me quedara tranquila; que el Doctor Fitgerald-... es el nombre de mi médico- me atendería en el parto. Recuerdo que lo miré con los ojos llorosos sin entender nada. Pero de pronto... -mira, cada vez que lo recuerdo se me eriza la piel- sentí que algo penetraba en mi mente y en todo mi cuerpo; una increíble sensación de seguridad. Con esa mirada sé lo que estás pensando: efectivamente, el doctor Fitgerald me atendió en el parto. Todo el tiempo vi su mirada como extraviada pero las cosas funcionaron de maravilla. ¿Qué había pasado? Que Jonh, en estado de trance, tomó literalmente el pensamiento, la voluntad del médico, y éste no pudo hacer nada para evitarlo. Sí Janet, sí... Pon otra cara. Jonh es capaz de manejar la voluntad de las personas. Parece una locura pero no lo es. Desde que comenzaron a pasar estas cosas, he debido replantearme mis propias ideas frente a los fenómenos de la inteligencia y el funcionamiento del cerebro. Mucha tecnología, grandes logros científicos pero en el campo del psiquismo, todavía consideramos tipos raros y rarezas ciertas manifestaciones espirituales. Tu hermano posee esos poderes paranormales. ¿Hipnotismo? No, no; no fue hipnotismo. Tomó una foto del médico que tenemos aquí en casa - te aclaro: Fitgerald es amigo nuestro; yo soy muy amiga de su esposa- y... que nada, que se produjo ese hecho casi increíble, tal como acabo de contártelo. No Janet, yo no sabía nada respecto a esa particularidad de Jonh. Después él me confesó que esos poderes se le habían manifestado mucho tiempo atrás; que nunca quiso decirme nada para no alarmarme. Que él mismo estaba muy asustado y que no sabía que hacer al respecto. Este fue el comienzo del drama; por eso te mandé llamar. Pero lo que falta por contarte te va a asombrar mucho más. Bien... como tú sabes, lo del médico ocurrió... sí... casi 3 años atrás; la nena cumple 3 añitos el mes que viene. Nos habíamos olvidado del episodio. Yo respetaba el pedido de Jhon: no quiero que hablemos de ese tema nunca más, me dijo en cierta ocasión. Así lo hice. Pero un día... creo que fue poco antes de la fecha de acción de gracias del año pasado... sí, sí, ahora lo recuerdo bien; tres días antes participamos de la fiesta de casamiento de la hija de un matrimonio muy amigo. Verás... En medio de la reunión ocurrió un hecho terrible : la pequeña hija de este matrimonio- una encantadora rubiecita de sólo 4 años- no se sabe cómo, pero en un descuido, cayó desde uno de los balcones interiores de la casa y quedó tendida sobre el piso de mármol de la sala de recepción. Te imaginarás el revuelo... La madre se desmayó y el padre comenzó a correr de un lado a otro pidiendo auxilio. No sé quien, pero alguien llamó a urgencias médicas. Entre los invitados había dos médicos : un pediatra- casualmente el médico de cabecera de la nena- y un clínico. Recuerdo que estaban en la barbacoa, así que cuando llegaron a la sala, debieron abrirse paso para prestarle los primeros auxilios a la nena. ¿Jonh... ? Al principio, aturdida mentalmente, no me di cuenta que pasaba con él. Cuándo reaccioné, lo vi de pie frente al cuerpo de la criatura, con los ojos cerrados... sí, sí, supongo que en estado de trance. Lo cierto fue que cuándo los médicos, después de palpar a la nena- el clínico había ido hasta su auto para buscar su maletín- y auscultarla, el drama... Primero se miraron entre ellos haciendo nones con la cabeza; luego volvieron a palparla, y yo, que estaba al lado, escuché que el pediatra le decía no hay nada que hacer; se desnucó. No, Janet, no; no te pongas mal. La nena se salvó a Dios gracias. Jonh lo hizo. ¡Por favor cállense todos!, gritó como poseído. Se hizo un silencio de templo; nadie se movía. Entonces él se acercó a la nena, puso sus manos sobre su cabecita, y comenzó a murmurar unas palabras por lo bajo que yo no podía entender lo que decía. Luego se levantó y he aquí lo increíble : la criatura abrió los ojos y comenzó a llamar a los gritos a la madre. Así como te lo cuento, Janet... Los médicos se quedaron petrificados; durante unos segundos se miraron... - recuerdo que decían no puede ser; no puede ser; es imposible-. Después lo tomaron de un brazo a Jonh y durante un largo rato se encerraron en una de las habitaciones. Cuándo salieron... no sabes... vítores, gritos, aplausos, todo el mundo que lo palmeaba... ; los padres enloquecidos besándolo y abrazándolo...; en fin, un delirio, querida, un delirio.
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Margaret está sola en la casa. Ayer a la noche dejó a su hija al cuidado de su abuela paterna. Dos días atrás recibió un llamado de Jonh, a 7 días de su desaparición misteriosa. El mensaje aún gira entre los intersticios de su mente: Estoy bien Margaret. Lamento todos estos días de silencio. Por mi trabajo, fue imposible llamarte antes. Tranquilízate. Todo va a salir bien. Tengo la promesa de Ellos, que después de esto me dejarán tranquilo. He debido viajar muy lejos para cumplimentar la misión. No puedo darte más precisiones. Pronto estaremos juntos nuevamente. Cuida a la niña. Te amo. Desde entonces, desde siempre, conjeturas. Todas.¿Qué había pasado con Jonh? ¿Quién o quienes lo habían arrebato de su lado? ¿Y con qué objetivo? Preguntas por la mañana; preguntas por la tarde; preguntas por la noche; incluso preguntas durante el escaso sueño- las dosis de Valium ya resultaban insuficientes para controlar tanta angustia y ansiedad-. En medio de tanta confusión sólo una cosa resultaba cierta : los responsables de esta situación estaban al tanto de los poderes psíquicos de su esposo. Sabía que formaba parte de una sociedad donde millones de personas ejercían el metódico y pertinaz trabajo de vigilar al resto de los habitantes que conformaban la población estable de la gran potencia de Occidente. Mas aún: los vigiladores se vigilaban entre sí. Por imperio de un sistema perverso, todos se desconfiaban mutuamente: el FBI, la CIA, la DEA, la Agencia de Seguridad Nacional...; cada uno de los estamentos de informaciones del estado ejercía un contralor solapado y oculto, infiltrando sus respectivos agentes en el corazón de las restantes organizaciones. Pero Margaret también sabía que cualquiera podía ser un espía: el dueño de la tienda, el cartero, el recolector de residuos; la simpática pareja que vivía enfrente de su casa; el repartidor de leche; el hombre que todas las mañanas pasaba por la calzada haciendo aerobismo... Infinidad de veces se había ocultado detrás del cortinado de la habitación husmeando hacia la calle, con la idea de ver la típica camioneta con la antena en el techo o el automóvil desconocido con los hombres de gafas oscuras en su interior. Pero nada de eso había ocurrido; entonces se dijo que esas cosas pasaban sólo en las películas. Si la vigilancia no era oculta no era vigilancia. Por otra parte, era consciente que el estado poseía elementos mucho más efectivos y discretos para llevar adelante semejante tarea. Que ahora existían satélites de seguimiento personal capaces de detectar todos sus movimientos, incluso aquellos realizados en su propio hogar. ¿Para qué llamar la atención con vehículos y personas? Después de la desaparición de Jonh había tratado de armar el complejo rompecabezas, desde el mismo momento en que su esposo había dejado de volver a la casa. Aquel día- como siempre- Jonh se marchó hacia su estudio a las ocho de la mañana. La llamó pasadas las doce del mediodía para decirle que todo estaba bien y que pensaba regresar no más allá de las dieciocho horas. Luego el silencio. Durante los últimas días, intentando elaborar con precisión quirúrgica cada uno de los movimientos de Jonh a lo largo de la última semana. Día por día. Hora por hora. Tomándose incluso el trabajo de recordar los detalles más nimios, las palabras más intrascendentes, los gestos de su cara, sus miradas sentados a la mesa ; las charlas casi religiosas frente al hogar después de la cena; incluso desbrozando las imágenes de los momentos en los cuáles habían hecho el amor. Pero todo había sido inútil. Ningún indicio, ni el mínimo elemento esclarecedor. Ahora está sentada frente al hogar, contemplando sin ver los leños que arden escupiendo volutas verdes y rojizas. Llueve. El viento, arranchado, empuja las gotas contra los amplios ventanales biselados. La calle parece ausente. De pronto una imagen holográfica que se instala frente a sus ojos : Jonh recibiendo un sobre grande y marrón. Trata de congelar la imagen en su cerebro. No puede. El cerebro lanza a borbotones retazos dispersos recreados desde distintos vértices, como tomas ordenadas por un invisible director de cine : Jonh con una sonrisa caminando hacia la puerta de calle; Jonh abriendo la puerta mientras el empleado de Fedex le entrega un papel... ; Jonh que lo firma; las palabras al viento que no llegan a sus oídos... ; el empleado que sube al vehículo de Federal-Express mientras Jonh comienza a rasgar el sobre; ella que lo contempla desde el parque mientras sostiene unos tallos de rosas que ha cortado... Sintonía fina. Retrocede. Vuelve al instante en que Jonh abre la puerta; el holograma del recuerdo hace zoom con la imagen; entonces lo ve : ve el maldito auto azul de las películas sobre la acera opuesta- semioculto por el vehículo de las encomiendas -, con los dos tipos de gafas oscuras observando todo. Se revuelve en el sillón. El fuego hace universos de estrellas en medio de pequeñísimas explosiones. Se lleva ambas manos a la cara. Un esfuerzo más. La cinta del pasado contiene algunas filmaciones aún ocultas. Ella ha venido caminando hacia la gran sala de recepción. Jonh la mira. Parece nervioso. Ya ha rasgado el sobre. Otra vez sintonía fina con la imagen : ve el pequeño rictus en la boca de su esposo. ¿De qué se trata, Jonh? , pregunta con naturalidad mientras huele el perfume de las rosas amarillas. ¡Oh, nada de importancia, Margaret! Papeles de rutina del trabajo... Ahora percibe cierta impostación insegura en la voz de Jonh. Luego él que se retira hacia la escalera que conduce a su escritorio y el episodio que termina allí. ¿Porqué- se pregunta ahora-, esa imagen que podría develar parte del enigma, recién explotaba en su cerebro? ¿Cómo no había reparado antes en este suceso que entonces le pareció rutinario, a tono con la ortodoxia de los menesteres hogareños? ¿Acaso tal vez por eso? De un salto se incorpora del sillón. Ganada por una ansiedad incontrolable, sube de a dos por los escalones de mármol blanco. Sintiendo que el corazón le obstruye la garganta, penetra en la espaciosa nave del estudio de Jonh. A lo largo de estos días ganados por la incertidumbre, varias veces se había instalado en aquella sala de alfombrado mullido, tratando de hallar el oráculo esclarecedor. Había hurgado en los cajones del escritorio y en los anaqueles de la biblioteca sin demasiada convicción, cierto es. En realidad se había dedicado a investigar prolijamente el contenido de la PC, consciente que Jonh llevaba un registro minucioso de sus actividades a través del ordenador. Fichas, páginas Word relacionadas con su trabajo e incluso una exhaustiva mirada a su correo personal( ella tenía la clave de ingreso) siempre con resultado nulo. Esta vez será diferente. Si Jonh no ha eliminado el sobre, el logo de Fedex no es fácil de ocultar. Otra vez hurgar en los cajones del escritorio y los anaqueles de la biblioteca sólo que ahora el trabajo de búsqueda es más riguroso y exhaustivo. Nada. Ni rastros del maldito sobre. Sólo queda el pequeño arcón que guarda los recuerdos de los padres y abuelos de Jonh. Cartas y viejas fotografías familiares. Margaret recuerda que lo había abierto unos días atrás aunque no con demasiadas esperanzas. Ella conoce casi de memoria los ancestros itálicos de su esposo, los abuelos palermitanos llegados a Nueva York en la década del 50. ¿Acaso podría haber algo de mafioso en esta turbia historia? Los hijos de Sicilia habían emigrado a América con lo mejor y lo peor de su cuño. Lo sabía. Pero el abuelo gozaba de una trayectoria impecable. Una cadena de cantinas y trattorias que Jonh había recibido como herencia. Negocios que aportaron y aportaban al fisco religiosamente. Claro que una nunca podía saber la fina tangente que separaba lo legal de lo ilegal, y menos en un país en el cuál el propio estado era maestro en el arte de ocultar bajo la alfombra ciertas cuestiones non sanctas del poder... Imprevistamente, el sobre. En el último rincón del arcón, debajo del compendio de la historia familiar, como soportando todo el peso de la idiosincrasia ancestral de su esposo. He aquí algo raro. ¿Por qué Jonh había ocultado en forma tan diligente la misteriosa carta? Amarga decepción. El no era de ocultarle cosas, pero esto resultaba irrefutable. Segunda sorpresa: en el interior del sobre, varios folios con el rótulo Top secret en la portada superior. Al final, la foto de un hombre cuyos rasgos le resultan familiares. ¿Dónde había visto esa cara rechoncha coronada por escaso cabello? Demasiada presión para su cerebro agitado e hiperactivo. Pero está segura que esos rasgos forman parte de un negativo fotográfico que por ahora su cerebro se niega a revelar. Margaret comienza a leer. Debajo del rotulo, un titulo: Algunos prolegómenos sobre la guerra psíquica en aras de la conquista d el poder mundial. Y a continuación, el texto:
"El misterioso pasajero subió a bordo del submarino atómico Nautilius el 25 de Julio de 1959. El submarino se hizo inmediatamente a la mar y, durante dieciséis días, recorrió las profundidades del Océano Atlántico. El pasajero sin nombre se había encerrado en su camarote. Sólo el marinero que le llevaba la comida y el capitán Anderson, que le hacía una visita diaria, le habían visto la cara. Dos veces al DIA, enviaba una hoja de papel al capitán Anderson. En tales hojas aparecía una combinación de cinco signos misteriosos: una cruz, una estrella, un círculo, un cuadrado y tres líneas onduladas. El capitán Anderson y el pasajero desconocido estampaban sus firmas en la hoja, y el capitán Anderson la encerraba en un sobre sellado después de haber introducido dos tarjetas en su interior. Una de ellas llevaba la hora y la fecha. La otra, las palabras "Muy secreto. Destruirlo en caso de peligro de captura del submarino". El lunes 10 de agosto de 1959, el submarino atracaba en Croyton. El pasajero subió a un coche oficial, que bajo escolta, lo trasladó al aeródromo militar más próximo. Algunas horas más tarde, el avión aterrizaba en el pequeño aeródromo de la ciudad de Friendship, en Maryland. Un automóvil esperaba al viajero. Le condujo hasta un edificio que ostentaba el rótulo "Centro de Investigaciones especiales Westinghouse. Prohibida la entrada a toda persona no autorizada" El coche se detuvo ante el puesto de guardia, y el viajero preguntó por el coronel Willian Bowers, director de ciencias biológicas de la Oficina de investigaciones de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos. El coronel Bowers le esperaba en su despecho. "-Siéntese, teniente Jones- le dijo-.¿Trae el sobre? Sin decir palabra, Jones tendió el sobre al coronel, que se dirigió a una caja fuerte, la abrió y sacó de ella un sobre idéntico, a excepción únicamente de que el sello no llevaba la inscripción "Submarino Nautilius", sino "Centro de Investigaciones. Friendship, Maryland" El coronel Bowers abrió los dos sobres y extrajo de ellos sendos paquetes de sobres más pequeños, que abrió a su vez. Los dos hombres en silencio juntaron las hojas que tenían igual fecha. Después las cotejaron. Con una coincidencia del 78% los signos eran los mismos y estaban colocados en el mismo orden en las dos hojas que llevaban la misma fecha. "- Estamos en un recodo de la historia-dijo el coronel Bowers-. Por primera vez en el mundo, en condiciones que no permitían el menor truco y con una precisión de casi ocho aciertos sobre diez, el pensamiento humano ha sido transmitido a través del espacio, sin ningún intermediario material, de un cerebro a otro cerebro. Usted allí en el Nautilius, teniente Jones, y aquí un tal Smith, un estudiante de la Universidad de Duke. Usted en el submarino, a 2000 kilómetros de distancia y a varios centenares de metros de profundidad y Smith aquí, probaron con precisión asombrosa la posibilidad de los cerebros humanos se comuniquen a distancia. ............................................................................Este acontecimiento científico asombroso, fue comunicado al Presidente Eisenhower, dando cuenta de la posibilidad de emplear el mismo procedimiento en cuestiones militares, en una especie de guerra psíquica contra la Unión Soviética. El comienzo de esta historia se remite a un artículo publicado en el suplemento dominical del New York Herald Tribune, el 13 de Julio de 1958, firmado por el gran especialista militar de la Prensa americana, Ansel Talbert. Este escribía: "Es indispensable que las fuerzas armadas de los Estados Unidos sepan si la energía emitida por un cerebro humano puede influir, a millares de kilómetros, en otro cerebro humano... Se trata de una investigación absolutamente científica, y los fenómenos comprobados son, como todos los producidos por el organismo viviente, alimentados en energía por la combustión de los alimentos en el organismo... La amplificación... (1).
Margaret avanza en la lectura. Otros títulos se deslizan ante su vista: "El fenómeno parapsicológico como arma de dominación" La URSS considera la guerra psíquica como campo experimental de nuevas confrontaciones". "EE.UU en la defensa del mundo libre; la tercera guerra mundial se librará por medios inasibles e invisibles, sin el empleo de las armas de destrucción masiva" Al pie de la última hoja, en un recuadro en letras rojas, lee: "Por razones de seguridad nacional, elimínese este documento" No quiere seguir leyendo. Repentinamente parece surgir la luz hacia el final del túnel. El nombre Bowers se acurruca en algún lugar recóndito de su cerebro. Le suena familiar. "Bowers, Bowers...”, piensa, tratando de encontrar algún indicio esclarecedor. Pero es inútil. Ya no tiene dudas que Jonh ha sido tomado por los servicios de inteligencia, llámense como se llamen.¿Pero cómo supieron ellos de los poderes psíquicos de Jonh? ¿De qué manera se habrían contactado con él? ¿Acaso su esposo le ocultó información al respecto? Lo cree improbable. Sabe que Jonh es transparente. Que peca de ingenuidad. Abierto como un libro.¿Pero entonces... ? El escenario de la fiesta se instala nuevamente en su mente. Trata de registrar uno por uno los rostros de los invitados desconocidos para ella : El simpático matrimonio de abogados; la mujer alta y rubia parecida a Julia Roberts, sola, aislada del resto de los invitados...; el comisionado Preston...; el agregado cultural del consulado de Italia...; el rector de la Universidad; en fin, toda gente respetable con empleos y profesiones respetables; claro que en una sociedad donde el espionaje gozaba del privilegio de constituirse en la columna vertebral de la nación, todo era posible. Margaret continúa instalada en la sala de recepción del matrimonio amigo, mientras los anfitriones le van presentando uno por uno a los distinguidos invitados. La memoria se esfuerza; rechinan las neuronas activando todos los componentes químicos de la materia gris. : la mielina, el axón, las dentritas y las sinapsis, se aúnan para conformar la esencia de la razón y el pensamiento, el numen de la maquinaria depredadora humana. Recuerda que el matrimonio amigo hace un culto de la puntualidad; por eso se ha formado una larga fila al ingreso de la residencia. Algunas caras aparecen borrosas, desdibujadas; las vestimentas se mezclan, sabe que los colores tal vez no se correspondan con las imágenes holográficas del recuerdo. Se ha cerrado la puerta. Todos los invitados se han repartido a lo largo y ancho del espacioso parque. Los sones de la orquesta de cuerdas transitan por los invisibles corredores del espacio cargando el aire con los decibeles musicales de Mendelshon. El inglés del poblado de nombre difícil, se hace pentagrama a través del Sueño de una noche de verano. Transcurren quince o veinte minutos. Mientras los invitados van tomando asiento para asistir a la ceremonia - Jonh se ha desprendido y charla animadamente con un hombre de negocios- ella ha ido con su amiga hasta el cuarto dónde la hija recibe los últimos retoques. "Es el día más feliz de mi vida, Margaret" le susurra Beatrice, y siente el abrazo de su entrañable amiga. Las imágenes se han tornado morosas; cuadros tras cuadros van desfilando por su mente como si intuyera que el hilo de Ariadna está a un paso de ser tomado entre sus manos. Alguien reclama por micrófono a los anfitriones. Las corcheas y las fusas, nacen y mueren en el aire impregnado de perfumes. Ella avanza hacia el verde césped tomada del brazo de Beatrice. Suena el timbre. Alguien asoma la cara por el ventanal que da al jardín. "¡Bowers! , lanza Beatrice mientras la arrastra de la mano hacia la puerta. Su amiga franquea la entrada. Aparece un anciano, de ojos particularmente azulinos y mirada penetrante. Lo acompaña una bella mujer. Beatrice se abraza largamente con ambos. Luego se da vuelta y la mira."Ella es mi mejor amiga, Margaret. Querida, la señora Loisa Keaton y el sinverguenza de William Bowers, su esposo. No creí que vendrían. ¿Sabes?, William es un viejo amigo de mi infancia, un alto militar retirado que se ha venido desde Friendship para estar en este momento especial de mi vida". Presiente. que el Bowers del relato se corporiza en las imágenes del pasado reciente. De todos modos, si bien cierto es que coinciden el nombre y el cuartel, no puede creer que se trate de la misma persona. Demasiada casualidad. ¿O causalidad? La nota que hace referencia al coronel de la experiencia psíquica, contiene una fecha precisa: Julio de 1959. Ha transcurrido más de un cuarto de siglo desde entonces. Sin embargo, coinciden nombre, alto rango, e incluso el coto geográfico aludido en la nota. Tal vez debiera llamar a Beatrice. Piensa en Jonh. Enciende un cigarrillo. El silencio de la casa la traspasa. Se suma al silencio ominoso que llega del exterior. Es las seis de la tarde. Las primeras sombras invernales y los juegos electrónicos han sacado a los niños de la calle. Sabe que es la hora de los orgasmos clandestinos, de los orgasmos vírgenes, y también el de los orgasmos rutinarios y cansinos derivados de la ingesta rutinaria de tantos psicotrópicos. Piensa en Jonh. Ya ha conectado la alarma y ha pasado los cerrojos a las puertas reforzadas de su casa. Es la hora del miedo en masa y colectivo. Como todos- desde el Presidente hasta los millones sin techo que viven de la caridad pública cada vez más escasa; desde los hombres y mujeres que se mueven a esas horas en los transportes públicos, hospitales e iglesias; desde los pequeños y los grandes comerciantes; desde los presos de las cárceles y sus carceleros; desde los vagabundos y los delincuentes que pululan por las calles desiertas en busca de otras víctimas- ella también padece el miedo generalizado y de rutina. Piensa en Jonh. Siente la ausencia masculina. Con ambos pulgares, presiona la cuenca de sus ojos tratando que la imaginación haga viva en la estancia silenciosa, la presencia holográfica del hombre que ama. Los ladridos del doberman de su vecino contiguo golpean sobre sus tímpanos como golpes metálicos descargados por un martillo invisible. La imagen se desdibuja en medio de grotescos retazos de restos corpóreos y prendas de vestir. Una vez más se dice que debería llamar a Beatrice. ¿Y si el Bowers de la fiesta fuere el Bowers del relato? Piensa en Jonh. Tiene la impresión de que algo está por suceder. Cree percibir entre los miasmas del aire los sonidos entrecortados de una voz humana. Ya no tiene dudas : su esposo está tratando de establecer una conexión telepática. Emisión y recepción. ¿Pero será ella una buena receptora? Recuerda que en tono de broma, él siempre le decía que podía leer sus pensamientos. Y siempre acertaba. Por ejemplo, si estaba receptiva para el amor o cuándo la libido sexual se llamaba a reposo. Se maldice de no haberlo intentado antes. Piensa en Jonh. Trata de liberar las neuronas del pensamiento. Intuye que ellas podrán hacer el milagro. Y el milagro físico se produce ; después de todo- como química-bióloga, sabe que somos la resultante del compuesto interestelar del Universo; a través del éter, la voz de Jonh comienza a instalarse en su cerebro : lamento la tardanza querida Margaret, pero no pude ingresar antes en tu pensamiento. No estabas receptiva. Además, Ellos me controlan. Sólo puedo decirte que soy parte de una maquinaria militar temible para lograr el control del mundo por medios psíquicos. Se trata de modificar la propia ideología de nuestros enemigos manipulando la acción de sus voluntades. Hace años que trabajo en esto. Nunca antes te lo confesé por razones de seguridad. Está en juego nuestro futuro y el de nuestra amada hija. Y también- debo admitirlo- está en juego la seguridad nacional. O somos nosotros o es el enemigo; enemigo que también utiliza los mismos recursos aunque por ahora, en una escala inferior a la nuestra. No estoy solo. Somos un grupo de soldados psicológicos instalados en la propia red neuronal de nuestro enemigo excluyente, sin que éste lo sepa. Dentro de poco, el mundo será sacudido por una noticia que lo paralizará. Para entonces, habremos logrado la hegemonía política absoluta. Me están llamando. Cuida a nuestra hija. Te amo Piensa en Jonh. Tiene la sensación que un alfiler invisible ha comenzado a pinchar cada una de las palabras del mensaje de Jonh; al final, apenas audible, percibe una vaga referencia a la fotografía del arcón. Presiente que el mensaje encierra una clave. En un último arrebato, estruja su pensamiento como si su cerebro fuere una esponja capaz de retorcerse. Pero es inútil. Las sinapsis neuronales la han devuelto al patrón de sus códigos genéticos. Piensa en Jonh. Ahora la lluvia es un aguacero furioso y gime como una sinfonía lúdica entre los intersticios de puertas y ventanas. Se levanta. Como una autómata, asciende los escalones de carrara, el mismo mármol blanco que alguna vez inmortalizara el genio de Miguel Ángel. Está otra vez sobre la mullida alfombra. El fantasma holográfico del hombre que ama la ha seguido hasta allí y ahora siente su inasible presencia en cada rincón de la silenciosa sala. Piensa en Jonh. La mano abre el arcón como si abriera una caja de Pandora. Intuye el secreto como una manifestación tenebrosa del espíritu humano. Homo, homini lupus, siempre el hombre contra el hombre.¿Era acaso Dios el demonio? ¿O acaso el demonio se había hecho Dios? En todo caso, la existencia misma parecía ser un juego de perversidades que tenía al hombre como eje de un proyecto apocalíptico. Debería llamar a Beatrice. Bowers parecía tan encantador... . El mal era sin duda el más perfecto camaleón. Capaz de mimetizarse incluso en un ángel de la luz. Todo parece ser una trampa gigantesca. Piensa en Jonh. La foto está otra vez en sus manos. Ha visto ese hombre en algún lugar pero el maldito mecanismo de su memoria se niega a revelar el negativo. Vuelve al memorando secreto. Los títulos de sus páginas saltan entre las aristas cerebrales: “Hitler era un médium” “Los nazis, pioneros en la guerra psicológica.” “ El fracaso de Viet-nam”. “Terrorismo: la amenaza futura”. “Hacia la conquista del aparato político del Soviet”. Se detiene. Piensa en Jonh y de alguna manera, siente que Jonh piensa en ella. Jonh toma sus manos y fija su índice en un pequeño título en negrita: el objetivo supremo. El hombre a conquistar. Ahora la memoria ha soltado la imagen del pasado como una catapulta en el momento de arrojar la gran piedra. Piensa en Jonh. Piensa en Bowers. Piensa en su hija. Siente de pronto que se instala en ella toda la angustia colectiva de la raza. Lee el nombre que descifra el enigma de la foto: Mijail Sergueijevich Gorvachov.
(1) Tomado de “El retorno de los Brujos” de Pauwles y Bergier.
“Terrorista”
Buscado. El Estado ha puesto precio a su cabeza. El poder político y el religioso han comenzado a perseguirlo.. Sus acciones generan miedo e incertidumbre. Lo sabe por sí mismo. Pero además, lo ha visto en las miradas de impotencia de sus colaboradores(Como parte de un don que arrastra desde niño, ha buceado en el alma de sus compañeros revolucionarios). Presiente la desazón, la ambigüedad de sentimientos. Sabe que en ellos, aún persisten ciertas dudas respecto a su persona; y sabe también, que hasta es posible la delación entre la gente de su propio entorno.
Buscado. El servicio secreto de los que oprimen a su pueblo ya está tras sus pasos. La vigilancia se ha tornado más estrecha. Ahora los esbirros del Imperio más poderoso de la tierra, ni siquiera se ocultan. Actúan a cara descubierta. Ha pasado la noche con María. Ha dejado a sus seguidores con las dudas y se ha marchado con la mujer que lo incendia a un lugar secreto detrás del monte que circunda la ciudad. Sobre una manta tendida en el rocío, han hecho el amor compartiendo el fuego con la angustia. Ella le ha pedido que se marche; que abandone la ciudad dónde el odio político y religioso rezuma entre los viejos muros de la ciudad sagrada..
Buscado. Puede, pero sabe que no debe huir. Le ha prometido a su padre que enfrentará la persecución hasta las últimas consecuencias. Y esto puede significar la entrega de su vida, el sacrificio de sangre que jamás podrán comprender los poderosos dirigentes del Imperio. Sabe también, que con palos y piedras no podrán expulsar al enemigo. Imposible defraudar a su padre. La promesa es sagrada. Está en juego el futuro espiritual de su propio pueblo. Además... ¿ Dónde se ocultaría y para qué? ¿Adónde iría? El paisaje físico sólo ofrece un desierto yermo y montañas hostiles: solar sagrado controlado por los enemigos externos e internos.
Buscado. María se ha puesto difícil. Comprende el alma femenina. Recién ahora sabe que el amor de mujer es posesivo. Incapaz de comprender su posible martirio por la causa. Lamenta hacer cedido a los reclamos de la carne. Un error imperdonable. Sabe que dentro de poco, una patrulla militar vendrá por él. Uno de sus hombres lo ha denunciado. Fragilidad del corazón humano. María se ha marchado. En un vano intento por torcer su decisión, le ha dicho que recurrirá a su madre para evitar lo que ella llama una loca decisión. Sabe que será inútil. Su madre conoce el valor abnegado que conlleva acatar la voluntad del padre. No osará enfrentarlo, aún sabiendo que está en riesgo la vida de su propio hijo, su vida.
Buscado. Su madre viene a verlo. Se le nota en el rostro el trabajo suplicante de María. Mira a su amante. El miedo se ha adueñado de sus ojos. Encara a su madre. Está irritado, visiblemente molesto. La suerte está echada, madre. Tú lo sabes tanto como yo. Cada vez que les lanzamos piedras y palos, se ríen de nosotros.
Buscado. La milicia irrumpe en la vivienda. El oficial a cargo le lee la orden de captura: ...se le acusa de agitador profesional y de tratar de subvertir la palabra de Dios, el orden sagrado, y el de las Instituciones. Mira a sus captores. Ellos no pelean con palos y piedras. Ve los uniformes relucientes y las armas modernas y temibles. María ha comenzado a llorar nuevamente en un rincón. Su madre ha erigido un dique en la garganta. Está seguro que ella comprende que más allá del amor filial está en juego la libertad de aquellos oprimidos por el Imperio y los dignatarios religiosos aliados con ellos.
Buscado. Se halla recluido en una celda. Desde el exterior, le llegan los gritos e improperios de hombres y mujeres que han sido puestos en su contra. Sabe que ahora harán una parodia legal para justificar su detención. No le importa; él ha elegido el camino de la inmolación, la entrega de sangre que sorprenderá a propios y extraños. En una sala contigua, un grupo de soldados blasfema contra él. Ve que preparan algo con sus manos. Siente la burla en sus miradas.
Buscado. Sabe que María no ha cesado de llorar. También sabe que su madre se ha resignado a lo que muchos tildan de suicidio, en medio de infinitas dudas. Piensa en María. Aún en contra de su voluntad, no puede evitar el recuerdo voluptuoso de los genitales tomados. Un grupo de soldados se acerca a la celda. Él más alto y fornido trae algo en sus manos. Las risotadas rebotan entre las húmedas paredes. “- ¡Toma! ¡Ponte esto!- le gritan casi a coro. Uno de ellos le calza en forma brutal la corona de espinas.
Seudónimo: 2+2=5
Romeo y Julieta, versión U.S.A. (narración de estilo clásico)
Howard Keaton se acercó al ventanal de su amplio despacho. Desde allí, a pesar de la bruma, se podía distinguir la apretada arquitectura de Manthatan, a la hora en que ésta se convertía en un infierno metalúrgico; de cualquier manera fue una observación muy fugaz; nunca había podido acostumbrase a mirar hacia la calle desde las alturas del piso 76. -Señor Keaton: su comunicación con Buenos Aires... La pulcra voz de la telefonista lo volvió a la realidad. Miró una vez más la muerte ecológica del Hudson y sintió envidia del viejo y neoyorquino río. Pensó que cualquiera podía aceptar una muerte augusta y ambivalente como aquella. Se quedó unos instantes pensando en la palabra muerte. Claro que no en aquel tipo de muerte mansa y vaginal que imaginaba para el Hudson. Pensó de pronto en Preston, el comisionado encargado de los detalles formales relacionados con su preocupación; detalles absolutamente necesarios para acabar con esa absurda pesadilla que lo venía atormentando últimamente. Después de todo, resultaba cierto aquello de “Dios aprieta pero no ahorca...” ¿Quiénes eran los idiotas que aceptaban sumisos sus destinos? ¡Pobres tontos! El destino era una patraña. Una simple palabreja con olor sacerdotal: “Hijo mío, la omnipotencia divina así lo quiere. Debes resignarte a tu destino” No, jamás. El nunca transaría con esas reglas de juego formales y cobardes. -Señor Keaton...: Su comunicación con Buenos Aires... -Suspéndala señorita. No se sentía apto para entablar la mínima conversación y menos con las complejidades derivadas desde Buenos Aires. -Señor Keaton: quiero recordarle que usted mismo pidió que insistiera con esta comunicación. Recuerde que... -Sí..., sí; está bien, señorita. Diga que aguarden en línea. Meditó unos momentos mientras se esforzaba para no proferir una maldición. Sabía que cualquier palabra, el mínimo suspiro, sería retransmitido automáticamente a través de los ochenta pisos del edificio de su empresa. Con no disimulado disgusto, observó en el visor la platinada figura de la señorita Roberston, sonriendo con apergaminada ternura. Después de ordenar que le pasaran la comunicación a la suite, se dijo que ya estaba harto de hacer el amor con su secretaria. -...y diga usted al señor Hall que aguarde unos momentos más. -¿Algo más señor Keaton? -Sí. Quiero que cierre el circuito del visor central hasta nueva orden. ¡No quiero ser molestado para nada! -Comprendido señor Keaton. Estaba por abordar el ascensor, pero se arrepintió. “Estás llevando una vida sedentaria, Keaton. Debes caminar lo más que puedas o tus músculos van a anquilosarse”. Al recordar las palabras de Casey- su médico de cabecera- se decidió por ascender a pie los dos pisos que lo separaban de la suite. Subiendo las escaleras, maldijo a Kissinger y Ford, dos de sus directores ejecutivos, que bien podrían haberse encargado del tema de Buenos Aires sin su directa intervención. Claro que ya era tarde para lamentarse. Buenos Aires era un enclave medular en el desarrollo para el área de América Latina. Jadeando, se dejó caer sobre la cama. Observó la luz roja del conmutador y descolgó el tubo del teléfono. -Hola. ¿Robert? ¿Desde Argentina? Sí, sí; Howard al habla. ¿Cómo dices? ¿El veinticuatro de marzo... ?¿Seguro Robert. ? ¡Por supuesto! Tengo mis razones... ¿Cómo no desconfiar? Hace meses que vienes pronosticando que el asunto es un hecho y después... ¡Caramba! ¿Qué pasa contigo, Robert? Tú sabes que esto es fundamental para mi empresa... Espero que esta vez... Oye: Rockefeller me dijo... Sí, sí; bien, de acuerdo. El veinticuatro de marzo; así es. ¡Ya sé que se trata de un trabajo especial de nuestros amigos...! No, no estoy enojado; es que tengo otro problema. No, no; nada de empresa ni de política. Es algo personal. Bien, espero tu llamado entonces...” En cámara lenta colgó el auricular. Una grata laxitud invadió su cuerpo. De buena gana se quedaría allí, descansando. Pero comprendió que no podía darse semejante “lujo”. Dentro de unas horas recibiría en su casa a un grupo de selectos amigos: Monseñor Clayton; el juez Hardy; el comisionado Preston... y el doctor Casey que vendría acompañado de un escritor australiano de cierta fama: West. Morris West o algo así le había dicho Casey; de todos modos para él era un ignoto escritor, dada su natural apatía con respecto a la literatura(a su médico de cabecera lo había invitado porque presumía que éste le sería útil para el propósito de la cena). Respecto al tema central de la reunión - objeto de sus últimas preocupaciones -, el único de los invitados que le preocupaba un tanto era el Monseñor. El dignatario eclesiástico conservaba ciertos pruritos morales con los cuáles él no estaba de acuerdo. Claro que había que comprenderlo al hombre: como ministro de la Iglesia, también estaba obligado a concederle algunas prioridades a su Dios. De pronto sintió deseos de orinar, y se dirigió al baño de la suite. Al bajar el cierre de su bragueta, se miró en el grande espejo instalado a la misma altura del inodoro. No se trataba de un error, ni siquiera de un mal gusto del arquitecto. En realidad el mismo lo había diseñado porque desde niño, sentía un morboso placer al contemplarse el rostro mientras orinaba. Sin embargo, en esta ocasión, sus expresiones distaban de mostrarse placenteras. Frente al espejo, le llamó la atención ver remarcados algunos de los rasgos más salientes de su cara: los ojos negros, hundidos en sus órbitas; las cejas casi horizontales con ciertos y pronunciados volúmenes pilosos, herencia de sus ancestros etruscos. Pero sobre todo era el mentón, sólido y saliente - casi rígido por la acción de una mandíbula inferior de dientes largos -, que le conferían cierto aspecto diabólico, más ostensible aún cuándo sus venas se hinchaban como furibundos ríos interiores. No obstante esta conformación biliosa, de fuerte tendencia activa, él sentía que una incipiente sensación de impotencia estaba invadiendo todo su ser. Antes de abandonar el cuarto de baño, se miró una vez más y se volvió a preguntar - perdiendo la cuenta de las veces que siempre se preguntaba lo mismo- por qué extraño sino ella tenía esos ojos tan azules y tan distintos a los suyos... Con un gesto intempestivo, tomó su chaqueta y a paso firme, se encaminó hacia el helipuerto de su Empresa. Al acercarse el Sikorsky a reacción, lo primero que vió fue la sigla P. Keaton Corporation y, como cosa habitual en él, se sonrió con ironía. ¡Menos mal que el apellido de su madre salvaba la ropa!, pensó. Siempre le había resultado gracioso imaginar si una compañía como la suya - ese Imperio que abarcaba desde el petróleo hasta la farmacopea; desde la investigación espacial hasta los más sofisticados armamentos; ese monstruo mercantil y financiero que facturaba ventas por volúmenes muy superiores al comercio exterior de muchos países- hubiera podido triunfar en un mercado altamente competitivo como el americano, de haber sido su razón social Piccirilli Corporation. San, el piloto, quiso preguntarle el motivo de su carcajada, pero se contuvo cuándo vió que el semblante de Howard Keaton se contraía de pronto, como sacudido por un invisible espasmo. ................................................................................................
Llegó a su casa alrededor de las seis de la tarde, momentos en que su soberbia mansión estilo Tudor, asemejaba una solemne sombra arquitectónica. Con una palmada despidió al servicial Sam, informándole que disponía de un franco de 48 horas; durante el vuelo, había tomado la decisión de no concurrir a su empresa hasta solucionar el problema que lo tenía en ascuas. Al entrar se encontró con Ann, el ama de llaves, la cuál le informó que su esposa aún no había regresado del salón de belleza. “Esta bien” murmuró de mal humor. Resultaba un tanto absurdo pero tenía que admitir que desde que había visto “Shampoo” - aquella película que él se había negado a financiar- sentía un extraño cosquilleo cada vez que oía decir que su mujer estaba en el salón de la peluquería. Se odiaba a sí mismo pero no podía evitar que los celos lo atormentaran. Claro que siempre había sido así. Tenía celos de todo y de todos. De pronto pensó que estaba necesitando una ducha. Se mudó de ropa y justo cuándo estaba por entrar al baño, oyó la voz de ella. Con acento timbrado, la llamó simulando la amabilidad que le faltaba. Desde el rellano de la escalera, la vió avanzar hacia él, con el cabello rubio cayéndole sobre sus hombros. Ella caminaba en una actitud entre felina y candorosa. -Julie... - dijo pensando en aquella adolescente de “Hermano Sol, Hermana Luna”. -Julieta papá... ¡Julieta...! - lo recriminó ella. -¡Oh... ! Está bien..., Julieta, hija mía - respondió con no disimulado disgusto. Siempre había renegado de ese nombre tan común para satisfacer un especial pedido de don Lorenzo Piccirilli. Tomando con las manos las caderas de sus hijas, acotó: -Julie... Julieta: ¿Has pensado en lo que hablamos? -Es inútil papá- fue la seca respuesta. Resultaba ostensible en sus gestos, una profunda excitación espiritual. Mirando fijamente a su padre, prosiguió-: Además, quiero decirte que me pareció canallesco lo que intentaste hacer con él. Me has hecho avergonzar papá... -Pero hija... Trata de comprender. ¡Tú me pides un imposible...! Ese joven no es para ti... -Yo lo amo papá. Lo amo... ¿Qué importancia tiene lo demás...? -¡Lo amo! ¡Lo amo!¿Cómo puedes estar tan segura...? ¡Apenas hace unos meses que lo conoces... ! -El tiempo no interesa; en el amor, no, papá. -Julieta... ¡Julie! ¡Me vas a obligar a ser drástico contigo...! Antes de comenzar a descender los escalones de mármol de carrara, Howard volvió a sentir la intensa mirada de reproche de su hija. Conocía a su Julieta, y sabía que detrás de aquellos ojos azules y arrogantes, se ocultaba una resolución terminante. Ella pareció corroborar sus pensamientos, cuándo le dijo desde el balcón interior: -Papa: yo te amo. Pero te aconsejo que no te interpongas entre él y yo. No lo hagas por favor, papá... Demasiado para él. -¡No voy a permitirte que me desobedezcas! ¡Aún vives conmigo! ¡Y ni siquiera eres mayor de edad... ! Su hija no había esperado que descargara su enojo. Corriendo, había buscado la puerta que comunicaba con el parque. .................................................................................................
Después de los postres, Howard Keaton llevó a sus invitados al salón de la biblioteca. Era el momento del café y los licores espirituosos. Ni Ann ni Julieta participaban de la reunión. A Howard le pareció ver el Monseñor de excelente humor. Durante la comida, había aprovechado él tenerlo sentado a su diestra, llenándole la copa con el Nebiolo cosecha 25 que tanto le gustaba. Le sorprendió que el Monseñor lo apartara un momento para preguntarle si el tal West era amigo de la familia. Cuándo le explicó que era un conocido de su médico, el religioso se encogió de hombros. -¿Cuándo va a beber de este buen escocés, Monseñor? -No, hijo, no; eso resulta algo árido para mi paladar. Me raspa aquí... - se señaló la nuez, flaca y huesuda como un nudillo descarnado-. Ahora sí le voy a aceptar esa copita de Strega que usted sabe que es mi debilidad... -¡Cómo no, Eminencia! Strega...;Strega... ¿Dónde está la botella? ¡Ah!, lo que es estar acostumbrado a que a uno le sirvan... ¡Aquí está, Monseñor! ¡Aquí está el Strega espirituoso...! ¡Eh...! ¡Hardy...! ¡Preston...! No van a esperar a que yo les sirva... Tú, Casey... Vamos, anda... ; Sírvete algo. Usted también, señor - Howard vió que el escritor parecía estar de buen talante-. Padre : cuidado con lo que bebes que tú ya no estás para estas cosas... - ¡Vamos...! Vamos..., que todavía soy capaz de agarrar una... El fundador de Keaton Corporation dejó trunca la frase cuándo vió por el rabillo de un ojo, el respingo de las cejas de Monseñor Clayton. Prefirió sumar su carcajada a las demás. -Bueno, amigos... Monseñor... - la voz de Keaton sonó solemne y cálida-. Todos ustedes conocen el motivo central de esta amable reunión... -giró la cabeza buscando la mirada del comisionado-. ¿Qué novedades tienes, Preston? -Creo que no buenas..., para ti y para tu hija, claro. Hablé con Fitgerald, que está a cargo de la sección novena. Pues bien...:lo tienen fichado. -¿Es un delincuente... ?- quiso saber Howard poniéndose de pie. -No, hombre, no; cálmate. Romeo Bertolucci no es un delincuente en el sentido literal de la palabra. Claro que para nosotros es como si lo fuera... : ¡Pertenece al Partido Comunista! Howard Keaton se dejó caer sobre una silla. -¡Un comunista! ¡Un comunista... ! -vociferó meneando la cabeza-. Un comunista... ¿Pero por qué me tiene que pasar esto justamente a mí? Viven más de diez millones de personas en esta ciudad, seguro que somos más de cinco millones de hombres... ¡Y mi hija tiene que enamorarse precisamente de un comunista... ! -Y que se llama Romeo... - acotó de manera zumbona Casey-. Romeo y Julieta... -¡Maldita la gracia que me hace tu humorada! La cólera de Howard era manifiesta. Se sentía sumamente ofuscado. Por un instante se preguntó si no estaría soñando, cuando un eructo amortiguado del monseñor, le pareció más real que la vía Láctea. Volvió a dirigirse a Preston. -Pero tú me habías dicho que si andaba en la guerrilla sería fácil liquidarlo... - miró a Monseñor -... quiero decir..., quitarlo del camino de mi hija... ¿Esto cambia las cosas? -Claro que sí. En realidad fue Fitgerald quién se equivocó. Creyó que podríamos detener a Bartolumi..., no...; ¡ese Bartolucci! Creo que hasta podríamos hacerle un proceso, pero no mucho más de eso; claro siempre que se hagan las cosas dentro de la ley... Entiendo que no tendríamos agravantes para una condena real. Es un caso excarcelable y eso siempre y cuándo se lo pueda acusar de algo concreto. No sé que opina el Juez... -Yo pertenezco al fuero criminal- se apresuró a responder Hardy- pero creo que tiene razón el comisionado. Ya saben como trabajan ellos... -Ciertamente no sé cómo trabajan los comunistas, pero los detesto- arguyó Howard. -Me refiero- continuó el Juez- a que esta gente, por lo menos desde el punto de vista de la ortodoxia política, no comulga con la violencia. No sé porque se ríen... De cualquier manera, el FBI tal vez pueda hacer algo... No prometo nada- en esos momentos dejó de hablar y miró uno a uno a todos sus oyentes-. Ya saben que en este país mientras se paguen los impuestos..., el Estado es tolerante. - No debería serlo - dijo el sacerdote que ya apuraba su tercera copa de licor. - ¿Qué no debiera ser qué, monseñor?- preguntó el Juez. - -Tolerante. No señor. Es un error que el Estado se muestre tolerante con esta gente. La tolerancia es el mal primigenio de toda la civilización cristiana. - Por ejemplo la tolerancia hacia Hitler y Mussolini... - terció entre dientes, Casey. - ¿Decía doctor... ? - Nada, Monseñor; nada. Continúe por favor... - Debido a esa tolerancia hoy tenemos que soportar que el materialismo ateo se haya enquistado en gran parte del mundo. Nosotros... - Creo que nunca se han destacado por ser tolerantes. Con todo respeto, Monseñor, recuerdo... - ¡Casey!- gritó Howard mirando a su médico con recelo. - ¡Por favor Howard... ! Estamos en una reunión de adultos- miró al religioso y éste volteó levemente el rostro hacia abajo en señal de aprobación a la acotación del médico-. Decía Monseñor, con todo respeto... eh; decía que la iglesia tiene una deuda social enorme respecto a la tolerancia. Podemos hablar de las hogueras, la Santa inquisición... Giordano Bruno... Galilei... - ¡Eres un impertinente, Casey! No voy a permitir... - ¡Oh... ! Déjelo usted mi amigo... Sabemos aceptar las críticas... Tal vez el buen doctor crea que somos trogloditas en ese aspecto... - -Señores: creo que nos estamos apartando de la parte medular de esta reunión: ayudar a un amigo que tiene un problema serio con su hija. - Así es, señor; así es- señaló Monseñor Clayton, pasando la punta del índice por el borde de la copa vacía. - Monseñor: no hace falta que yo le sirva. Por favor... -el dueño de casa controlaba cada detalle relacionado con la atención al hombre de la Iglesia. - Bien, bien. Realmente este Strega es encantador. La última copa, ni una más... Y digo yo hijo mío: ¿qué piensa hacer usted con este asunto delicado? - Yo... - Ya sabe usted que cuenta con todo mi apoyo moral en este duro trance. Digamos que... - se detuvo haciendo malabares con sus gestos-, no es palabra oficial de la Santa Iglesia, claro...; pero a título personal, creo que es importante que cada familia trate de conservar su identidad. No olvide que usted es una persona de alta raigambre social. No se puede hacer una pira con la identidad que se construye... Ese Romeo..., no sé muy bien su apellido... - Bertolucci, monseñor. Romeo Bertolucci. - ¡Ah! Bertolucci, Bertolucci. Suena como apellido del sur... Seguramente hijo de inmigrante. Gente de humilde condición, digo... - El comisionado nos puede informar, monseñor... - Así es Monseñor. Es hijo de un zapatero remendón genovés que vive en Harlem. El muchacho..., ese Romeo, no trabaja. Estudia en la Universidad y fue allí dónde conoció a Julie... - ¡Precisamente allí!- protestó el comisionado-. Se supone que uno paga los impuestos para que en esos lugares públicos se formen quienes mañana puedan dirigir los destinos de la nación. ¿Cómo se explica que allí haya comunistas? ; individuos que rechazan precisamente este tipo de gobierno del cuál se sirven cuándo les conviene... - ¿No es ésta una democracia, amigo Preston? El doctor Casey se mostraba divertido. - Además-terció el Juez- ya se sabe que estos inmigrantes ignorantes, hacen cualquier cosa para que sus hijos se liberen mediante el estudio... Perdón si ofendí... - ¡Al demonio con eso!- protestó Keaton-. ¡Aquí somos todos americanos! Salvo su padre, que conocía el motivo de su aversión hacia el pasado itálico, los demás se mostraban extrañados de esa actitud despectiva hacia sus ancestros. Por otra parte, todos ellos sabían que los peninsulares eran fanáticos de sus costumbres y devotos de sus tradiciones. Idiosincrasia por otra parte transmitida de generación en generación sin importar el lugar de residencia ni tampoco el tipo de nacionalidad, raza o credo con los que estuvieren viviendo. - A propósito... - el monseñor seguía amasando entre sus dedos una pequeña bola de pan; tenía los ojos acentuadamente enrojecidos y la mirada parecía descolgarse de los mismos-.El ilustre escritor ha estado muy callado. -Hábito asumido, Monseñor. Demasiado converso con mis personajes cuando escribo. Es bueno escuchar a los demás... -¿Monseñor, conoce al señor ...? -West, señor Piccirilli. Morris West. ¡Cómo no conocer a uno de los más brillantes novelistas de estos tiempos! Además, gran parte de su literatura toma a la Iglesia como epicentro; visión un poco álgida, bastante crítica por cierto... el señor West tiene..., ¿cómo decirlo?,un particular enfrentamiento con ciertas cuestiones de la fe. -Con el respeto que me merece su alta investidura, monseñor, quisiera que fuera más explícito- acotó el literato. Howard Keaton se había quedado con la copa a mitad de camino entre su boca y la mesa. Cuándo vió a Casey restregarse las manos en un acto reflejo, imaginó que el maldito galeno había preparado el enfrentamiento en ciernes. A tono con su papel de francotirador. - Voy a confesarle algo- el rostro del clérigo era un carbón encendido-. ; creo conocer toda su obra. Pese a las diferencias conceptuales, no puedo dejar de reconocer que en Las sandalias del pescador, me sumergí en un clima de ficción muy seductor; esto habla bien de sus extraordinarias dotes de narrador. Sin embargo, señor West, estoy hablando de su mala voluntad, sus continuos ataques a la Santa Iglesia Católica, precisamente en aquello que ningún buen católico puede objetar. Sin fe, no hay dogma, y sin dogma, no habrá fe. Parece la cuadratura del círculo pero es más que un axioma. Además, esas acotaciones censurando al castigo divino, no condicen con la idiosincrasia del buen católico... Creo que sus disquisiciones sobre la conducta humana, contradicen abiertamente el plan que Dios tiene reservado para nosotros. Howard Keaton se acercó al monseñor con la botella de Strega en la mano. -¡Monseñor... ! Señor... -West. -Señor West. No vamos a arruinar esta sobremesa con una polémica sobre la religión que nunca terminan bien- mirando a ambos invitados con una actitud de súplica- Además..., esto es ajeno al espíritu de esta convocatoria... -Señor Keaton: respeto sus deseos de anfitrión- el escritor miró al médico. -¡Pero Howard...! -Cásey se irguió con su metro noventa. -¡Tú no intervengas! Ya hablaremos en otro momento... El médico optó por callar. Sabía bien hasta dónde podía apretar a su paciente y amigo. - Señor Keaton...- el eclesiástico se esforzaba por mostrarse amable - ; le ruego que le permita a nuestro distinguido amigo, el derecho a réplica. El titular del monopolio se encogió de hombros. Morris West se acercó a la mesa. - Monseñor: si asociamos toda la maldad del hombre al hecho bíblico del pecado, esto origina un pecado de horror todavía más acentuado en la mente humana; a saber, que la fuente del mal está en el propio creador, y que lo que denominamos Dios es un cruel absurdo, que preside un caos que el mismo creó. -Eso suena a blasfemia- objetó con rispidez el ministro de la iglesia. -¡No digo que esto sea así! De aceptarlo, la vida misma carecía del mínimo sentido. Sólo trato de decir que el concepto de pecado fue una ruptura intencionada y consciente de la relación entre la criatura y el Creador. Que atento a esta ruptura, surgieron todos los males, semejantes a las pestes de la caja de Pandora. Es lo que los autores del Catecismo holandés denominan, el gran absurdo, la gran impertinencia. Es un absurdo, en el sentido en que la enfermedad es absurda: un tumor cerebral puede convertir a un genio en un vegetal; un desequilibrio químico puede transformar la criatura más gentil en un maniático enfurecido. -Olvida usted lo del libre albedrío... - pontificó el religioso. -¡De ninguna manera, Monseñor! ; más...:creo en el libre albedrío. Creo que soy capaz de elegir entre el bien y el mal. Sin embargo, sé que ni yo ni cualquier otra persona somos completamente libres. Nuestra libertad está restringida de mil modos diferentes, por las disposiciones físicas y psíquicas, por la ignorancia, el miedo, la presión económica, la ausencia o la simple sobrecarga de información. -¡Digo que nos estamos apartando del objetivo de esta cena!- protestó Keaton; la incipiente molestia se había transformado en una cólera a duras penas reprimida. Se había hartado de las formalidades. De manera frontal, encaró al escritor-. Señor West: tengo entendido que usted reside en nuestro país desde hace un tiempo. No sé si mi médico le habló del problema personal que estoy viviendo... -¿ Respecto a su hija? -Así es. - Sí, señor Keaton. El doctor Cásey me puso al tanto. -¿Podríamos conocer su opinión? -Verá usted...; tengo por norma no inmiscuirme en los problemas domésticos ajenos. Howard Keaton sonrió de manera forzada.¿Qué clase de estúpido había traído Cásey? El médico sintió que una mirada asesina lo penetraba. -Me he estado preguntando que opinión le merece nuestro estilo de vida... - el juez quiso poner paños fríos. -Entiendo que no le agradará la respuesta. Casi a coro, todos manifestaron el deseo de conocer esa opinión.. - No es un problema inherente a esta sociedad; forma parte del dominio de la alta tecnología y los grandes negocios. Pero específicamente en lo que atañe a este gran país, he visto potenciada mi antigua idea de que el hombre es un animal enloquecido, consagrado, por un deseo de muerte universal, a su propia destrucción. Esta nación se ha convertido en un lugar siniestro, con un idioma que fuerza la lengua y se ha hecho inapropiado para la poesía. No hay filósofos entre sus pensadores, ni trovadores bajo sus ventanas cerradas por barrotes. Su gente exhibe el cinismo como un arma habitual en las calles; y, cuando se reúnen en el Parlamento o en la Bolsa, dejan el corazón en casa. Los comensales comenzaron a mostrar sus divergencias frente al discurso. - Debemos demostrarle al señor West que- pese a sus defectos- y a diferencia de otros países, nosotros no hemos necesitado de la chusma criminal para conformar una identidad nacional.Si existe una nación paradigma en explicitar sus divergencias, ésta no es otra que los Estados Unidos de América. Morris West sintió que el Monseñor había deslizado una sutileza venenosa al referirse al pasado de su pueblo; de manera inesperada, comprendió que ahora tendría un margen mayor para explayarse. - He aprendido mucho. Cuánto costaba asegurar a un presidente de banco contra el secuestro para pedir rescate. Lo barato que es alquilar un asesino profesional. Cómo se extorsiona y corrompe a los funcionarios del Estado. He estudiado las nuevas artes negras: cómo torturar a una mujer con una corriente eléctrica, provocar la locura mediante la privación sensorial, rebajar el intelecto más noble con drogas psicotrópicas; y como justificarlo todo mediante un editorial bien elaborado o un discurso en el Congreso. Para aprender tanto, he practicado una diligente urbanidad. He podido sentarme, sonriendo, mientras mi anfitrión proclamaba su odio a los negros y el efecto saludable del napalm, las minas terrestres, los defoliantes. O que el orden y el progreso a veces exigían un precio sangriento, y que el temor preservaba el jardín con más seguridad que el jardinero- corrió la silla y se levantó mientras se calzaba el saco-. En nombre de la ortodoxia, la tradición, el estilo de vida y la libertad de los privilegios, la crueldad adopta muchas formas: la persecución a los disidentes y sus familias, la restricción de los movimientos de censura; el arresto domiciliario. Incluso la detención preventiva, la segregación forzosa, la privación sensorial, el uso de drogras y las torturas físicas más bárbaras. -¡En América no se hacen estas cosas!- Howard Keaton golpeó con su puño cerrado sobre la mesa, haciendo caer la botella de Strega-. ¡Aquí todos hacen lo que quieren! -¿Está usted seguro, señor Keaton? No se olvide que cada cuál lava la ropa dónde mas le conviene. El Imperio sabe preservarse. Los expertos norteamericanos de la CIA han enseñado ese arte sombrío a lo largo y ancho del mundo. Debería saber usted que para todos los imperios, el hombre es un animal malicioso que debe ser domesticado. Si la voluntad no responde a la bondad, habrá que castigarlo. Si aún no se somete, corresponde matarlo, como advertencia al resto. Se utiliza la intimidación y el chantaje y la vigilancia no autorizada y el secreto anticonstitucional para silenciar las críticas y desalentar la indagación. Claro que en este punto, ningún país está libre de culpa en la cuestión- miró al médico-. Lo lamento, Ben. Me marcho porque estoy en medio de una ligera indisposición(*) Morris West cogió el portafolio, saludó a cada uno de los comensales y luego abandonó la sala que había quedado sumida en un sonoro silencio. La conversación se dilató un rato más, sin que los asistentes pudiesen aportar algo práctico con relación al tema de marras. Cuándo sólo quedaba Casey y el comisionado, Keaton hizo mención de una vieja lesión gástrica, para retirarse a su habitación. Aún le duraba el mal momento vivido con el escritor. No obstante, recordó cómo se habían barajado todo tipo de posibilidades (incluso las más insólitas): enviar a su hija a un largo viaje...; mudarse a su residencia campestre en Houston... Sobornar la pobreza familiar de Romeo, etc. Las dos primeras fueron terminantemente rechazadas por él, seguro que su hija no las aceptaría bajo ningún concepto. En cuánto al tema del soborno, el servicial Sam había pagado las consecuencias con un Bertolucci padre, enojadísimo. Estaba convencido que lo de su hija no era más que un amor pasajero; típico “metejón” de adolescentes que pasaría sin dejar rastro. Y para colmo de males, ¡el hijo del genovés remendón era un comunista... !, algo que detestaba sin saber muy bien por qué( no estaba seguro si la cosa pasaba por la convicción personal o era la influencia del viejo y desaparecido McKartty, que allá por su juventud, le había pintado aquella “cosa” de manera tan repelente...,) que la mera palabra comunista le producía escalofríos. ¿Y ahora qué hacer? El no podía permitir que su propia hija malograse un futuro brillante. Julieta, su Julie..., era lo que más quería en el mundo y sentía la obligación moral de velar por su felicidad. Por otra parte, era conciente que no tomaría ninguna represalia por vía de la agresión física. Detestaba la violencia. La detestaba de manera clara y concreta, cuándo en febrero de 1936, sus hermanos menores fueran asesinados por orden de la una pequeña mafia local. Siempre se había dicho que ambos pudieron haber tenido otro destino de habérselos propuesto: más de una vez su padre quiso incorporarlos formalmente a la Empresa fundada por entonces. Jamás aceptaron. De vicio chico a vicio grande, terminaron por ser arrastrados por una enorme deuda de juego a la cuál nunca honraron( incluso el viejo veronés tenía su buen cargo de conciencia por cuánto jamás quiso dar crédito a los reclamos de sus deudores) ;el caso es que en vísperas de cumplir sus quince años, dejaron en su hogar un enorme baúl negro. No tenía la intención de abrirlo porque una franja rezaba textualmente: Para el padre de Dino y Jhon, pero su padre no estaba y pudo más la curiosidad... Al abrir el baúl, las cabezas de sus hermanos -cadavéricas y malolientes- aparecieron en el fondo del mismo. Por eso detestaba tanto la violencia. Y no porque no pudiera ejercerla. Al contrario: el poder que le otorgaba de por sí el manejo de un imperio comercial como el suyo, era más que suficiente para lograr que la muerte le firmare cuánto pagaré en blanco le exigiere. Si al menos Romeo hubiere sido guerrillero... (en ese caso nada hubiese podido enjuiciar a su conciencia, un poco por aquello que quien a hierro mata...; y otro también porque el mismísimo Estado se encargaría de terminar el pleito) pero no, el hijo de aquel miserable inmigrante se comportaba como un ciudadano corriente, más allá de su asquerosa militancia política. Dejando la copa en el piso, se llevó ambas manos a la cabeza, como si quisiera violar el peso de sus pensamientos. El wihsky comenzaba a abrir espacios anchos y profundos dentro de su mente. Se sentía embotado, como si el alcohol fuera cómplice de su impotencia. Él, el gran magnate de las finanzas, el archi poderoso señor Howard Keaton que dirigía los destinos de su gigantesca corporación como un Duce sin escrúpulos, era incapaz de resolver un problema cotidiano y familiar. Repentinamente, su padre entró en la habitación. Con las manos en los bolsillos, caminó hacia él. -¿Ya se retiraron todos?- preguntó al viejo veronés. - Sólo continúan hablando tu médico y el comisionado. A propósito, Preston dejó dicho que sería importante si mañana pudieras pasar por su oficina. ¿Has resuelto algo, hijo? -¡Qué voy a resolver... ¡ ¡Maldita sea! ¿Y Julie... ? -Creo que está viendo televisión con Ann. ¿Sabes...? Estuve pensando... -¿Qué? ¿Qué has pensado, padre...? -...Que existe una sola persona capaz de sacarnos de este atolladero... Howard Keaton se irguió lo más rápidamente que se lo permitió el alcohol. -¿De qué diablos se trata...?- dijo tambaleante. -¿Por qué no llamamos al autor? ¿Qué...? Me parece que no es momento de hablar de escritores. ¿A qué autor te refieres? -Al que sacó a relucir nuestra historia. Ya sabes...: los escritores que suelen reinventar las vivencias; como las nuestras, claro... -¿Te has vuelto loco, padre...?¿Qué tiene que ver un escritor en todo esto? ¡Tú has bebido demasiado... ! -Nada de eso hijo. Nada de eso. Recuerda a Pirandello... Howard Keaton comenzó a mover el rostro, contrariado. -Tú estas loco, padre. ¡Estás loco de remate! Llamar al autor.... ¿Pirandello...? - ¡Sí...! ¿No recuerdas cuando fuimos al teatro? Ya sé a que te refieres...: Seis personajes en busca de un autor. ¡Pero aquello era una ficción...! ¡Esto es real... ¡¡Real!¿No lo entiendes? -Tonterías hijo, tonterías. Quisiera saber quién puede definir con precisión cuál es la diferencia entre realidad y ficción. De todos modos, no perdemos nada intentándolo al menos... El autor se metió en nuestras vidas. ¡Que nos arregle él el entuerto ahora...!
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Así es como yo me vi mezclado en esta historia. Cuándo les confesé que nada podía hacer, ambos me miraron sorprendidos. “Yo no puedo hacer nada, señores. Absolutamente nada. Ustedes son los protagonistas, los únicos que pueden determinar vuestras propias vivencias. Pruebas al canto: al principio imaginé al doctor Casey como un tipo detestable. Y por una razón lógica, supuse que su comportamiento respondería a esta primera impresión. Sin embargo...: ¡gran sorpresa! El doctor Casey ha resultado ser un tipo saludable desde todo punto de vista. Y no hablemos de Romeo... Pensé describirlo como un canalla. Me dije: va a enamorar a Julieta, y luego, una vez que se gane su confianza, preparará minuciosamente un rapto sensacional...” -Yo no se lo hubiera permitido... ¿Lo escuchaste, padre? ¡Raptar a Julie...! ¡Faltaba más...! Dígame una cosa: ¿por qué le dio participación a ese cretino australiano? ¡No sé como no lo eché a puntapiés...! “No me culpe de eso. Yo no lo he invitado...” -Está bien; ya hablaré con ese sinvergüenza de Cásey. Ahora dígame una cosa, autor...; no sé cómo se llame...: ¿Qué va a pasar con Julie....? “Lo lamento señor Keaton. Lo lamento de verdad- dije con sincero desencanto. ¿Qué es lo que lamenta? Diga... La voz de Keaton sonaba perentoria. “Que si bien puedo ejercer cierta influencia sobre mis personajes, no ocurre lo mismo en el caso de Julieta- vi de pronto que Howard Keaton me miraba desafiante-. ¡Oh... ! Está bien..., Julie si lo prefiere. Créame, remedando el drama de Shakespeare, pensé incluso en el suicidio... -¡Pero que dice... ! ¿Lo escuchaste, padre? Este hombre habla del suicidio de Julie... ¿Pero por qué convocaste a este sujeto, padre? “Está bien, hombre. No se alarme; lo intenté, cierto es, pero no pude... No sé porque pero no pude. Tal vez Julieta haya encontrado el final de esta historia y quiera mantenerlo en reserva. Usted comprenderá que en las cosas del amor... A propósito, ¿sabe usted si Julieta se encuentra en su casa?” Howard Keaton miró a su padre, pero el viejo Piccirilli bajó la vista, confundido. Luego, cerrando el puño en forma amenazadora, me miró con una expresión incontenible. Cuándo imaginé que el puñetazo caería sobre mi cara, giró sobre sus talones y comenzó a gritar: -¡Julie! ! ¡Julie...! Pronto, sus gritos fueron ganando los anchos corredores de la mansión.
Seudónimo: 2+2=5
“ ROLO, FRANCISCO SOLANO LÓPEZ, UNA MAMBORETÁ, Y EL ASUNTO DE LA CHIMENEA”
Ir a dormir a la casa Quinta de su padre le pareció la mejor decisión. Tenía dinero para pasajes y gastos de comida. De tener suerte con La Lujanera, calculaba poder llegar antes del anochecer. Se dijo que en La Reja compraria algo de fiambre(ni siquiera podía imaginar en preparar comida hasta ver con que elementos contaría en la casona). Mientras esperaba el 52, comenzó a sentir un agudo dolor, como si decenas de alfileres le interesaran su cuero cabelludo. “Y ya lo sabés: si no das bien el examen, más vale que no vuelvas”. Las palabras de su padre, le resonaban con la estridencia de un serrucho desdentado. No pudo evitar pensar en el sufrimiento de su madre si ésta no hubiere muerto; de cualquier manera, su decisión era irrevocable. “Es mejor así. No me importa nada lo que pueda pasar” Antes de ascender al colectivo volvió a mirar el edificio de Olivera y Rivadavia. Por un momento, creyó ver a su hermana asomada a la ventana del comedor. -Hasta La Reja- dijo, tratando que su voz sonara grave. Lentamente, zigzagueando entre los pasajeros, avanzó hacia el fondo del autobús Recién se sentó al llegar a la altura de la estación Liniers. Estirando las piernas, apoyó la sien sobre la ruidosa ventanilla y cerró los ojos. Sólo quería distenderse unos minutos; le pesaba tanto la cabeza, que por momentos, tenía la sensación de que una morsa intangible prensaba imaginariamente su frente y su nuca. Pronto se quedó dormido. Despertó en Ituzaingó, justo en el momento que el 52 pasaba frente a la barrera 80. Restregándose los ojos, se dio cuenta que debería tratar de no volverse a dormir, a riesgo de pasar de largo por su destino. Mirando de reojo el periódico de su acompañante, le llamó la atención un titular que hacía referencia al problema de los bebés desaparecidos durante la dictadura. En la página siguiente, alcanzó a leer una reseña sobre el conflicto con Iraq, dando cuenta de un nuevo bombardeo en una misión conjunta de EE.UU y el Reino Unido. A propósito, recordó un comentario de Felipe:" ...estos yanquis hijos de puta siempre se las ingenian para fabricar conflictos dónde usar las armas”. Felipe era uno de los compañeros de estudio. Felipe, el militante de la pequeña agrupación de la Juventud socialista( “el único de la clase” pensó) que se las sabía todas. Y en alguna medida era cierto. Primero en matemáticas. Primero en las difíciles de Química y Física. Primero con las chicas... y hasta en debutar sexualmente antes que los demás. Recordó entonces la vergüenza que le habían hecho pasar, a propósito del debut sexual de su compañero.. “ ¿Qué semen... ? ¿Pero qué términos usás Rolo? Leche, se llama, ché. Leche. Qué me venís con ese asunto del semen, boludo...” Pero sin embargo, todos se resistían a creerle - como él aseguraba – que mantenía relaciones sexuales con su profesora particular de inglés(20 años mayor que él), la cuál, a tenor de las aseveraciones de Felipe, era un camión; una princesa oriental o una mina que no se podía creer, todo, por supuesto, pintado verbalmente, al estilo de un Velásquez de la palabra. Moviéndose en su asiento, trató de pensar en otras cosas; el tema sexual solía inquietarlo y confundirlo. Claro que su propio desarrollo sexual había sido mucho más traumático: mientras sus compañeros habían sido asesorados por sus padres en el tema, él debió asumir en soledad sus propias dudas. De pronto, como si quisiera quitarse el peso de este recuerdo, abrió las carpetas con las pruebas escritas. Historia: 0. ¿Cuál es el nombre del dictador Paraguayo, vencido por los ejércitos de la Triple Alianza?. Respuesta: Joaquín de la Pezuela. Ahora, en medio de una cómplice y silenciosa sonrisa, pensaba que de haber puesto Mariscal Francisco Solano López, y de haber respondido que “... el general Bolívar murió en el año 1830” en lugar de no sé, seguramente la nota hubiera alcanzado para un 6 ( claro que también había desertado en Lengua y Matemática por propia decisión.). Ya desde la víspera, estaba seguro de presentarse en el examen sólo para obedecer a su padre. Pero que de ninguna manera le interesaba eximirse para su probable ingreso a la Escuela Naval Militar. Si bien ignoraba los motivos reales de su actitud, era consciente del fastidio que le provocaba su padre, cada vez que éste invocaba “... la importancia de la Armada, y del ejemplo patriótico de sus hombres en la guerra del Atlántico Sur, y que de no haber sido por el maldito accidente yo sería ahora un orgulloso oficial...” y que patatín y patatín, machacando siempre, tratando de meterle en la cabeza el dichoso uniforme azul con los botones dorados. Con fastidio, arrojó la carpeta por la ventanilla con esa sensación de rabia que lo dominaba cada vez que pensaba en su padre. Se preguntó por qué no lo querría, como por ejemplo, querían sus compañeros a sus padres; sí, sabía, que las cosas se habían ido deteriorando entre ellos, después que su padre decidiera juntarse con una hermosa y joven mujer, un año después de la muerte de su madre.”Papá: no quiero que venga a vivir esa mujer con nosotros...” Fue inútil. El no quiso escucharlo. Para colmo, esa nueva mujer le resultó extremadamente antipática desde el día que la conoció.”Mandona, es mandona; una mandona de porquería”. .............................................................. Llegó a La Reja en momentos en que la luz solar desdibujaba las copas de los árboles. Rápidamente cruzó el paso a nivel y en el primer almacén que encontró, compró cien gramos de jamón crudo, un pan lacteado y una gaseosa. Diez minutos después subía al colectivo sintiendo que una aguda excitación crecía en su interior solapadamente. Tomado del pasamano, dejó navegar sus ojos entre rostros cansados y miradas recelosas. Al descender, se encontró con una incipiente bruma que no dejaba ver más allá de los cien metros. Apuró el paso. No tenía llave de la casona y estaba seguro de que dependería de la buena suerte para entrar.”Tal vez forzando una ventana, o la misma puerta...” pensó, tratando de darse ánimo. Eso sí, tenía un plan y estaba dispuesto a llevarlo a cabo a costa de cualquier sacrificio; había decidido quedarse en esa casa dos o tres días, tiempo suficiente- según creía- para hacerle comprender a su padre que en el futuro las cosas serían diferentes. Al divisar la finca comenzó a sentir un extraño cosquilleo, como si aislados racimos de hormigas deslizaran sus frágiles patas entre sus vísceras. Desde la muerte de su madre – un año atrás- no había vuelto a penetrar en esa sobria finca de reminiscencias arquitectónicas normandas. En esos momentos, el recuerdo de aquella trágica desaparición, puso un perno de emoción contenida en su cerebro; apenas un ligero estremecimiento que se descolgó de su boca en forma de bufido. Antes de saltar el tapial, se quedó unos instantes mirando el rojizo color de las nubes, visión fugaz pero suficiente para que aflorara en su memoria el pasado tiempo de boy-scout.”Así te vas acostumbrando a una futura carrera militar. Aún devaluada por estos políticos corruptos, sigue siendo la mejor opción, hijo. De cualquier manera- y es bueno que lo sepas: volveremos otra vez...” Imposible olvidar las palabras de su padre; imposible sustraerse al rígido esquema de la vida familiar convertida por aquel en un pequeño cuartel, un coto castrense privado ganado por el resentimiento. Sabía que su padre había sido rechazado por culpa de una tara física casi imperceptible, producto de una caída en moto. Durante un par de horas, intentó forzar la puerta de entrada al comedor y luego la de la cocina, intentos reiteradamente fallidos( hasta el recurso de introducir una rama a través de las persianas a modo de cuña, también había resultado inútil); claro que estas frustraciones no habían podido doblegar su voluntad Sabía que estaba comprometido a no rendirse ante ningún obstáculo. Trepando a un viejo roble llegó hasta la parte más alta del tejado, en el sector desde el cuál, una pequeña terraza permitía el acceso a una enorme chimenea. Pronto, la idea de deslizarse a través del hueco de la tronera le pareció algo riesgoso pero posible. Entonces, asistido por su propio entusiasmo, catapultó su cuerpo como un gimnasta consumado, sentándose al borde del espacioso hueco. Casi rozando una telaraña, vio que a través del orificio, los ladrillos refractarios perdían sus líneas asimétricas un par de metros más abajo. La noche, surgida casi subrepticiamente, lucía una luna gorda que hacía brillar su luz amarillenta sobre el tejado. Desde el alféizar de la tronera, los contornos celestes de la piscina comenzaron a liberar recuerdos trágicos puntualmente dolorosos; pequeños y sostenidos estiletazos que mantenían activo un sector del cerebro que solía reclamarle cuotas de culpabilidad. Rolo cerró sus labios aspirando profundamente el húmedo perfume de la clorofila. Por última vez forzó la mirada en busca del mínimo rastro de luz dentro del hueco. Comprendió de pronto que ése, y no otro, sería el único medio de acceder al interior de la finca de su padre. Claro que de sólo pensarlo se sintió tocado por una descarga química... No obstante, antes de abandonar el tejado, se animó a romper parte de la telaraña extendida sobre la tronera, con la intención de cotejar el espacio físico de su cuerpo dentro del conducto. Sosteniéndose sobre sus antebrazos, se introdujo con precaución –tanteando cada centímetro de los ladrillos refractarios—hasta un poco más abajo de su cintura. Respiró aliviado. El hueco parecía tener suficiente holgura; tanta, que incluso podía mover los pies como si estuviera pedaleando en el vacío. Ya fuera de la chimenea, caminó con sumo cuidado debido a que la humedad había tornado resbaladizo el esmalte de las tejas. Una vez en el suelo, comenzó a juntar hojarasca reseca y a trasladarla debajo de la galería, en el lugar más reparado. Era tanta la cantidad de hojas caídas, que el primer pensamiento fue el de armar una lonja con éstas, buscando utilizarlas a guisa de cama ( había tomado la decisión de no arriesgarse a penetrar a través de la tronera, hasta la mañana siguiente) para el caso de no lograr acceder al interior. Sólo en esos momentos, tuvo la impresión de que la luna gorda y geométrica lo miraba entre las ramas altas de los pinos. Comió lentamente, acompañado de los últimos graznidos de las aves y el monótono canto de un grillo. Acuciado por una incipiente sensación de cansancio y algunos espasmos producidos por una brisa fresca, se recostó sobre las hojas que crujieron al contacto de su cuerpo( recién entonces, cruzaron por su cerebro las supuestas imágenes de su padre, realizando diligencias en su búsqueda). ..........................................................
Despertó a media mañana sintiendo un agudo dolor en la cintura. Cuándo se puso de pie, notó que entre las entrepiernas ( sentía los genitales tumefactos), y a lo largo de ambas extremidades, un orín tibio se deslizaba con pereza. Recordó que había soñado con su madre, reviviendo en los vericuetos de su mente, unas pasadas vacaciones en Mendoza. Se veía caminando descalzo sobre la nieve- acuciado por un seco pero intenso frío-, mientras ella le decía con un tono de ternura en su voz, que corriera a abrigarse. Se esforzó por retener de manera coherente otras imágenes pero fue inútil. Casi entumecido, comenzó a saltar y correr en medio de alaridos, esquivando los árboles como solía hacerlo durante su cercana infancia. Al oír el ruido de un vehículo, se encaramó en el portón justo en los instantes que pasaba el camión del repartidor de leche( Rolo no lo veía desde las vísperas de la muerte de su madre) que se abastecía en La Serenísima. A los gritos, trató de llamar la atención del conductor sin resultado: Fiel a su costumbre, el hombre continuaba escuchando los tangos de Julio Sosa al máximo volumen; eso sí, le extrañó que pasara por ese lugar un día laborable y en pleno Otoño, teniendo en cuenta que el vecindario estaba compuesto por ocasionales moradores de fin de semana. Contrariado, se descolgó del portón y regresó a la galería. Allí, buscó el sector dónde el sol asomaba su timidez mañanera y se quitó el pantalón y las medias. Por suerte, había tomado la decisión de llevar un toallón, y ahora sentía el primer placer en muchas horas, deslizando el algodón entre su piel. Los diez grados de temperatura se hacían sentir entre sus desnudos poros; sin embargo, podía resistir la sensación térmica algo más baja, asistido por el sol que abría su gran boca entre los ladrillos. Al cabo de algo más de dos horas, se calzó el pantalón ya casi seco, y se dispuso a penetrar en el interior de la casa, utilizando la chimenea como elemento físico de acceso. Antes de treparse nuevamente al tejado, trató - una vez más- de forzar las puertas y ventanas pero el intento resultó otra vez inútil. Corrió luego hasta el galpón, y, sobre la losa de éste, vio una cuerda amarillenta y reseca, de unos ocho o nueve metros de longitud según sus cálculos. Mientras la deslizaba entre sus manos, notó que el sisal estaba deshilachado en algunos tramos.”¿Aguantará esta mierda?”, pensó entonces. Para salir un tanto de su duda, seleccionó la rama del árbol que creía más fuerte, y ató a ésta una de las extremidades de la soga. Luego, a modo de cincha, cargó toda su energía, tensando la cuerda hasta agotar su propia resistencia. El resultado le pareció confiable – ya se imaginaba descolgándose por la garganta de ladrillos -, y se dispuso a poner en marcha el plan que había elaborado horas antes. Caminando sigilosamente entre las tejas -cada vez que apoyaba un pie le parecía que pisaba un excremento chirle y resbaladizo- llegó hasta la base de la chimenea, justo cuándo su adrenalina comenzaba a desperezarse. Enancado en la tronera, volvió a mirar hacia el temido interior. “Tiene que ser fácil”, se dijo desafiando su propio miedo. Pensando que en sus innumerables visitas a la Quinta jamás había reparado siquiera en la chimenea, trató de concentrarse imaginado la forma del hogar. : Recordó la base ancha, los ladrillos barnizados, la repisa de cedro con las figuras de marfil que su madre atesorara con particular devoción, y hasta se acordó de un retrato de su hermana, fotografiada durante un cumpleaños de ésta en esa casa. Después de quitarse los zapatos, hizo un lazo con la cuerda, sujetándola alrededor de la tronera, calzando el otro extremo debajo de sus hombros. Tanteando con sus pies la lisa superficie de los ladrillos refractarios, comenzó a deslizarse muy lentamente. El descenso fue normal hasta unos dos metros más abajo. En ese punto, Rolo cayó en la cuenta que el hueco se tornaba angosto sintiendo que sus brazos perdían soltura de movimientos. Utilizando sus pies a guisa de palanca, escaló hasta volver a ganar espacio para su cuerpo. Luego, apoyándose sobre su espalda, dudó unos instantes. Apostaba que con sólo dos o tres brazolazas volvería a respirar el aire fresco que pasaba por encima de su cabeza. Claro que también se dijo que si se rendía a su propio miedo, no podría castigar a su padre. La opción por lo tanto, no admitía dilaciones: o seguía adelante con el plan hasta las últimas consecuencias, o tendría que regresar a su casa, humillado, con el agregado de una profunda frustración( se imaginó con la cabeza gacha, acatando los reproches reiterados y agresivos de su padre; esto le dio nuevo impulso a su propósito) Deslizando los pies por el lugar dónde se angostaba el conducto, notó que éste bifurcaba su recorrido a través de un sensible recodo. Acosado por el resentimiento hacia su padre, aspiró hondo y empujó el cuerpo hacia abajo; pronto sintió que los huesos de la cadera abrían un surco a través del hollín pegado en los ladrillos. Sólo entonces comprendió que había sido un idiota al subestimar ese inesperado contraste arquitectónico. Sin embargo, sintió un gran alivio al notar que sus pies se movían con soltura. Aspirando repetidas veces, trató de retener la mayor cantidad de aire en sus pulmones. Comenzó a bajar unos centímetros, hasta el instante en que un agudo dolor lo dejó momentáneamente paralizado. Mirando hacia el lado en que el sol se colaba entre los ladrillos, vio una furtiva y pequeña sombra en movimiento, justo cuándo el viento silbaba a lo largo de la tronera. Volvió a aspirar. Una, dos, tres veces, con el pensamiento fijo de que en cada intento, el aire que pretendía quitar de sus pulmones, fabricaría el intersticio milimétricamente necesario para permitir que el cuerpo se hiciera algo más liviano y ligero en el descenso. En el último intento, cuándo el esfuerzo comenzaba a pensionar los tejidos musculares, sintió un cimbronazo entre sus manos De pronto, como la arboladura de un yate herido por una tormenta, la soga comenzó a deshilacharse justo en la parte que ésta mordía la base de la tronera. Momentos en que, apoyando las manos en ambas paredes, presionó fuertemente hacia abajo, con la sensación de que cada una de sus billones de células, se aunaban en el largo y sostenido grito parido por una creciente angustia. Repentinamente fue como sentirse tomado por la angustia; como si una ventosa inasible comenzara a aspirarle la piel humedecida por el miedo que crecía arrollador en su cerebro. Ahora, sólo ahora comenzaba a tomar noción del peligro a que estaba expuesto. Peligro que amenazaba convertirse en pánico, cuando un imprevisto y lacerante dolor de sus caderas, corrió de pronto entre sus músculos hasta la altura de sus hombros. Rolo no pudo evitar que un Dios pequeño brotara de su boca, mientras, de manera descontrolada, trataba de ascender hacia el rectángulo de luz. En el primer intento ni siquiera se movió. En el siguiente, el cimbronazo fue tan violento que la soga soltó un par de trenzas con un seco chasquido. Al voltear su cabeza, vio el cordón de sangre bajando por uno de los antebrazos. Recordó al maestro boys-scout ”: ...cuándo se sientan en peligro, griten, griten siempre cuántas veces puedan. Sólo después usen el cerebro para pensar” En esos instantes, al mirar hacia arriba, observó como la araña trabajaba aceleradamente reparando el tejido que él había destruido. Durante algunos minutos, Rolo se quedó inmóvil, consciente de que debería actuar con el mayor equilibrio. Mientras trataba de ordenar sus pensamientos, sintió un leve cosquilleo a la altura de una axila. Entonces giró la vista en el preciso instante que el cascarón negro y lustroso de una cucaracha emergía detrás de uno de sus hombros. Veloz, el insecto corrió hasta el final del conducto rozando con sus antenas la maltrecha telaraña. Allí se detuvo, empujó su cuerpo hacia la izquierda, luego a la derecha hasta que, repentinamente, optó por invertir el sentido de su trayectoria. Al verla, Rolo se revolvió intranquilo; luego de chocar una y otra vez con su hombro derecho, la cucaracha comenzó a deslizarse por los poros pegajosos de su piel, a la altura del cuello. No pudo evitar una revulsiva sensación de asco. Imposibilitado de espantarla con sus manos, todos sus ancestros gritaron movilizados por su propia repugnancia. El insecto se detuvo, movió repetidamente sus antenas y luego desapareció a través de un intersticio entre su brazo y el tórax. ............
Había perdido la noción del tiempo. La luz del sol constituía su única referencia al respecto. Este, después de caer a plomo sobre su cabeza, ahora dibujaba un triángulo irregular hacia el final de la tronera. Durante algo más de dos horas, había intentado zafar sin éxito de su incómoda situación. Sentía un agudo dolor desde los muslos hasta los antebrazos; por momentos, tenía la sensación que le faltaba el aire, y por momentos también, era sacudido por una tos ronca y gutural. Aguzando el oído, había tratado de escuchar el paso de algún vehículo. Sólo de manera esporádica le llegaron los decibeles amortiguados de un motor, desde alguna de las calles de la periferia. Por supuesto que sus gritos resultaron inútiles ( en realidad lo único que había logrado era fijar un doloroso tirón en su garganta, áspera y reseca como una lija). Tenía sed; una sed casi insufrible que le obligaba a morder los labios con desesperación. Rolo pensó en su madre mientras el viento comenzaba a filtrar su siseo entre las hendijas. Por encima de su cabeza, la araña estaba punto de completar su siempre eficaz y mortífera trampa. Ahora la veía libar en un círculo perfecto que estaba cerrándose lenta pero inexorablemente. También la araña le producía asco, sólo que éste era diferente al que sentía frente a la cucaracha, algo así como una especie de temor ancestral( imaginar que la araña podría caer sobre su cara, lo llenaba de espanto). Estaba verdaderamente asustado. Consciente que una primaria sensación de impotencia e insoportable angustia, se ramificaba en su cerebro. Claro que aún no se sentía derrotado. La experiencia campamentista del año pasado – cuándo le tocara dormir sólo de noche, en plena montaña –le resultaba ahora sumamente provechosa. Cierto es que no era lo mismo. Por entonces, acurrucado en su bolsa de dormir al lado del fuego, supo controlar sus miedos; y en esto- él lo sabía –radicaba el secreto para dominar cualquier situación límite. Trató de relajarse; aún le pesaban los recuerdos de sus pasadas tribulaciones, claro que –por suerte para él – podía seguir confiando en sus naturales mecanismos de defensa. Sabía que el recurso supremo de la cuerda permanecía intacto. Creía que, asiéndose fuertemente de la misma y utilizando los pies como palanca, lograría la tan ansiada liberación ( también estaba esperanzado en que el lechero – de regreso hacia su casa- pudiera oír sus gritos). De pronto comenzó a hablar a viva voz ”: El nombre del mariscal era Solano López. Sí, tío, ese Solano López que vos me contaste como les hizo pito catalán a los ingleses hijos de puta. Yo sabía todo, claro que lo sabía, mamá. Sabía que el Paraguay se estaba convirtiendo en una potencia y que los hijos de puta brasileños tampoco lo podían permitir. Sí mamá, era Solano López, yo lo sabía. Qué boludo que fui, qué boludo... ¿Por qué murió mi mamá? ¿Por qué mamá? ¿Por qué?” Después el sollozo repetido, la maldita garganta dolorida con esa horrible sensación de que alguien raspaba un vidrio entre sus carnes una y otra vez, sintiendo los pulmones como un globo tenso a punto de estallar.
Oyendo el paso lejano de un convoy ferroviario, se percató que la luz del sol había desaparecido del interior de la tronera( a través del orificio ahora el firmamento se mostraba añil y limpio de nubes). La araña, que ya había terminado su plan, permanecía quieta en la tenue penumbra de un rincón. Rolo veía su cuerpo robusto, con las patas alzadas como un tenso amortiguador, sabiendo que estaba al acecho, lista para caer sobre su próxima víctima. En esos momentos, volvió a irrumpir la cucaracha. Corriendo a través de los ladrillos refractarios, se detenía bruscamente para reanudar su carrera una y otra vez, como si un sino misterioso la empujara hacia el final de la tronera, dónde la brisa movía la frágil telaraña. Sin embargo, a escasos centímetros de ésta, frenaba su carrera, desplazaba sus antenas a modo de radar, y salía disparada en busca de uno de los vértices de la chimenea. Rolo asió la cuerda con sus manos. Lentamente deslizó los nudos de sisal efectuando una doble vuelta sobre su muñeca derecha y luego comenzó a tirar de la cuerda con fuerza, hasta que la misma quedó rígida y extremadamente tensa. Un metro por arriba de su cabeza, vio el nudo suelto y desflecado, sintiendo de pronto que una extraña corriente física tomaba cada centímetro cúbico de su piel. Entonces, el corazón comenzó a desbordarlo en miedo, sabiendo que era el momento de jugarse el todo por el todo. Presentía que el repartidor de leche no tardaría en pasar y que cada centímetro que lo acercara a la cúspide de la chimenea, sería fundamental a la hora de pedir auxilio. Por enésima vez volvió a pensar en su madre, sobre todo en aquel domingo por la mañana que la había visto tan demacrada al momento de levantarse; ahora recordaba cuánto le había llamado entonces la atención el rostro de color tiza y unas profundas ojeras que resaltaban como nunca sus enormes ojos verdes. Recordó el momento en que se enteró que ella era cardiaca, justo un día antes de cumplir los diez años.”Lo que necesita es tranquilidad. Tenemos que evitar que tenga disgustos”. Rolo dejó dormida en su paladar la última de las palabras de su padre, tratando de hacer viva la memoria. “Pero no es nada serio – le había acotado entonces -; el médico dice que pronto se recuperará” Nunca pudo saber si su padre le había mentido deliberadamente. Lo cierto es que él no veía mejora alguna en ella. A pesar de los cuidados y prevenciones de todo tipo, la figura de su madre se consumía, ahuesándose sensiblemente. Pese a esto, aquel domingo creyó verla muy feliz, sentada bajo el alero de la galería, escuchando como siempre la música de Vivaldi( Rolo la imaginó en paz, ajena totalmente a la enfermedad que ya había comenzado a entorpecer el armonioso fluir de su sangre). Aún dentro de su delgadez, creyó percibir en el rostro de ella cierto parecido al de Catherine Deneuve, la actriz que tanto le impactara a través de un cartel publicitario. Claro que eso había sido antes del desdichado asunto ocurrido en la pileta. Desde entonces, siempre tuvo plena conciencia de que jamás olvidaría el rostro angustiado de su madre, en los momentos en que, acalambrado en una pierna, trataba desesperadamente de alcanzar el borde del natatorio( siempre maldijo ese estúpido y falso orgullo, que le impidiera reclamar el auxilio de su padre) Jamás pudo quitarse de su mente lo que ocurrió después, cuando ella lo vió con la boca abierta, jadeante y morada, agitando los brazos como aspas de molino incontrolables. Luego oyó su desgarrador grito, mientras su cuerpo caía como quebrado en dos, con la sensación de que el agua – como un animal viscoso- lo arrastraba hacia el fondo de sus fauces. Cuándo abrió los ojos – de bruces contra el césped-, sintió las manos grandes y callosas de su padre flexionándole la espalda tratando de quitarle el agua que comprometía a sus pulmones( sólo cuándo alzó la vista volvió a ver a su madre: el rostro blanco como un secante, tocado por una sonrisa peregrina ligeramente dibujada en sus labios gruesos y extremadamente violáceos, sintiendo que las manos ahuesadas de ella, se deslizaban por sus antebrazos) . Nunca le habían sonado tan dulces sus palabras. Vívidamente, recordó cómo, poco antes de retirarse a dormir la siesta, ella lo había mirado de una manera intensa y extraña. Luego fue todo tan repentino... ; un ruido proveniente de la habitación contigua, su padre que aparece corriendo desde la galería con él detrás... ; preguntas maquinales, exclamaciones , y una retahíla de gritos contenidos a partir del momento en que ambos la encuentran tirada junto a la mesa de luz ,con aquellos enormes ojos verdes mirando fijos e inmutables el cielorraso. Rolo se mordió los labios. ¡Cuántas pesadillas lo atormentaron noche tras noche! Pesadillas crecidas, alimentadas desde el mismo momento que le dijera a su padre que él se sentía culpable de aquella muerte. Durante instantes que le parecieron interminables, había mirado la boca de su progenitor a la espera de las mágicas palabras. Sin embargo, éstas no llegaron nunca. Por el contrario, no pudo evitar un sollozo cuándo una voz áspera y acerada dijo a secas: “el destino lo quiso así”.
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Mientras perduraba en su boca el gusto salobre del jamón crudo, la sed se tornaba cada vez más acuciante. Sorpresivamente, un trueno descargó sus irregulares decibeles a través de la estructura de la casa, momentos en los que sintió que los paneles de la chimenea reverberaban en sus manos. La otrora brisa, pronto se convirtió en un ventarrón que soplaba del Oeste, arrancando las hojas de los árboles y algunas frágiles ramas. Rolo oyó el chirrido de goznes gastados, mezclado con el ruido producido por una de las puertas del interior de la casa, golpeando contra un objeto metálico. En tanto los truenos repicaban como sordas campanadas, el viento aumentaba de intensidad; una densa hojarasca girando en remolino, se introdujo con violencia en la tronera. Imprevistamente- como consecuencia del ventarrón-, una mamboretá cayó encima de la telaraña. Ya en medio de un pánico casi incontrolable, Rolo vió que la voraz mantis batía las alas con furibunda energía, haciendo oscilar los finos hilos libados por la araña. Durante algunos minutos, ésta se mantuvo en su escondrijo. Sólo cuándo la mantis dejó de moverse por unos instantes, asomó a la luz con extremada cautela. A Rolo la escena le resultaba alucinante. Como hipnotizado, veía como la araña se deslizaba entre los filamentos de su arquitectura libando un nuevo hilo, girando lentamente en torno al “tata Dios”; a la manera de un gallo de riña, ora se acercaba, ora se alejaba, tratando de no cometer error alguno. Sin duda, la naturaleza se había encargado de escribir en sus genes que esa presa no sería un bocado fácil. Y no lo era: con sus pinzas hacia delante a manera de temibles espolones, la mantis dibujaba fintas defensivas a la espera del feroz ataque. Observando el natural pero angustioso ejercicio de la lucha por la supervivencia, Rolo comenzó a sentir una aguda opresión. Casi al instante, notó que gruesas gotas de sudor le brotaban a lo largo y ancho de su frente como pústulas malolientes( pronto, todo el contorno de su cara pareció inundarse, en una interminable sucesión de poros que explotaban en cadena sometidos a los genes de la angustia) Acuciado por una sostenida sensación de impotencia, vió cómo la mamboretá –que tenía sus extremidades enredadas en aquellos pegajosos hilos- se debatía débilmente. Segura de su victoria, la araña avanzaba ahora hacia ella con la macabra soltura de la muerte. Sin saber por qué, Rolo tomó partido por la mantis. Ciertamente, el tata dios no era precisamente un insecto de su devoción, y mucho menos, desde el momento que supo que esos feroces animales seccionaban el cuello de sus víctimas antes de devorarlas; sin embargo, en estas circunstancias, estaba seguro de poder hacer cualquier cosa con tal de liberarlo de aquella trampa perfecta. En esos momentos, la araña replegó su vientre sacudida por un espasmo; luego, se acercó aún más a la mantis y durante unos segundos -que a Rolo le resultaron interminables -, permaneció inmutable mientras las patas de su víctima hendían el aire convulsivamente. Desde su posición.- algo más de un metro de distancia- Rolo podía ver los ojos múltiples de la araña escrutando fijamente a esa pequeña masa de materia en movimiento, y entonces no pudo evitar que otro recuerdo -dormido durante mucho tiempo en su cerebro -, abortase con violencia: ocho años de edad, sentado en la cama de su habitación. Los relámpagos que retratan la escena una y otra vez, mientras el viento trepida sobre la ventana. Se ha despertado sobresaltado y le dice a su madre entre sollozos que no quiere más al gato; que por favor lo regale o, mejor aún, que lo abandone porque él no podrá volver a tocarlo después de lo que pasó; la madre que indaga en la angustia y otra vez la voz entrecortada explicándole el horror y el miedo cuándo el michi, después de cazar una laucha “... la tenía agarrada con una de sus patas, mamá, y después la soltaba y otra vez la agarraba, la laucha corría por el patio y el gato vuelta a amarrarla mamá, no la soltaba y yo miraba y le quería pegar al michi y agarré la escoba y le pegué fuerte en la cabeza, así, así, pero la lauchita ya no se movía porque estaba muerta, mamá...” Ahora, después de ocho o nueve años, el pasado se hace lágrima abierta al recordar la fatídica pregunta a su madre”: ¿ Por qué Dios era tan malo?’ La respuesta en referencia a que Dios disponía así las cosas porque “... quiere llevarse al ratoncito a su lado “, no hizo más que aumentar su desamparo.. Desde ese momento, - en cuánto a creencias religiosas - se convirtió en el trasgresor de la familia: no más oraciones por la noche ni más asistencias forzadas a las misas dominicales; hasta el hombre de espíritu castrense debió aceptar resignadamente este estado de cosas, harto de arengas y amenazas. De cualquier manera, estas disquisiciones fueron brutalmente arrancadas de su cerebro por un nuevo y soberano trueno que estremeció toda la mampostería de la casa. En esos momentos, el cielo parecía una sábana negra lista para ser enjuagada; mientras, el olor cercano a tierra mojada, ya comenzaba a filtrarse a través de la tronera. Como presintiendo el aguacero, la araña abandonó repentinamente su momentánea pasividad, y, en una actitud ancestral marcada por la supervivencia, se lanzó sobre su presa. Arrastrando la filigrana babosa que resaltaba aún más sobre el telón de fondo de los cúmulos- nimbos, sometida a la dictadura de sus genes, convertida en una perfecta máquina de muerte, la araña libaba alrededor del cuerpo de la mamboretá, deslizándose con soltura sobre el dibujo geométrico de su trampa, segura de que su víctima- ya con las fuerzas agotadas -, apenas podía observar su trayectoria. Como parte de una escenografía de terror, el ventarrón movía de un lado a otro la frágil pero segura estructura; en esos momentos, Rolo tuvo la sensación que otro frente de angustia cavaba zanjas en su espíritu.. Al mirar su reloj, se dio cuenta que el repartidor de leche no tardaría en pasar, si bien no estaba seguro del horario en que lo haría. Era la instancia para hacer el esfuerzo supremo, tratando de lograr zafar sus caderas del estrecho hueco, consciente que si lograba hacerlo, no tendría más remedio que atravesar la inmunda trampa de la araña; sin embargo, estaba dispuesto; la sola y terrorífica idea de pasar la noche en ese lugar, le daba la fuerza adicional que necesitaba. Miró hacia el orificio de salida, justo en el instante que la araña se movía como sacudida por un espasmo; ésta se acercó a la mamboretá, y durante unos segundos se mantuvo quieta frente a su indefensa víctima, Rolo había asistido al espectáculo dramático de la araña, mientras ésta envolvía a su víctima. Por eso, al verla en acción nuevamente, intuyó que volvía por el remate De repente, abriéndose paso a través de la frágil estructura, el velludo insecto comenzó a girar en sentido transversal al dibujo de la trampa. En contado minutos, el cuerpo de la mamboretá – salvo la cabeza y la parte superior de sus patas delanteras- quedó enrollado como un matambre hasta que, después de violentas convulsiones, todo su cuerpo quedó inerte; Rolo supuso que la araña - mientras libaba -, habría mordido a la mantis en el vientre.. Mientras tanto, la realidad no parecía tener consideración de ningún tipo con sus angustias y sus miedos: la lluvia se había convertido en un violento aguacero que lo obligaba a actuar con suma rapidez y decisión. Por enésima vez vió la soga herida, apenas firme en un trazo de sisal que no ofrecía demasiada confianza. Sabía que sopesado en varias ocasiones su posible capacidad de resistencia, jalando de ésta con fuerza, y, en todos los intentos, la soga se había mostrado resistente. Claro que también sabía, que- en el momento de jugar la alternativa suprema-, no sólo serían los brazos los que ejercerían presión sobre los maltrechos hilos: lo haría todo el conjunto de sus músculos, forzados a actuar en extrema tensión, e incluso por momentos, su propio peso muerto, que terminaría por comprometer seriamente la estructura dañada de la soga. Desechando toda duda, tomó la decisión de operar con urgencia; por lo tanto, ciñendo la cuerda con una vuelta más a su muñeca, comenzó a tirar apoyando ambos pies en la pared. Sólo alcanzó a ascender un par de centímetros, antes que la cuerda, restallando como un latigazo, se rompiera abruptamente.
Seudónimo: 2+2=5
Tomado de un hecho real publicado en el diario “La Razón” (N del A)
Por votación unánime.
Cuándo hoy por la tarde abandoné su consultorio, no supuse que jamás volveríamos a vernos. Al principio me invadió una sensación de tristeza. Pero duró poco. Claro que es normal. Como todas las cosas que ocurren en mi vida, ninguna ha sido feliz ni perdurable. “- No pude evitarlo - me oí decir. “-¿Qué cosa?- respondió él, un tanto impávido. “- El mismo sueño. “-¡Ah!- me contestó lánguidamente, con esa voz pastosa que aflora en el orgasmo masculino. Entonces guardé silencio, convencida de la inutilidad de mi propósito, elaborado, urdido con paciencia casi artesanal. Ahora, mientras aguardo lo inevitable, recuerdo que en mi primera entrevista con él- luego de una traumática espera de casi diez horas- sentí entonces que su mirada recorría sin pudor la geografía de mi cuerpo. Quizá por eso tuvo la soltura de decirme que yo tenía las piernas ideales para realizar la cópula número 238. “- Hace mucho tiempo que espero unas piernas como las tuyas - sentenció con la vista fija en mis largas extremidades. Y agregó: -“ podremos olvidarnos de los 15 minutos reglamentarios. Haremos que el tiempo nos pertenezca. ¡Que hermosas piernas... ! ; porque la posición número 238... “- Yo necesito una terapia espiritual - le interrumpí-. Me torturan unas extrañas pesadillas. Necesitaba contárselas a alguien y pensé que usted..... Distante, me miró con una mueca de suficiencia y comenzó a explicarme que no tenía porque tener vergüenza; que la vieja escuela moralista estaba muerta y definitivamente enterrada y otras peroratas por el estilo. Por supuesto que yo era consciente de todo esto, pero igual lo dejé decir. Sin embargo, no pude evitar un estremecimiento erótico, mientras su mirada lasciva se deslizaba perezosamente por mis piernas. “- Hoy cada uno toma lo que le gusta, sin falsas posturas e hipocresías. ¿Tal vez no soy tu tipo? - indagó, seguro de sí mismo. Claro que lo era. Alto y atlético, de cabello rubio y ojos intensamente azules, su recia estampa nórdica desmentía la ancestral apatía de su raza. En realidad diría que era casi único: la vida ociosa y sedentaria continuaba atrofiando a la humanidad, atrapada en una mutación física constante y progresiva. Sólo unos pocos podíamos considerarnos privilegiados en este aspecto. ¡Cuántas veces especulé con este pródigo don de la Naturaleza... !. Yo, la Venus carnal; yo, la única, la hembra capaz de hacer que cualquier hombre lo sacrificara todo (en realidad, aquí ninguno tiene que sacrificar otra cosa que no fuere su propia vida.) Por eso, cuándo él me preguntó si yo no era su tipo, debí contenerme para no mostrar en toda su desnudez mis pensamientos francos, lo cuál no deja de ser un logro extraordinario habida cuenta que la transparencia mental es parte capital de nuestra esencia (ya lo sabemos: la hipocresía y la mentira, formaban parte de las taras mentales de nuestros ancestros) Ahora él único que miente es el Estado (Claro que esto no es nada nuevo, aunque todos participemos de la farsa). Hubiera querido decirle que esperaba que nuestra relación fuese perdurable; que mi ambición pasaba por amar a un hombre íntegro y cabal, pero una imaginaria y sarcástica carcajada me detuvo. Aún así, alcancé a responderle. “- Sí, lo es. Pero no me interesa ninguna experiencia sexual. He venido por otra causa. Sé que usted interpreta los sueños y las alucinaciones; yo vine a verlo porque desde un tiempo a esta parte..., no sé, sufro extrañas pesadillas que suelen repetirse en cada sueño. La cinta de recuerdos públicos contiene historias relacionadas con mis imágenes oníricas, casi diría, premonitorias... “- Pero esas cintas fueron confiscadas y prohibidas por el Estado. ¿Sabes a que te expones?. Yo mismo... “- Me puede denunciar. Lo sé, y no me importaría. Claro que pensé en la posibilidad de una denuncia. Durante un par de minutos me miró desde el pedestal de su arrogancia, siempre ajeno a los reclamos de mi voz, a medida que mientras desgranaba las aristas de mis sueños. O tal vez, como lo pienso ahora, su reacción no fuere más que el resultado de su propia impotencia, acostumbrado como estaba a que cada una de las pacientes que atendía diariamente, llegaran a él casi con unción religiosa, en aras de vivir quince minutos de intensas relaciones corporales. Relaciones más cerca de los genitales -según rezaba el Gran Manual de Técnicas Copulativas - que de la verdad suprema del sexo. Sin dejar de admirar mis macizos muslos, inquirió al fin: “- ¿Cuánto tiempo hace que tienes esos sueños? “- Y..., algo así como cinco años... Sólo entonces pareció prestarme un poco más de atención, tomó algunos apuntes, y, sin dejar de pasar sus fibrosas manos por mis muslos, me citó para la semana siguiente. A medio metro de sus ojos - azules, húmedos y brillantes -, vi como hurgaba con su mirada en el piélago de la mía, pero todo fue inútil: mis piernas parecían dos estalactitas. “- Pareces un témpano de hielo - dijo, perturbado. Así fue nuestra primera entrevista. Durante las posteriores, insistió con sus reclamos carnales hasta el preciso instante en que me dijo que admiraba mi autocontrol erótico. Ciertamente, viniendo de él, no lo sentí como un halago. Yo estaba empecinada en no ser carne de su carne. ¿Quién podía culparme de querer algo distinto? ¿Acaso que culpa tengo yo, sí, a pesar de ser tan joven(acabo de cumplir 62 años), estoy harta de ofrendar mi cuerpo con esa inercia suicida impuesta por el Estado a través del Código de normas matrimoniales”? Ya cuándo cumplí los quince años, el Consejo Sexual me obligó a mantener mi primera relación carnal. Claro que luego- por mi propia decisión- lo hice miles de veces, asumiendo la consciente desesperación de vivenciar las emociones amorosas de nuestras antepasadas, aquellas mujeres que- de acuerdo a la cinta de Recuerdos Públicos- realizaban el acto sexual imbuidas por la emotividad. Erotismo sí, pero compensado con las aureolas del espíritu. Ya en nuestra infancia, los maestros de Historia nos habían enseñado que los antepasados habían sido seres inferiores, dominados por la pasión y el instinto. ”¡Abajo el corazón! ¡Muera el corazón que nos tiraniza!”, clamaban en las clases. Sin embargo, en mí, nunca hicieron mella esas palabras. Siempre había querido saber algo con ese tipo de sentimientos apasionados, tan comunes en aquella época en la cuál las mujeres engendraban a sus propios hijos. Ahora es distinto. Los hijos son planificados por el Estado. Regulados, calculados y en muchos casos, clonados para una función determinada. Por eso cuándo esta tarde escuché la noticia, me invadió un indescriptible regocijo; una de esas extrañas emociones que el Tribunal de Disciplina Emocional se encarga rápidamente de reprimir (el Tribunal es inflexible: no bien las máquinas sensoriales registran una anomalía -debilidad hereditaria es el rótulo-, el culpable es condenado a terminar su existencia en el Zoológico de la Comunidad. Año tras año expuesto al escarnio Público por las Guías de la Razón Pura, que se encargan de exhibirlo a los visitantes) . A propósito: mis padres fueron condenados por el Estado, bajo los cargos de haber violado la Ley de los Embarazos. En algún momento, lamenté que ambos se hubiesen convertido en víctimas propicias del escarnio público. Es extraño, pero creo que jamás compartimos nuestras vivencias. Cuándo yo tenía dos años( mi nacimiento no había sido registrado en los anales públicos), los represores del Estado vinieron por ellos en forma violenta: a mi padre lo internaron en una de las áreas públicas dependientes del Gran Zoo de la comunidad.. Con mi madre fueron más drásticos, al condenarla a la inanición dentro de la Gran Campana Pública. Durante un tiempo creí que la desdicha de ambos - sobre todo la de mi padre, que aún permanece vivo –habría de desatar la tan ansiada liberación emocional. Pero no pudo ser. Cada vez que veo a mi padre detrás de los barrotes(ahora hace un tiempo que evito visitarlo), paréceme estar en presencia de un extraño. Una vez, a solas con él, me pidió que no les permitiera – se refería a ellos, claro – que me amordazaren el corazón. Le hablé entonces de una extraña sensación que me embargaba cada vez que lo veía allí, aislado y prisionero. Creo que nunca me podré olvidar lo que me dijo: ” No te preocupes, hija mía. Todos tenemos una jaula. La única diferencia es el tamaño” A mis hijos nunca se lo comenté. ¿Para qué? No me hubieran entendido. Ellos fueron programados para entender únicamente las razones puras. Por otra parte, sólo nos vemos una vez durante el día. Se marchan por la mañana y regresan de noche. Nunca supe adónde van ni que clase de tarea realizan. Esteban, mi marido, me dijo que eso de preguntar no era cosa de mujeres y que lo único que tenía que hacer era ocuparme de lo mío; o sea: ponerme al servicio de sus necesidades sexuales todos los días martes a las 20 horas en punto, durante diez minutos inmóviles y asfixiantes. Sólo había que dejarlo hacer. Ni una palabra, ni siquiera el roce de una caricia. Tampoco el jadeo o el estertor del orgasmo. Nada. Sólo dejarlo hacer mientras los ojos se marchaban sin dejar de estar dentro de una. Ahora, cuándo pienso que nunca más sentiré el helado contacto de su cuerpo, me siento feliz. Sé que él es consciente de mis citas con el maestro sexual. Pero nunca me dijo nada. Durante la comida sólo hablamos del tiempo, de las esporádicas visitas al Zoo, y luego pasamos a la sala para oír y ver el informativo general. Informativo que suele repetirse durante algunos periodos, por falta de noticias nuevas. Últimamente estuvimos participando de repetidas informaciones durante noventa noches consecutivas. Recuerdo que al cabo de la séptima emisión, yo fui la primera en bostezar. Al rato se sumó Esteban. Los únicos que permanecieron inmunes al aburrimiento fueron nuestros cuatro hijos androides. Por supuesto que yo comencé a intuir por entonces que algo extraño estaría ocurriendo dentro de los estamentos públicos. Hasta en las cintas transportadoras la gente se deslizaba con la boca abierta, presa de un bostezo incontenible (Por otra parte, ya nadie ignora que los escasos trabajadores, se niegan a concurrir a sus tareas como si toda la megalópolis hubiese sido ganada por el abandono.) Mientras tanto, mis pesadillas aumentaban de intensidad. Sumida en la desesperanza, yo también pensé en suicidarme. Corren rumores que centenares de ciudadanos se quitan la vida diariamente ( los que no somos androides, estamos casi seguros de esto, a pesar de que el Consejo de Estado haya tratado de evitar que tomara estado público.) Ni siquiera los ciborgs han podido engañarnos, desfilando por la ciudad con sus optimistas grabaciones a cuestas. Sí, me faltó muy poco para quitarme la vida. Ahora ya no necesito hacerlo. Una hora atrás, a través del Gran Visor Público, participamos de la noticia; la nueva y sensacional noticia: Por votación unánime, los dirigentes del Estado, habían aprobado (¡al fin!) la tan cuestionada moción : el antes innombrable proyecto del cuál se había estado hablando subrepticiamente. Ahora sí me siento feliz. No sé que clase de sentimientos habrá tenido el maestro sexual al momento de enterarse de la noticia, pero casi podría asegurar que a todos los humanos nos embarga esta nueva sensación, esta hermosa perspectiva de paz definitiva. A mí, a Esteban, y a los millones de hombres y mujeres de esta Megalópolis, que aguardamos casi con unción religiosa que en cualquier momento, aquí mismo, o sobre el horizonte denso y violáceo, se haga realidad el profético sueño de mis continuas pesadillas. Claro que ahora ya no tengo temor; al contrario, casi con enfermiza ansiedad, hurgo una y otra vez en el lejano horizonte, a la espera de que irrumpa sobre el cielo, el ahora amado y gigantesco hongo atómico de mis sueños. Seudónimo: 2+2=5 ______________________ Otros mundos.
Recuerdo cuándo mi padre se decidió por cumplir la promesa. “Durante el receso universitario, te llevaré a conocer ese planeta cuyos habitantes lograron un excepcional desarrollo tecnológico y espiritual, al que estamos estudiando desde hace un tiempo. Un planeta que tiene extraordinarias similitudes con el nuestro. Confieso que dudé de su cumplimiento. Mi padre permanecía poco con nosotros y sólo cuándo disponía de un descanso, generalmente lo aprovechaba para arreglar sus pendientes cuestiones de científico. Por otra parte, aquellas eran las primeras vacaciones después de un receso de 5 años. Las teníamos merecidas. Siempre he pensado que mi padre es incorregible; es tanta su contracción al trabajo- la ciencia lo había ungido como uno de los más brillantes estudiosos de antiguas civilizaciones interplanetarias- que junto a mi madre, dábamos por descontado que durante aquellas peculiares vacaciones, no se privaría de realizar sus tareas( en cierta ocasión, reunido con sus amigos, le escuché comentar que de confirmarse sus presunciones, la especie en conjunto estaría frente al descubrimiento más extraordinario de todos los tiempos: la existencia concreta de mundos paralelos). Claro, por entonces ignoraba las increíbles implicancias que nos depararía aquel viaje. El tema de los mundos paralelos formaba parte de un confuso y ambiguo recuerdo durante mis clases de física, cuándo nuestro profesor hiciera mención a esa teoría - según él - altamente especulativa: “...una especie de utopía de carácter metafísico”, acotó entonces. Necesito recordar. Mi padre nos había informado que el viaje interestelar no demandaría más de 24 horas en tiempos espaciales absolutos, pero con relación al tiempo planetario, estaríamos ausentes casi 3 meses( ya se sabe: cuestiones de lo que alguna vez se conoció como teoría de la relatividad). Era la primera vez que con mi madre cruzaríamos a otra dimensión del tiempo y el espacio, atravesando el agujero negro de nuestro sistema planetario. A pesar de la ansiedad que nos producía semejante alternativa, estábamos tranquilos: mi padre ya lo había hecho incontables veces sin ningún inconveniente. Habíamos sido conducidos a una cámara especial de compensación molecular, junto con el resto de la tripulación. Pasar a través de un agujero negro es una experiencia dónde se mezcla el temor inenarrable con la sublimación de la belleza; el miedo a la muerte con una sensación liberadora; algo así como un éxtasis de inmortalidad que es parte de los oníricos deseos de la raza; en fin, una especie de viejo sueño metafísico, el punto de encuentro con Dios, como criaturas inasibles de su portentosa imaginación;el verdadero y único objetivo que sostiene el andamiaje de la vida, sino absoluto de la existencia misma. Recuerdo la charla con mi padre. En realidad fue casi un monólogo; me habló de sus enormes expectativas frente al descubrimiento de una antiquísima civilización que guardaba increíbles similitudes con nuestra primitiva existencia. “Imagínate, hijo: manejaban los secretos del átomo- de mala forma porque esto los llevó a la destrucción - y dominaban un sistema complejo tecnológico, con conocimientos de la alta matemática y la física cuántica. Repentinamente, la hecatombe total. No sabemos aún que fue lo que pasó pero mi equipo duda que hayan quedado vestigios de vida en alguna parte del planeta. Como tú sabes, desde hace un par de meses, estamos explorando e investigando una región de notables similitudes con el hábitat de nuestros antepasados; se trata de algo asombroso; de ahí el asunto de los mundos paralelos, el sino misterioso que recrea idénticas características de existencia en planetas lejanos entre sí: vida, costumbres, lengua, conocimientos científicos y creación artística - incluso en lo que atañe a ritos funerarios -; en fin, todo se repite como una especie de gigantesco ADN existencial. Ahora bien, hasta el viaje anterior, junto con los elementos tecnológicos que fuimos desenterrando de nuestras excavaciones, sólo nos habíamos topado con restos óseos de los habitantes que habían poblado ese lugar. Hasta que ocurrió un hecho por demás extraordinario: dentro de una urna funeraria bastante conservada, apareció en su interior el cuerpo de una mujer; sí, bien digo, de una mujer que por su contextura física, se parecía a cualesquiera de las mujeres de nuestro mundo. Increíblemente bella, majestuosamente conservada pese a tanto tiempo transcurrido desde su muerte. Ya la verás. Químicos, físicos y paleontólogos se quedaron investigando este extraordinaria hallazgo.¿Cómo pudo haberse preservado tanto tiempo ese cuerpo en tan perfectas condiciones? Este es el misterio a resolver.”
Después de ser atraídos por la fuerza gravitatoria del planeta, penetramos en su atmósfera a través del polo sur. Minutos después, la nave se posaba sobre un terreno de exuberante vegetación. Nos movimos lentamente con nuestros vehículos de exploración, bordeando la orilla de un río maloliente que lanzaba al aire cada tanto, columnas de vapor gaseoso en medio de sordas explosiones. Mi padre me dijo que se trataba de gases acumulados por efecto de una intensa radiación, combinados con desechos químicos industriales de todo tenor; después de un largo proceso de exposición solar, el estallido resultaba inevitable. Todo el escenario parecía de ciencia- ficción. Al borde del maloliente río, vimos las ruinosas instalaciones de un gigantesco estadio destinado a supuestos eventos deportivos. Volando a cota 10- mi padre había pedido expresamente recorrer la orilla del contaminado río a baja altura -, fueron surgiendo de manera esporádica extrañas y altas construcciones, supuestas áreas residenciales de los desaparecidos moradores. Nada. Ni un símbolo viviente; ni racional ni irracional. El único elemento vivo lo constituía una vegetación de intensos colores y formas caprichosas. La temperatura externa superaba largamente los 40 grados( a mí se me ocurrió pensar que tal vez las criaturas vivientes esperaban las sombras de la noche para salir a merodear). “Espero que no te impresione, hijo, pero vamos hacia el punto que más me interesa analizar: se trata de un gigantesco predio funerario. Ese es el lugar que estamos investigando desde un tiempo atrás. Nosotros procedemos con los muertos de la misma manera que lo hacían ellos” Vaya vacaciones, pensé entonces. Añoraba las azules aguas de las playas dónde vivía; y las altas montañas con la nieve eterna acumulada en sus cumbres; y los ríos pintorescos dónde mi padre solía llevarme a pescar de niño. Aquel mundo resultaba extremadamente tenebroso. De todos modos- a manera de consuelo- me dije que al menos estaba con mis padres. Esto era bueno, habida cuenta que muy pronto - luego de terminar mi tesis- me alejaría de la familia, tal vez a un ignoto rincón o bien hacia alguna de las incontables colonias de nuestro satélite lunar. De todos modos, mi padre me dijo que luego de evaluar los avances del grupo de científicos a cargo de las investigaciones, iríamos a otra parte de ese planeta que, según él, justificaría nuestras vacaciones. “Se trata de un inmenso océano que está en la cara opuesta, el que aún no ha sido afectado por esta pestilente polución”. Al rato penetrábamos en el extenso recinto de los muertos: vi una enorme cantidad de ataúdes en el fondo de las anchas zanjas que habían excavado nuestras máquinas, y sobre el flanco derecho, varias hileras de construcciones funerarias, casi totalmente deterioradas por la acción del tiempo. Hacia allí nos dirigimos caminando en silencio, sometidos al hálito de misterio que emana de los muertos. “Doctor: la urna ya se encuentra dentro de la carpa aséptica. En el interior del monumento dónde encontramos a la mujer, apareció otra urna funeraria con los restos esqueléticos de un hombre. También hemos descubierto otras urnas con cadáveres, pero de éstos, no quedan más que el polvo de sus huesos” Un ayudante del equipo de mi padre había salido a recibirlo a la entrada de una prolija carpa blanca. En aquel momento fue cuando él me preguntó si soportaría ver el cadáver embalsamado, o prefería quedarme con mi madre dentro del vehículo. Le dije que lo acompañaría( la curiosidad pudo entonces más que la aprehensión). Dos hombres custodiaban el catafalco. A una orden de mi padre, ambos se retiraron. Dentro de la carpa quedó mi padre, yo, y tres especialistas de la expedición. La urna tenía una tapa de cristal, y a través de la misma, se veía el cuerpo de una mujer rubia de larga cabellera. Nadie diría que se encontraba muerta; y mucho menos que estábamos ante la presencia de un cadáver perteneciente a uno de los miembros de una civilización antiquísima, según los registros de carbono 14 empleado para tal menester. El RTI siseó con su rayo lumínico a lo largo de la sellada tapa, mientras los átomos de metal y cristal, parecían crujir como huesos partidos dentro de su caparazón. “¡Por el Dios de mi pueblo! Tengan infinito cuidado, por favor...” Mi padre dirigía personalmente la apertura de la urna, tratando de que los especialistas en equipos láser, cometieran el mínimo error. Cuándo al fin la tapa de cristal y madera quedó libre de su selladura, un indescriptible silencio ganó el recinto y las mentes de todos los presentes. En aquellos momentos, mi padre alzó los brazos dando a entender que lo dejaran acercarse sólo. Casi en puntas de su calzado, se dirigió a la cabecera del ataúd, y, durante unos minutos que me parecieron interminables, se quedó contemplando el rostro de la mujer. Por momentos, yo escuchaba los suspiros y contenidos silbidos que se escapaban de su boca en señal de sorpresa y admiración. “¡Dios de mi pueblo! “ “¡Dios de mi pueblo!” repetía una y otra vez. Luego extrajo un pequeño cilindro con un cristal óptico de color azul, y de repente, una luz violeta se proyectó sobre la carne. Pronto, una virtual y delgada lámina de piel se elevó por encima del cadáver. Recuerdo que en esos momentos, todos conteníamos la respiración. A una señal de mi padre, como un corrillo de fantasmas, comenzamos a girar lentamente en derredor de la urna, admirando el increíble estado de conservación de aquel cadáver, y además, la serena, la sobrecogedora belleza que trasuntaba el rostro de la muerta ( uno podía pensar que la muerte- seducida por la sublime serenidad de aquella extraña criatura -, le había sido sustraída a la vida con extremada consideración). De pronto, el ayudante de mi padre, después de tomarlo de una de sus manos, lo empujó con suavidad hacia el otro extremo de la urna, señalando con uno de sus dedos, un rectángulo de metal reluciente que lucía una inscripción. En esos momentos, un destello de luz rojizo salió del reloj de pulsera de mi padre. Cuándo lo miré a los ojos, comprendí que estaba a punto de llorar. A continuación me tomó de los hombros y me atrajo hacia él, señalándome el extraño chapón. Mientras leía: Maria Eva Duarte de Perón(Evita),7-5- 19. 25-7-52, me di cuenta que la emoción nos embargaba a ambos. “¡Dios de mi pueblo!”, me dije maquinalmente como mi padre. Al fin la teoría de los mundos paralelos se había convertido en una irrefutable realidad científica: Allí estaba ella, la abanderada de los humildes, objeto de culto de mi propio pueblo.
Orar.
“Y cierto es.. ; yo lo traje al mundo; lo concebí con el amor más sublime, no puedo negarlo. Tampoco puedo negar mi enorme frustración. La decepción que él me ha causado. ¡Dios mío! Uno actúa movilizado por sentimientos superiores, se brinda con tanto esmero y cuidado; luego, ¿para qué?.¿De qué me ha servido?¿Cómo me paga... ? Sería un hipócrita si no dijera que estoy profundamente apenado por su comportamiento: arrogante, soberbio, violento, egoísta y egotista. Sí..., cierto es que tiene momentos de sublime comportamiento, sobre todo cuándo muestra su innegable talento creativo; claro que eso no alcanza para amortiguar el efecto devastador de sus pecados. Pero lo que más me confunde e indigna es la forma como dilapida esa libertad de conciencia que tanto me esmeré en brindarle; la libertad absoluta para hacer y deshacer sobre su propia vida. Nada de sujeciones al espíritu. Nada de imponerle las cosas (... y Dios sabe que bien podría haberlo hecho...). Modelado casi artesanalmente; preparado sobre todo en lo ético y moral para que supiera la exacta diferencia entre el bien y el mal. ¿Y qué hace él con semejantes atributos? Los desprecia... Sí, sí, ¡los desprecia...!¡Helo ahí convertido en un sujeto sin escrúpulos! A la primera oportunidad, ¡zas!, suelta el disparador de los instintos más bajos, haciendo gala de una violencia muchas veces gratuita. Repito: como padre, estoy verdaderamente decepcionado. Por supuesto que asumo mi cuota de responsabilidad... A decir verdad, he sido condescendiente con él en muchas cosas, incluso permitiendo que se enfrentara con su propio hermano( claro que esto fue la gota que rebalsó el vaso; por eso, a partir de ese momento dije ¡basta!, y le solté la mano). ¿Pero qué clase de monstruo he traído al mundo? Yo también he pecado de soberbia porque Dios me lo advirtió: Esa criatura no está preparada para manejar su propia libertad, me dijo entonces. Ahora ya es demasiado tarde”.
Él, dejó de pensar. Luego se replegó sobre sí mismo y miró a través de la Eternidad. Dejó que su cuerpo astral se hincara a lo largo y ancho de millones de galaxias de su universo, e invocando la protección de su propio Dios, oró por el hombre, la perversa criatura de su creación.
"La valija"
Paraíso y goce. Goce y paraíso. Vivencia las palabras; una especie de misterioso bienestar derivado del propio pensamiento. Al fin ha llegado la gran ocasión, el momento esperado durante tanto tiempo. Comprende que ni siquiera todas las mejores palabras de vida serán suficientes para agradecerle a los dirigentes de la organización, haber sido el elegido. Uno entre centenares. Todos querían tener el honor de la gran misión. Primero, participando del gran robo prodigiosamente preparado y ejecutado por los propios dirigentes. Luego, el largo viaje con la valija, transportando en su interior la maravillosa riqueza mineral, luminosa como un sol.
Paraíso y goce. Goce y paraíso. Es consciente que después de entregar la valija, sus mayores deseos se harán realidad : un nuevo poder ; riquezas espirituales inimaginables ; las más hermosas mujeres - incluso las que quisiera tener de acuerdo a sus necesidades o deseos -: para la cama, para el servicio personal, para charlas de carácter espiritual... Mientras viaja en el Tube , cierra los ojos dejando que su imaginación se atreva a más. Las mujeres son su obsesión. Le gustan todas: altas y delgadas; bajas y rechonchas, morenas y blancas, de cabello rubio, negro, o enrojecido; con pecas o sin pecas; de culo grande o culo chico; lo mismo daba; le agrada la mujer por la mujer misma; Dios se la había ofrecido a los hombres en premio a su consagración religiosa.
Paraíso y goce. Goce y paraíso. Abre los ojos. Sentado frente a él, un hombre lo mira. Siente la mirada del desconocido como una aplanadora. Mira a sus dos compañeros de ruta: sus casi imperceptibles sonrisas le hacen pensar en que ellos comparten la complicidad de su pensamiento. Sabe que la misión es demasiado riesgosa y extremadamente importante para uno sólo; por eso han impuesto esa especie de guardaespaldas; sabe que ante cualquier contingencia negativa, sus compañeros tratarán de entregar la valija. Ellos le han dicho que tenga cuidado; que ya ha sido denunciado el valioso robo a las autoridades. Pero no tiene temor. Por otra parte, carece del perfil de un sospechoso ( todo ha sido minuciosamente preparado); incluso puede pasar por un perfecto caballero inglés: alto, de cuidadas facciones; ojos celestes de contacto y traje de impecable alpaca. Tal vez eso es lo que llama la atención del hombre que continúa observándolo. Es el momento de demostrar todo lo asimilado durante el largo aprendizaje: sostener la mirada; seguridad interior que deberá trasuntar el rostro, gestos firmes, movimientos naturales. De todos modos, si el desconocido fuere policía, no podrá evitar el seguimiento. Pero el desconocido, luego de bajar la mirada, se pone de pie y avanza hacia la puerta de salida del vagón. Él lo sigue con el rabillo del ojo mientras siente el caño del silenciador de su propia arma, sobre el codo izquierdo. "La valija debe ser entregada en el lugar prefijado, pero ante cualquier eventualidad de requisa, inmediatamente, sin dudar un sólo instante, se deberá aplicar el plan B".
Paraíso y goce. Goce y paraíso. La frase se libera desde algún recodo de su cerebro generando un imperceptible temblor en su cuerpo. Cierra los ojos invocando la protección divina. Dios que es justo y todopoderoso no permitirá que eso pase. Sabe que tendrá el paraíso prometido, los manjares exquisitos y las mujeres más hermosas sólo a condición de entregar la valija en el punto preciso. Además, Ellos le habían prometido también que su familia sería recompensada con una importante suma de dinero para acabar con la miseria ancestral de los suyos. Ve que el hombre de la mirada aplanadora desciende en la estación. Instintivamente lo sigue con la vista hasta que se pierde entre el resto de los pasajeros.
Paraíso y goce. Goce y paraíso. Tres estaciones más. Luego escaleras arriba. La avenida bulliciosa, el monumento a Nelson ¿O sería el de Lord Wesseley, el famoso duque de Wellington? ¡Estos ingleses mal paridos siempre han tenido suerte! De no haber sido por Blücher, Napoleón los hubiera derrotado en Waterloo. Citas históricas de sus estudios secundarios. De nada habían servido. Nunca fueron suficientes para ingresar a la Universidad, otro de sus sueños postergados por la miseria crónica. Pero que importa ahora.
Paraíso y goce. Goce y paraíso. Trafalguar Square. El corazón del mismísimo imperio británico. Cruzaría la calle. En la esquina opuesta lo estaría esperando el enlace. Traje negro, enteramente negro. No lo sigas. Él sabe que hacer con la valija. Observa a la gente del vagón. Mujeres de impecable belleza. Buena ropa. Atildados gentleman s; empleados de oficina, algunos obreros; niños sin hambre. Tan cerca pero tan lejos de la gente de su pueblo. Ahora es un hombre de delicados modales que lo mira con la barbilla levantada. Cree percibir cierta inquietud en aquellos ojos celestes. ¿Será cierto lo que se dice? Uno de cada cuatro ingleses es gay. Le parece demasiado. De todos modos tiene en claro que no es un pueblo de maricas. Pero que importa eso ahora. Debe concentrarse.
Paraíso y goce. Goce y paraíso. Una nueva vida. Los indescriptibles placeres. El conductor ha liberado el freno. Las ruedas comienzan a girar nuevamente sobre los rieles. Dos estaciones más; sólo dos estaciones. Tres minutos de tiempo y entonces habrá comenzado la cuenta regresiva. Adiós a la pobreza; adiós al colchón flaco, a la ropa raída y las comidas salteadas. Piensa en su madre. Se había prometido que evitaría los pensamientos que lo ligaba a los afectos. Pero no puede evitarlo. Varias veces ha tratado de quitar la imagen de ella parada frente a él mientras el tren subterráneo continúa raptando por el túnel. Imposible. El recuerdo vuelve una y otra vez entronizado en la imagen de ese cuerpo doblado, rostro semita y cabellos grises; una imagen angustiosa que grita en silencio en su interior. Está enferma. Es su madre. Neumonía. Hay un sólo remedio. Y un sólo laboratorio que lo hace. Nombre raro. Paraíso y goce. No, no; no es momento para pensar en eso. Dios le impone ese recuerdo y Dios sabe porque lo hace. Doscientos treinta dólares. Una locura. Su padre no gana ni la cuarta parte en el mes. Y eso debe repartirse para alimentar 7 bocas. Dos años atrás, próximo a cumplir los diecinueve. Se organiza una colecta. La pequeña e ignota comunidad de 456 vecinos se moviliza. Todos ponen lo que pueden, y más también. Esa noche, el padre cuenta los billetes arrugados y las monedas de todo tipo; hacen la conversión: apenas ciento treinta y un dólares con cincuenta. Su madre se muere. Necesita la droga para sobrevivir. Toma una decisión. Ha oído hablar de Ellos. Sabe que siempre andan buscando jóvenes como él. Aceptará trabajar para la organización. No le interesan los comentarios maliciosos. Sabe que algunos padres prohíben a sus hijos acercarse a Ellos. Dicen que andan armados, que roban, matan y todas esas cosas.
Paraíso y goce. Goce y paraíso. No, no; debe terminar con el recuerdo; sabe que lo fortalecerá en los momentos decisivos que se acercan vertiginosamente. El tren ha partido de la última estación. Unos minutos más y estará frente a la parte más difícil del recorrido. Se pone de pie. Los guardaespaldas aparentan mirar distraídamente. Su madre continúa reclamándolo a través del recuerdo. Debe acercar su oído para escucharla. Ellos no son como nosotros. Dicen que roban y matan...Piensa que su madre no entiende, no podrá entender jamás porque pertenece a una generación incorporada al sometimiento.Pero entiende el acto de preservación de toda madre. Su padre lo bendice. Llora en un abrazo interminable. Hace el juramento de rigor. No le importará robar; no le importará matar si se lo ordenan. Está escrito en el libro sagrado de sus ancestros. La droga milagrosa llega tres horas después. Oye el mecanismo del aire comprimido. La puerta se abre. Prefiere ascender por la escalera manual. Menos gente.
Paraíso y goce. Goce y paraíso. Cuenta los escalones. diecisiete, dieciocho. Es mejor pensar en cualquier cosa para liberar la tensión que se torna extrema. Veinticinco, veintiséis. Tiene la sensación que la valija pesa mucho más de los doce quilos declarados. Se lo hemos robado a ellos, padre. En el corazón mismo del imperio. Treinta y cuatro, treinta y cinco.
Paraíso y goce. Goce y paraíso. No ve el momento de que se haga realidad el premio prometido. Sabe que ellos van a cumplir. No tiene duda. La niebla londinense se ha metido en el último tramo de la escalera a cielo abierto. Una llovizna pertinaz ha mojado los escalones.
Paraíso y goce. Goce y paraíso. Sale a la calle. Debe caminar unas cuadras hasta el monumento. Sus hombres lo siguen a prudente distancia. De pronto, no puede evitar detenerse ante la vidriera de una lujosa tienda. Su imagen impecable le devuelve parte de la seguridad que siente esfumarse. Camina erguido. Los quince quilos de la valija se hacen sentir sobre su hombro derecho. Cambia de mano. La niebla no le impide ver el tradicional reloj de la torre que está por marcar las seis de la tarde. Mira el monumento. Ahora lo ve con claridad. No es el tradicional duque. Es el manco Nelson, el tradicional y gran almirante de la flota. El corazón ha comenzado a latir de manera incontrolada.
Paraíso y goce. Goce y paraíso. Uno de los tradicionales transportes de dos pisos detiene su marcha al borde de la calzada. Los tradicionales pubs están atestados de bebedores de cerveza. El reloj, Nelson, Trafalgar Square, el transporte público, los pubs, todo muy tradicional, a tono con la tradición del viejo imperio; bien made in england, bien británico. Enseñanzas del manual.
Paraíso y goce. Goce y paraíso. Cruza la calle. Sus guadaespaldas se mimetizan con el resto del pasaje. Por unos momentos se confunde. No recuerda si debe caminar hacia la derecha o hacia la izquierda. Mira hacia su derecha: nada. Mira hacia su izquierda: el hombre de negro, guarecido debajo de una ochava. Ve su cara sudada. No hay palabras entre ellos. Le entrega la valija.
Paraíso y goce. Goce y paraíso. Ahora el corazón parece un avestruz dando potentes patadas. La boca se ha ido resecando lentamente; la siente como una lija fina. Sigue con la vista al hombre de negro que se dirige a la columna de Nelson. Ahora lo comprende todo. Paraíso y goce. Goce y paraíso. Sabe que en contados segundos, las voces cesarán; las caricias serán detenidas en el aire y que miles de mujeres penetradas no podrán evacuar ni escuchar el grito liberador del orgasmo. Trafalgar Square; Piccadilly Circus, todo Londres será pronto un intenso sol, cuándo el hombre de negro accione el percutor de la valija. ____________________ LA DISPUTA. Desconfiaban mutuamente; uno del otro. Y no era gratuita la desconfianza. Cada uno tenía su propia factura para pasarle al otro: promesas incumplidas; hipocresías; desaprensiones y arrogancias. Ambos las tenían incorporadas a una especie de libro inasible de reclamos. Ambos también se creían con derecho de hacer valer la potestad de sus dominios. Uno era Rey; el otro príncipe( Príncipe Rojo, según lo había bautizado el vulgo). Ninguno había pedido la reunión. El encuentro había sido casual y se produjo en los dominios del Rey(dominios no reconocidos por el príncipe)
- Como siempre, merodeando por mis dominios... - dijo el Rey. - Eso de vuestros dominios puede discutirse. De cualquier manera no es mi culpa. Son vuestros propios vasallos quienes me buscan. En realidad, me reclaman, y yo no puedo negarme a escucharlos. - Mentís. Todo forma parte de la vieja traición. Yo te expulsé de mis dominios. Te advertí entonces que no quería veros más por aquí. Pero... es evidente que el resentimiento puede más... -No hablemos de traición. Antes de la llegada de tus vasallos, éstos eran mis dominios, o en todo caso, el vasto espacio físico que ambos compartíamos. Luego, os creísteis con derechos absolutos sobre los mismos, y decretaste mi expulsión sin permitirme ejercer mi derecho a una defensa imparcial- el Príncipe Rojo lanzó una risotada-. Sabéis que me fui porque no tenía remedio; os habíais granjeado las simpatías de la mayoría de los otros príncipes y no estaba en condiciones de enfrentaros.¡Yo me vi enfrentado a ellos por vuestra culpa! -Por algo habré sido el elegido... -acotó el Rey con cierta sorna. -¡Por algo habré sido el elegido! ¡Por algo habré sido el elegido...! Sabéis que eso es una farsa; una vil patraña. Os ungieron Rey una caterva de obsecuentes a los cuáles sobornasteis con prebendas y promesas: vosotros seréis el príncipe de tal cosa y vosotros de tal otra. Ofrecisteis títulos, dignidades, potestades, a cambio de un voto. Teníais buena prensa: tú eras el mejor; tú eras el magnánimo; tú ibas a crear un reino nuevo y poderoso; y además... ¿Qué crees que sienten tus súbditos por ti? -Amor incondicional. - ¿En verdad creéis que es así? ¡Eres el peor de los tiranos! ¡Aún te mantienes en el poder por obra del temor que has inculcado en tus súbditos! ¡Te temen! ¡No te aman! ¡No se puede exigir amor a través de amenazas y castigos! ¡Si no se
inclinan ante ti los asustas con las llamas del infierno! - ¡Tú actúas por resentimiento! ¡La corte en pleno os ha dado la espalda! El Príncipe Rojo esbozó una sonrisa. -¡Inducidos por vuestro espíritu intrigante! ¿Acaso creéis que ignoro que enviasteis emisarios a todo lo largo y ancho del reino para que hablaran pestes de mí? Que era la encarnación del mal; que yo era un príncipe vengativo; que si me ungían a mí, el reino entraría en una eterna espiral de violencia; que mi espíritu es tenebroso, que... ¡No sé cuántas mentiras más! -¿Vais a negar acaso vuestra propensión al mal? - ¿De qué mal habláis?¿Del que es parte de nuestra naturaleza? ¿De la vuestra? ¿De la propia? ¿De la del resto de los príncipes y demás dignatarios del reino? ¿Del mal natural que también anida en el hombre, suerte de plebeyo declarado por tu omnipotente voluntad? Tomad nota: codicia, egoísmo, lujuria, venganza, propensión al crimen, he ahí algunas de las virtudes naturales que té niegas en ver en aquellos que gobiernas. Yo no tengo la culpa que os neguéis a ver lo que está escrito en el corazón de ellos. ¿Qué clases de fábulas han hecho circular por el reino a través de ese libro tuyo que obligáis a leer en los templos? ¡Toda esa enorme alharaca respecto al mal es la muestra más descarada de cinismo e hipocresía! -¡¿Como te atreves a...?! - ¿Y quién os creéis que sois para impedírmelo? ¿No es acaso hipocresía y cinismo hablar de amor a vuestra gente para luego animarlos a enfrentarlos entre sí? ¿Acaso no bendecís sus guerras? Podéis engañar al resto; a toda vuestra pléyade de obsecuentes; podéis engañar incluso a todos los hombres, mujeres y niños que conforman la humanidad sometida de vuestro reino. Pero no a mí. Yo no os temo. Sé que vuestro poder ha sido edificado sobre el miedo. Que alzáis el temor como una espada lista para caer sobre la cabeza de aquellos que no obedecen vuestros preceptos. Se supone que un Rey no puede desconocer la idiosincrasia de sus propios súbditos... -Mis súbditos me deben todo lo que son. Yo les hablo del amor; del poder infinito de la mansedumbre y la misericordia; les ofrezco con mis palabras la salvación eterna... Sólo le pido a cambio que se sometan a las leyes impartidas. ¿Qué tiene eso de malo?. El príncipe rojo volvió a lanzar su atronadora risotada. - Es inútil hablar contigo. ¡No hay peor ciego que el que no quiere ver! ¡Allá tú! Pronto pagaréis el precio de vuestra necedad. Y os quedaréis sólo. Tendréis un reino artificial: bellos paisajes, pero sin el acatamiento espiritual de vuestros súbditos. Ellos seguirán engrosando mis huestes. ¿Y sabéis por qué? Por qué yo no les miento. Acepto a cada súbdito tal cuál es. Con todas sus bellas imperfecciones. Con todas sus pústulas y lacras morales. Cuando salen de vuestros templos, yo les hablo, los reconcilio consigo mismos. Ambos tenemos en claro que ellos no tienen la culpa por ser como son. Por eso- a diferencia de vuestra postura frente a ese sino irremediable que los convoca al mal- yo los acepto íntegros en su naturaleza. Y ellos me lo agradecen. Sé que algún día vuestro reino será absolutamente mío. Sólo es cuestión de tiempo. Ya lo veréis. ¡Y no quiero hablar más contigo! El príncipe se marchó, y el llamado Rey se quedó rumiando. Claro que la disputa no estaba zanjada ni mucho menos. Amenazaba ser eterna.
Pronto, en algún lugar del reino -como sucedía segundo tras segundo desde el advenimiento de la raza -, el espíritu del hombre los volvería a convocar en busca de su propio oráculo. _________________ “Hora de partir” Hora de partir. Otro ciclo cumplido. Otra mudanza. Nómade. Migrante. De un coto físico a otro. Como siempre. Como los ancestros, un tiempo en uno; un tiempo en otro. Hasta que Dios decida el otro tiempo, el del eterno sueño, la inevitable muerte. Una lápida para el espíritu.
Hora de partir. Otro ciclo cumplido. ¿Cómo será el sueño eterno? ¿El de la muerte? El fin de la memoria. Los registros gastados de la vida. Períodos inconclusos. Éxitos y triunfos. Algunos resonantes; también frustraciones y fracasos. Momentos de rendir cuentas. El debe y el haber.
Hora de partir. Otro ciclo cumplido. Los recuerdos se apilan como mosaicos virtuales de ADN. Su carga inasible pesa toneladas. ¿Acaso es la hora del cansancio? Tal vez, sí. Muchas vidas en una. Incontables amigos que se han muerto. Parientes que murieron y se mueren. Al final la muerte; siempre la maldita muerte consumiendo todo.
Hora de partir. Otro ciclo cumplido. Atrás quedan las aventuras vividas; las incontables guerras (siempre en el bando obligado) : África , Asia y Europa( brigadista en la defensa de Madrid). Magnate y campesino; hombre de negocios y personaje vinculado al arte. Terrateniente de la caña con Fulgencio Batista. Contradicciones ideológicas de un sino incontrolable que no le estaba permitido controlar.
Hora de partir. Otro ciclo cumplido. Incontables amores. Mujeres de caderas ostentosas y espíritu frágil. De sudadas sábanas e insaciable carne. Féminas de cerebro exuberante pero escaso fuego. Amores viscerales y de los otros. Con hijos y sin hijos; algunas, con Dios en la oración; otras, con el demonio en las entrañas.
Hora de partir. Otro ciclo cumplido. Una última recorrida por la casa. La biblioteca con los libros abiertos y cerrados. Los miasmas pegajosos Los gritos del orgasmo último pegados a la cama. La cama dónde yace el hombre de los ojos abiertos sin mirada. Hora de partir. Otro ciclo cumplido. El desgaste inevitable. Es mentira que el espíritu no muere. Alguna vez vendrán por él. Por ahora, como siempre, la muerte se ha cargado una vez más, el cuerpo de su última morada.
Seudónimo: 2+2=5
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ELLOS.
Hoy fui sancionado por el Supremo Consejo Represor. Alguna vez tenía que suceder. Lo intuí desde el momento que tomé la decisión de rebelarme, harto ya de esta larga esclavitud. Siempre pensé que alguna vez terminarían por detenerme. Somos pocos los que optamos por desafiar el Orden, como pregonan Ellos; el sometimiento y la opresión como decimos nosotros.. Nuestra esclavitud se remonta al periodo patriarcal, luego de la última guerra. Antes que Ellos se erigiesen en nuestros opresores, la humanidad vivió la etapa más pacífica y creativa de su existencia, un nuevo Renacimiento espiritual. Tiempos que hiciera realidad el viejo sueño de la raza; vivir para el ocio( claro que no faltan quienes achacan todas las calamidades posteriores, a la pasividad de aquellos tiempos) disponiendo de espacios de tiempo para tareas de desarrollo personal. La abolición del trabajo eliminó la mayor parte de los antagonismos; la consecuencia directa permitió la supresión de los conflictos, y por ende, la política, pasó a convertirse en atrayente fuente de lectura como otrora ocurriese con la mitología. Hasta la Religión había perdido todo su encanto metafísico. Todo ocurrió mucho tiempo atrás, en la etapa en la que el hombre había logrado dominar la técnica de la transmutación; era en la que el factor tiempo -sometido al dominio de la luz - se convirtiera en otro de los mitos de la vieja raza. El único misterio que aún perdura es el de la muerte. Y en este punto, a pesar de los notables avances científicos, existe el unánime consenso de que jamás podremos desentrañarlo. Cierto es que hace un par de años, se vislumbró esta posibilidad después que nuestros opresores comenzaran a aplicar con relativo éxito la llamada técnica de la inmortalidad( no deja de ser algo realmente excepcional; algo que nos devolvió el asombro, poco menos que dormido en los anales de la memoria) secreto del que por ahora participan sólo los androides públicos, esos híbridos de carbono con algunos componentes humanos. Se dice que el fin de tales experimentos conduciría a la creación de una nueva raza de parias cibernéticos. Y esto es lo que me espanta: la posibilidad de ser utilizado, transformado en otro hombre después del injerto cerebral. Pero no por temor a lo incognoscible( después de todo, la muerte es el reencuentro con el Haber, no con el Ser, como creían los antiguos) Todos sabemos que el Ser es egoísta; que parte de una concepción estrecha, supeditada a los caducos valores de la propiedad privada. Mientras fuimos libres, hicimos un culto de la nueva filosofía del Haber: nada te pertenece; todo te pertenece. La perfecta independencia espiritual, porque el Haber está indisolublemente ligado a la gran conciencia cósmica. El Haber, es la unidad estructural de la materia y el espíritu. Por eso pienso que mi temor no tiene connotaciones metafísicas. Sí, que está basado en la repercusión política de este acontecimiento; es la raza humana la que corre peligro de ser desnaturalizada, transformada en una gigantesca y amorfa máquina carnal. Por suerte, ni los mismos manipuladores del Conocimiento Superior están seguros del resultado final de estos experimentos. Informes fidedignos aseguran que multitud de ciudadanos preprogramados, han sucumbido en medio de reiterados ataques de locura. Yo creo que esto se produce porque el espíritu rechaza el injerto cerebral que desarticula a todo el ser. En el aspecto comunitario, esta anomalía afecta el equilibrio que rige los mecanismos naturales de la vida. Claro que el hecho no parece preocupar demasiado a nuestros opresores: Humanos y androides son remitidos constantemente a las grandes comunidades orbitales que circundan el sistema planetario. Mi hábitat se denomina X540, y es una unidad cosmopolita que la tecnología humana convirtiera en satélite artificial de la Luna. Me pregunto que pasará con nosotros los humanos... ¿En qué desembocará esta decadencia que parece haberse ensañado con la raza?¿Estaremos en los umbrales del fin de los tiempos de la especie... ? Pienso: todo tiene su principio y su fin. Resulta cruel admitirlo pero es irreversible. Sin embargo me pregunto también: ¿tiene sentido la vida sin la criatura capaz de concebirla como tal? ¿Quién sino el hombre le da sentido a la creación? Por las noches, cuándo aún estaba libre, solía sentarme frente a una de las ventanas de mi hábitat, sin poder evitar que la angustia se colgase a mis espaldas cada vez que contemplaba el planeta azul del que había sido desterrado. Entonces, sumido en un silencio ceñido, pensé muchas veces en la muerte de mis padres y mis hermanos, arrancados de mi lado por la voluntad de Ellos. Claro que pronto me acostumbré a mi nueva soledad: esta es una sociedad dónde estamos todos juntos pero también estamos todos solos Cada uno de nosotros en su compartimiento individual; en estas grises cápsulas hexagonales. Viéndonos a la hora del paseo colectivo o en la clase de gimnasia pública (en ese mismo paseo donde surgió espontáneamente la idea de hacer oír nuestra protesta) caminando junto a personas con las cuáles no tenemos nada en común. Sí, en esta sociedad aséptica no existen los vínculos de parentesco. Tampoco existe la pareja. Ni siquiera el amor. El acto sexual es pedagógico, rara vez fisiológico o instintivo. Siempre se realiza ante un auditorio masculino al que se le concede permiso para sus prácticas masturbatorias; los afortunados que resultan seleccionados - pertenecemos a una comunidad dónde hay una mujer cada mil hombres -se ven obligados a usar estimulantes mientras desarrollan frente a ellos la cópula pedagógica. Entonces, todos se entregan a las prácticas onanistas. La procreación fue abolida hace treinta años, y desde esa época, las cosas fueron empeorando para nosotros. Durante mucho tiempo la manipulación genética estuvo prohibida, antes y después de la Era Cósmica. Pero la irrupción de Ellos en el poder, determinó la supresión de éstas y otras conquistas sociales. La consecuencia directa devino en la esterilización de todas las mujeres. En la actualidad, los nuevos humanos son seres de probeta, creados expresamente con la finalidad de servir a esta tiranía. Algunos sostienen que no tenemos motivos para quejarnos. Por supuesto, se trata de los eternos conformistas que acostumbran a dejar las cosas libradas al azar. Los mismos que se mostraron indiferentes cuándo - en público y sumarísimo juicio - fuimos acusados de subversivos por nuestros opresores. Alegan que nos quejamos de gusto; que no nos falta cosa alguna y que el único sacrificio al cuál nos obligan Ellos está debidamente compensado. Sí, cierto es que obtenemos algunas compensaciones, como ser: alimentos de sobra y tiempo libre abierto para hacer lo que nos plazca(- claro, limitado a paseos, diversiones y gimnasia espacial- ) todo dentro de las reglas establecidas. Que estas prebendas sociales Ellos lo habían logrado habida cuenta de utilizar la mano de obra esclava derivada de la última contienda. Sin embargo, amén de la manifiesta falta de libertades, nuestra vida parece un soberano bostezo. A las ocho suena el timbre general y nos levantamos. A las veinte horas vuelve a sonar en señal de que debemos ingresar a nuestros compartimientos hexagonales. Así todos los días. Así desde hace tantos años. No hay prisa para nada; ni ambición alguna. Todo está condicionado, minuciosamente administrado. Desde la comida, hasta la hora de expeler los excrementos. Reglamentado, minuciosamente planificado, desde el coito pedagógico hasta la muerte; desde las diversiones hasta las representaciones culturales. Regulado. Políticamente impuesto por Ellos, los que manejan el Conocimiento Superior. Los mismos que ordenaron mi detención y la de mis compañeros rebelados. Después de ser internado en una celda acústica, recibí la visita de dos miembros del Tribunal de Disciplina - en realidad, no eran más que dos torturadores de la C.P.R.- que de manera brutal pretendían que firmase una declaración de culpabilidad. Pese a mi resistencia, aún suponen que soy el jefe del grupo subversivo. Como no lograron su propósito, me enviaron a un compartimiento estanco de castigo en el que permanezco desde entonces. En este espacio gris sin sustentación gravitatoria, participé de experiencias alucinantes, producto de una élite de investigadores al servicio del régimen. Durante incontables días - en realidad he perdido la noción literal del tiempo - he debido convivir holográficamente con los afectos de la sangre - mis padres, mis hermanos, el resto de la familia - que hablaban conmigo constantemente, sugiriéndome la conveniencia del arrepentimiento público. Por supuesto que sé que se trata de un mecanismo cibernético digitado por los hombres del CPR, pero hubo momentos en que la presión se hizo tan insoportable, que tuve verdaderos deseos de sucumbir a la voluntad de mis torturadores. Y esto no se produjo porque en el momento en que la voluntad flaqueaba, el holograma fue disuelto. Sin embargo, sé que volverán a intentarlo. Y usarán todos los artilugios cibernéticos para minar mi voluntad. Sin ir más lejos, ayer por la tarde lograron materializar mis pensamientos. A punto de ser asesinado por mi subconsciente, Ellos lo evitaron( es evidente que están empeñados en lograr mi confesión pública, que deberá hacerse en cadena oficial). Los cargos son concretos: me acusan de ser un agitador social; que intento sembrar el caos y que además, trato de imponer una ideología extraña al ser de la comunidad. !No pueden perdonarme que haya desafiado el Nuevo Orden, esencia excluyente de La Ley! Porque claro, aquí las leyes son muy claras. Casi todo está permitido: caminar distinto; correr de manera diferente; mirar distinto y hacer el coito distinto( siempre claro está, dentro de los planes pedagógicos) y hasta regular los excrementos previa solicitud de permiso a los esbirros del C.P.R. Lo único que no se permite es cualquier intento de pretender modificar lo establecido, ni siquiera los decretos regulatorios de convivencia urbana, de categoría secundaria. Mientras no lo intentemos, el Consejo Represor del C.P.R. no intervendrá. De lo contrario, la represión será inevitable. Todos tenemos libertad, pregonan Ellos. Una libertad responsable que debemos cumplir y respetar. Una libertad que nos impone aceptar este Nuevo Orden Global como el único requisito para formar parte de la Comunidad Pública Responsable. Los otros, los que no acaten sumisos y disciplinados las disposiciones en vigencia y... - como suelen recordarnos constantemente los grandes visores públicos - “... agitaren, promovieren, y/o desearen formas de vida repudiadas por la comunidad, se expondrán al rigor pleno de La Ley “. Repito: las reglas de juego son clarísimas: todo aquel que pida o clame lo que no les es ofrecido por Ellos, no podrá evitar que los mecanismos de defensa pública se pongan en acción. Como ocurrió hace unos días, en pleno centro de la colonia, cuando gritamos con mis compañeros rebelados: “ ¡Viva él hombre!” “¡Muera la dictadura global! “. En menos de un minuto, fuimos rodeados por Ellos.
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"El Pintor"
Lleva una hora intentando plasmar el cielo índigo sobre el fondo del palacio imperial pero es inútil. El pincel permanece quieto en su mano derecha mientras la paleta circula a diestra y siniestra, de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba sin que una sola pincelada rasge la tela. Es inútil, sabe que es inútil todo intento; el espíritu ha sido mellado después de haber sido rechazado por segunda vez en su intento de ingresar a la Academia de Bellas Artes. Jueces zopencos, idiotas administrativos aferrados a una ortodoxia burocrática del arte, incapaces de comprender el supremo mensaje que emana de sus pinturas. Para colmo, la falta de un certificado burocrático también impide su admisión en la facultad de Arquitectura. Pero no importa; como tantas otras veces, terminará por vencer este obstáculo con el cuál el derrotero de la vida pone a prueba su integridad moral. Sabe que decidió trasladarse a Viena pese a la férrea oposición de su padre. Durante un tiempo coqueteó con la ilusión de que su madre pudiera convencer a aquel hombre alcohólico, violento y arrogante, pero pronto se dio cuenta que la ilusión carecía de sustento: un empleado administrativo de aduanas jamás podría comprender los insondables vericuetos del arte. Detestaba a su padre. Nunca había podido entender porque jamás recibiera una caricia o una palabra de aliento cuándo sí lo hacía con sus hermanos y hermanastros. Tampoco pudo entender nunca porque su madre, bella, amable, con una abnegación sin límites, había elegido a aquel hombre furibundo, 23 años menor que ella. En fin, de que era ciego el amor no cabía duda. Acaba de dejar atrás los peores días de su vida ( repentinamente, la muerte de su adorada madre que siempre le enviaba dinero, había resultado un golpe demoledor en su carrera; para colmo, algunos de los parientes que lo apoyaban, también dejaron de girarle los fondos mensuales imprescindibles para los gastos de pensión y el material de sus cuadros). Después de vender sus escasas pertenencias- incluso sus adoradas pinturas, el bastidor con todos sus elementos y hasta su propio vestuario- debió abandonar la pensión y sumergirse en la más absoluta indigencia: comedores populares, asilos para vagagundos, tiendas de ropavejeros( recordaba el sobretodo largo y negro que le había regalado su ocasional amigo judío) e incluso el desfile por asilos nocturnos, rumiando su propia impotencia. Sin embargo- aún en el fondo de aquel abandono- se felicitaba de no haber perdido el decoro y el orden, la dignidad que elevaba la humanidad sobre el bestialismo. Nietsche le había mostrado el otro rostro del hombre superior, lejos del folletín religioso judeocristiano. Un hombre nuevo, un hombre íntegro capaz de alcanzar las mayores cotas del espíritu. Leyendo al autor de Así hablaba Zaratrusta, él había pergeñado su propio pensamiento, la dinamo que movilizaría los resortes inagotables de su voluntad de hierro: "...no es precisamente gracias a los principios de la humanidad que el hombre puede vivir o mantenerse por encima del mundo animal, sino únicamente por medio de la lucha más brutal. Si no se lucha por la vida, la vida jamás será vencida". Este había sido el basamento de su propio renacimiento. Gracias a que Hanisch- ese ocasional amigo judío que en un gesto inesperado de solidaridad le había ofrecido( amén del abrigo negro) su amistad- aceptase su propuesta de sociedad, las cosas cambiaron radicalmente: él como socio industrial, ponía su talento creativo a través de sus telas, y Hanisch, en su condición de socio comercial, incluía en la sociedad sus conocimientos de agente vendedor- a tono con la idiosincracia de sus ancestros, como el mismo reconocía- para colocar sus pinturas en plaza. Hanisch no sólo pudo alimentar su ego de artista al vender una serie de sus cuadros- paisajes vivos y monumentos históricos- ; el hombre había ido más lejos aún : lo haría participar de una exposición múltiple con otros jóvenes pintores vieneses. No era- claro está- la Academia de Bellas Artes- en realidad se trataba de un organismo público de segundo orden cuyo nombre no recordaba- pero eso no importaba; ya llegaría el momento en que esos presuntuosos funcionarios acabarían por rendirse ante su genio artístico. Con la paleta en su mano izquierda, se acerca al ventanal del atelier. Los últimos retazos del sol otoñal han dejado de reverberar sobre Viena, y el azul que se ha instalado en el firmamento es justo el azul que está esperando la tela inconclusa, la última de un total de 12 para la inminente exposición. Movilizado por la nueva e incontrolable pasión, pronto el azul remata el cielo del palacio real, a tono con las viejas y perdidas glorias del Imperio. Piensa en Hanisch y de pronto recuerda que su socio le ha dejado la nota de la entidad para completar sus datos.Carga la pluma ,y, lentamente, con ordenada caligrafía, va completando los casilleros: Lugar de nacimiento: Braunau. Fecha de nacimiento: 20 de abril de 1889. Nombre y apellido: Adolf Hítler.
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“El mensaje”
Nunca había pasado por una experiencia tan sobrecogedora como la de ayer por la mañana. Integrante del equipo más avanzado en radioastronomía del planeta, mi departamento se dedica a develar la fuente y el origen de mensajes o palabras sueltas que circulan a través del éter, cuyo eje semántico tenga a Dios como epicentro. Aplicando los últimos avances de la física cuántica - captación de los campos de materia residual desplazados por las placas del sonido -, creamos un aparato capaz de detectar todas las vibraciones de la voz, aún si ésta hubiere sido emitida en un pasado remoto( todos sabemos que en el infinito rió de la materia, nada se pierde; que todo fluye por los inasibles corredores físicos, mutando y recreando la concepción original pero también preservando el conocimiento y el legado de nuestra raza). Gracias a este ingenio, hemos podido desentrañar antiguos secretos relacionados con nuestra ancestral actitud frente al Dios todopoderoso; civilizaciones antiquísimas cuyo derrotero permanecía envuelto en un halo de misterio, se presentan ahora a nuestros ojos de manera lúcida y transparente. Sabemos que en nuestro devenir histórico, avanzamos entre tumultuosas manifestaciones de fe en la cuál no faltó los ritos paganos y las desviaciones religiosas; no obstante, aún en medio de la oscuridad mental de quienes nos precedieron, Dios no ha dejado de estar presente como piedra angular de la existencia. Decía que gracias a este ingenio cibernético hemos podido reconstruir la impronta de nuestras creencias: "Unico". "Rey de los cielos". "Salva nuestras almas, señor”."Perdona la maldad de nuestros actos”."Fuente", "Emanación Divina”, "Padre Celestial","Corona sublime de la existencia" ,"Ungido de las alturas" etc, algunas de las millares de frases y palabras, registradas por las antenas ultrasensibles de nuestra Central según el momento histórico en que fueran emitidas( el más antiguo de los mensajes históricos de nuestro pueblo, data de diez mil años atrás). Sí, este maravilloso artilugio no ha dejado de sorprendernos para gloria de nuestro bienamado Dios. Pero si esto de por sí genera nuestro general regocijo y sorpresa, resulta casi inenarrable explicar el estado de estupefacción cuándo ayer por la mañana, nuestra central cibernética captó un mensaje de aparente contenido religioso, ¡procedente de un desconocido mundo!( según los astrónomos, dicho astro se encuentra fuera de los límites de nuestra galaxia, a más de un millón de años luz de nuestro planeta). Amén de comprobar la maravillosa sincronía de este vasto e ilimitado Universo, también ha causado una enorme sorpresa el saber que dicho mensaje concuerda con los códigos alfabéticos y fonéticos de nuestros antepasados.¡Excepcional misterio! Imagino la enorme satisfacción de los científicos disidentes que vienen sosteniendo que no estamos solos en el Universo; ese grupo de marginados que hacen alusión a mundos paralelos y leyes existenciales similares. Incluso mi amigo Rombad asegura que existe una sinergia matemático- musical, ligada con los resortes vitales de la materia y la vida animada. Desde hace varias horas, un equipo de ontólogos trabaja con los más destacado ingenieros tratando de amalgamar el contenido del extraordinario mensaje. Los primeros indicios apuntan que se trata de una especie de súplica de aparente contenido religioso. El problema- responsabilidad excluyente de nuestros técnicos- es que tal mensaje ha sido captado con algunas interferencias ( se ha de tener en cuenta que a la velocidad de la luz ha tardado un millón de años en llegar a nuestro planeta), lo cuál esperamos solucionar con la aplicación del barrido de partículas subatómicas. ...............................................................................
He sido convocado de manera urgente para una reunión con los miembros del Consejo Eclesiástico Unido. Los más altos dignatarios religiosos que representan a todos los credos reconocidos por el Estado, han estado deliberando desde la víspera, a raíz del suceso promovido por la frase interestelar. Para mi sorpresa, he sido informado que la convocatoria se hará en la sede del Centro Astronómico, con la presencia también de altos dignatarios de Estado. Recién hoy por la mañana, luego de una ímproba y ardua tarea, mis ingenieros ayudantes pudieron calibrar el extraño y sorprendente mensaje. Debo admitir que al escucharlo, tuve la sensación que un intenso temblor tomaba todo mi cuerpo haciendo vibrar los componentes químicos de mi espíritu. "¡Gloria a Dios! ¡Aleluya!, solté ante la mirada atónica de los ministros de la Iglesia; los mismos ministros encargados de controlar la Fe Religiosa y la Moral Pública de nuestro pueblo. A propósito de los representantes de la Iglesia que habían estado trabajando junto a mis hombres, creo que no recibieron el mensaje con la alegría y la euforia con que yo lo había hecho( mi SNC entró en colapso por la actitud un tanto fría del propio jefe, el Obispo titular del Tribunal de Fe y Moral Pública, auto convocado a instancias de los rumores que habían empezado a circular en los círculos oficiales); pude incluso observar la mirada cuestionadora que intercambiaba con sus ayudantes. A pedido de los referidos funcionarios religiosos, ingresé en el gran salón de conferencias con el pequeño disco de titanio que contenía la grabación. El gran cerebro cibernético respiraba a mis espaldas. Cuando hizo su entrada la máxima autoridad religiosa del planeta, todos nos pusimos de pie. Rápidamente, el Supremo Pontífice, Su Alta Señoría, tomó la palabra dirigiéndose a mí. -Esta es una reunión de carácter extremadamente reservado. Bien sabe usted en su condición de ciudadano con altas responsabilidades públicas, que lo que aquí se hable no podrá ser divulgado fuera de este ámbito, so pena de severísimas sanciones. ¿Se notifica usted? - Me notifico Su Alta Señoría. El mayor dignatario de la Corte Eclesiástica, fijaba sus ojos en mí con su habitual y distante mirada. El resto de los ministros religiosos- al igual que los funcionarios gubernamentales-, se mostraban impertérritos. - En primera instancia, nuestros asesores de la Fe Pública aquí presentes, han preferido abrir un compás de espera antes de autorizar oficialmente la comunicación extraplanetaria. Por tratarse de un supuesto mensaje originado en una galaxia ajena a nuestro sistema solar, necesitan la confirmación oficial. ¿Puede usted certificar el origen del mismo? - El gran cerebro astronómico jamás se ha equivocado Su Alta Señoría. - Le hice una pregunta a usted, no al Gran Cerebro. ¿Certifica usted el origen del mensaje? - Lo certifico Su Alta Señoría. Un rumor sordo se instaló en la sala. Vi como algunos funcionarios hablaban entre sí. - Bien, cedo la palabra al señor Preservador de la Fe Pública. Queremos conocer sus objeciones al mensaje. En esos momentos, un hombrecillo vestido con una toga púrpura se puso de pie y me dirigió una furtiva mirada. -Sabemos que los mensajes dirigidos a Dios que nos han llegado desde tiempos remotos, han sido inspirados en la potestad omnipotente y omnipresente del Todopoderoso. Las invocaciones de los feligreses son auténticas cuándo se percibe en el sustrato y el tono del mensaje, la humildad que emana naturalmente de la ciega sumisión y obediencia a los mandatos del Señor. El clérigo, mientras giraba lentamente su cabeza, enfocó su mirada en cada uno de los presentes. Parecía gozar interiormente del efecto de sus estudiadas palabras. A una señal casi imperceptible del Pontífice de todas las Iglesias, prosiguió: -Pero no he notado la mesura de contención, ni el sentido de humildad y sujeción debida a nuestro creador, escuchando esa voz que supuestamente nos ha llegado del más allá. Hay un tono de familiaridad -me atrevería a decir casi de suficiencia en la coloratura de la voz -,pero mucho más en el concepto subliminal de lo que la frase trasunta. Yo no puedo autorizar que el mensaje se registre para su uso público porque en mi modesto concepto, puede sentar un precedente peligroso para la marcha de la fe. ¡Ya sabemos que una frase puede contener todo un discurso subversivo! De pronto, el pasado rumor creció vertiginosamente; las voces airadas se interponían unas con otras generando un caos de gritos y ademanes. Se oyó entonces el sordo pitazo emitido por el gran cerebro electrónico y un silencio religioso y repentino se instaló de pronto a la largo y ancho de la amplia sala circular. A una nueva señal de Su Alta Señoría, el hombre de púrpura reinstaló su discurso. - Le he rogado a Su Alta Señoría... y a los funcionarios de gobierno que nos acompañan, que participaran de esta reunión del Tribunal de Fe y Moral Pública, a efectos de considerar en conjunto el tenor del mensaje. Soy consciente- al igual que el resto de los aquí presentes- que toda invocación a Dios debe ser juzgada con el mayor celo pero también con la mayor imparcialidad. ¿Podemos proceder, Su Alta Señoría? En esos momentos la señal del máximo representante de Dios, se hizo visible para todos. Vi que extendía la palma de su mano hacia mí en señal de que procediera y así lo hice, accionando el comando que ponía en marcha el pequeño disco. Automáticamente, se abrió la gran consola de sonido y de pronto, en medio de un silencio ceñido, todos nos dispusimos a escuchar el misterioso mensaje. Al principio, y en virtud de la técnica de altísima fidelidad, casi se podía palpitar el entorno psicológico, el clima previo al fenómeno verbal. Se escuchaba el rumor producido por el viento, los secos chasquidos de una tela que se agitaba como banderola golpeando contra un objeto, y una serie de quejidos que denotaban la presencia en el lugar de más de una persona. Luego venía la parte de algunas voces cuyo léxico resultaba totalmente desconocido incluso para nuestro traductor cibernético; algunas risotadas desagradables con cierto matiz burlón, y sólo al final de estas contingencias, sobrevenían los mensajes que tantos desvelos habían generado en nuestra comunidad. Fue en esos momentos cuando ocurrió otro hecho notable: la enorme infraestructura del Gran Cerebro que nos ponía en contacto permanente con Dios, comenzó a emitir extrañas y ruidosas señales. Al principio, las gruesas capas de silicio que conformaban el corazón interno de la máquina, se mostraron firmes pese al potentísimo sonido emanado de sus millones de componentes- la respiración cibernética del Cerebro, le llamábamos nosotros-; la estructura se mostraba sólida como siempre. Pero en el preciso instante que a través del mensaje comenzaron a propalarse extraños y casi imperceptibles quejidos, la gran maquinaria cibernética pareció entrar en colapso.Y entonces, un enorme ruido, como el de decenas de cohetes lanzados al espacio al unísono, hizo temblar literalmente los pisos de carbono de la sala.Yo tuve la impresión- ciertamente lo escuché con claridad- que en medio del estruendo horrísono, un gigantesco quejido parecía surgir de las entrañas del ingenio Cibernético. Tomado por una enorme excitación- todos nos habíamos puesto de pie tratando de preservar nuestra vertical- observé que Su Alta Señoría se dirigía a los gritos hacia mí( en realidad no podía escuchar nada como consecuencia de lo agudos decibeles que rebotaban en el piso y movían los grandes paneles de acero); de cualquier manera, me di cuenta por sus gestos que me impelía a desconectar el mensaje. Así lo hice. Casi al instante el estruendo comenzó a ceder- el piso dejó de deslizarse como consecuencia de la disminución de las ondas sonoras expansivas -, y segundos después un silencio ominoso se instaló en el enorme búnker de la comunidad. "¡Haga el favor de darme ese disco!- gritó Su Alta Señoría. Dejé mi lugar y se lo entregué en mano. Sin pronunciar una sola palabra, el dignatario de todas las Iglesias tomó el pequeño adminículo y lo arrojó sobre la llama votiva láser que se encontraba en el centro de la mesa. En cuestión de instantes sobrevino una fugaz implosión, y las moléculas de silicio saltaron hacia arriba en medio de un chisporroteo de partículas azules y rojizas. -Han visto sin duda como el Dios Todopoderoso ha dado su veredicto antes que nosotros. Ni siquiera necesitó escuchar el mensaje. No cabe duda que un dolor sublime afecta a la Santidad de los Cielos y eso provocó su reacción. Mañana convocaremos a una gran demostración de fe pública en señal de desagravio- en esos momentos, Su Alta Señoría me miró severamente- en cuánto a usted, voy a pedirle que si en alguna otra ocasión recibe un mensaje de características similares, se sirva suspender todo análisis hasta nuestra directa intervención. A continuación, dio por finalizada la convocatoria. Salí como una exhalación de la sala y me apresuré a abordar el deslizador rumbo a mi hogar. El transporte público estaba repleto de pasajeros. Era domingo, día consagrado oficialmente a Dios; a lo largo y ancho de todos los templos de las diferentes etnias religiosas, la comunidad en conjunto debía manifestar masivamente su profesión de Fe. La asistencia quedaba registrada en nuestro documento que estábamos obligados a presentar en el trabajo, en los medios de transporte o bien para realizar cualquier tipo de trámite administrativo; quien no cumplía con esta obligación social, se exponía a las duras sanciones del Tribunal de la Fe y la Moral Pública( incluso en el caso de los enfermos, los diferentes sacerdotes se trasladaban a los hospitales comunitarios, para impartir los ritos sacramentales correspondientes). Sólo los funcionarios de primer nivel- yo pertenecía a esa categoría- gozábamos del privilegio de excusarnos lo cuál aproveché en esta circunstancia. Me sentía profundamente atribulado por el episodio vivido y lo único que deseaba era llegar cuánto antes a mi casa. El episodio con el Alto Tribunal Eclesiástico y la increíble reacción del complejo cibernético, me tenían particularmente confundido. Nunca me convencí de que el instrumento electrónico estuviere realmente en contacto con la Deidad Suprema, y mucho menos que fuere una especie de vaso comunicante con nuestro Sagrado Dios. Claro que el extraño comportamiento del Gran Cerebro me hacía replantear mi original postura. ¿Estábamos pues comunicados con la gran conciencia cósmica que todo lo controlaba, desde el minúsculo grano de arena hasta la más colosal de las galaxias? Y si así fuere, ¿ por qué la ira- no sé que otra manera llamarla-, el enojo, o acaso el supuesto dolor de Dios, se había manifestado al momento de la emisión del mensaje? ¿Qué arcanos secretos se escondían detrás de las místicas ocho palabras que conformaban la frase emitida un millón de años luz atrás?( uno se asusta a la sola mención de semejante cita temporal pero uno también sabe que Dios vive una eternidad presente).
Veinte minutos después, descendía en el complejo edilicio que el Estado había construido exclusivamente para los funcionarios adscritos al programa de rastreo de fuentes emisoras. Se trata de un barrio de viviendas hexagonales, conectado mediante antenas satelitales al gran complejo cibernético de la megalópolis imperial. Yo había guardado una copia del mensaje. Nadie lo sabía. Ignorando la reacción adversa del Tribunal, ayer por la mañana había sentido la necesidad de hacerlo movilizado por una extraña aprehensión. Gracias a mis conocimientos de física cuántica y a técnicas artesanales derivadas de mi profesión de ingeniero pude instrumentar un pequeño equipo de bloqueo, para impedir toda vigilancia electrónica sobre mi hábitat, ( nadie estaba exento de dicho contralor, ni siquiera los funcionarios de más alto rango). De pronto no soporté más la acuciante angustia. Necesitaba escuchar una vez más el extraordinario mensaje en busca de un indicio esclarecedor. Me aseguré que el bloqueador electrónico estuviera activado y después de insertar el disco en mi equipo, me dispuse a escuchar con atención. "¿Qué es ese ruido? ¿Qué dicen esas voces que no han podido ser traducidas a nuestro alfabeto? ¿Contra qué objeto golpea esa tela suelta movida por el viento? ¡Otra vez esas risas detestables... ! ¿Pero qué es esto? ¿Un llanto? Sí, sí, es un llanto... ¿Pero por qué no había sido captado antes? Necesito retroceder. Quiero volver a escucharlo detenidamente. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Clik. ¡Ya está! Ese ruido de fondo genera una idea ominosa del paisaje... ¿Qué clase de supuesto feligrés es el que lanza la misteriosa frase?¿Pero se tratará acaso de un mensaje religioso? ¿O un mensaje subversivo cifrado? Pero en este caso,¿contra quién? O tal vez los gritos, las risotadas e incluso ese supuesto llanto indiquen que estamos en presencia de una discusión familiar, o la de algún grupo social... Otra vez las extrañas voces... ahora las risas groseras... ; Sí..., ahí está de nuevo; el llanto es inconfundible. ¿Pero quien o quienes lloran? ¿Y por qué? ¿Qué tiene que ver con una supuesta invocación religiosa? Ya llega el momento de las mágicas palabras; el extraño mensaje... Mi corazón desborda de ansiedad. Lo escucho:
" Perdónales, Padre, porque no saben lo que hacen"
El inmortal.
¡Me parece increíble que ya hayan pasado más de tres siglos y medio! Claro que esto lo pienso desde el tiempo de mortal que alguna vez me tocó vivir... ; mi percepción de las cosas resultan ahora absolutamente opuestas. Desde mi nueva vida, tiempo y espacio se comprimen formando un todo que permite deslizarme a través de los tubos del pasado para recrearlos a mi antojo; es decir: puedo pasar por ellos como un simple espectador o bien sumergirme en los mismos de manera interactiva, volviendo a revivir aquello que ya fue( el Gran arquitecto permite muchas cosas en el campo de la inmortalidad, menos modificar los acontecimientos. Lo hecho – para bien o para mal – hecho está). Pues bien, en función de las cosas humanas, hoy se cumple un nuevo aniversario de mi trance a la inmortalidad. Desde entonces, han pasado tantas cosas que uno no termina de adaptarse a los cambios en este mundo tan diferente al de mi desaparición física. No sin cierto estupor, soy testigo que en los albores de este siglo XXI, se ha terminado de instalar la violencia demencial. Ahora comprendo las angustias de mi madre, cuando – Biblia en mano- me alertaba a fin de estar preparado para el mensaje de la revelación: aquellas palabras que Dios había puesto en el atribulado espíritu de Juan, anticipando el final de la raza humana. Resulta difícil que un creador acepte sus propios errores; cuánto más, el propio Dios; sin embargo, es evidente que el Gran Hacedor ha terminado por admitir que aquello del libre albedrío fue un acto de extremada sobre-estimación de su criatura, como llave maestra de la existencia.( ya se sabe que Dios nos hizo a medias, confiando en que el libre albedrío terminaría por completar su obra. ¡Sacro error! ) Los tiempos se aceleran. Hace poco asistí- desde el privilegio de mi visión astral- a la herida de muerte de la nueva Babilonia, la gran central mundial que controla y digita los destinos humanos. Pronto, el fuego de la destrucción final se extenderá a lo largo y ancho del planeta. Y no es casual que la devastación y la muerte se generen a través de un enfrentamiento de carácter religioso, tomando al propio Dios como bandera. Si el hombre – religiosidad mediante- movido por su espíritu mezquino, fracasó en su intento de llegar a su creador, resulta natural que el holocausto del castigo sobrevenga a través de su propia y equivocada medicina. Por eso el Apocalipsis prometido tiene connotaciones de carácter religioso. Y vendrá por medio de una gigantesca pira que habrá de consumir toda manifestación de vida ( no en vano arde el bosque cuando la relación entre sus criaturas se torna insostenible). Resumiendo: que Dios ha decidido soltarnos de la mano. De cualquier forma, no es de esto que quería hablaros. Se trata de una historia ligada a mis vivencias del pasado. ¡Claro que añoro mi existencia de mortal! Uno disponía de mayores elementos para la reflexión; las cosas se sucedían de manera más decantada porque entonces, el lento discurrir de los acontecimientos, acompañaba a las disquisiciones filosóficas; no como ahora en que el tiempo no puede absorber el tropel del pensamiento por culpa de tantos cambios repentinos. ¿Será por eso que me he vuelto un nostálgico? ¿Un maniático que recorre los corredores ancestrales en busca de su oráculo perdido? En esta eternidad en el cuál pasado, presente y futuro son, nada resulta más fácil que revivir los sucesos de otrora, a través de un acto reflejo de la ultra conciencia. Pensamiento y acción son una misma cosa; así es como se me aparece el Madrid de mediados del siglo diecisiete con toda su desnuda geografía. La memoria está virgen como el primer día, cuando llegó a mis oídos el revolucionario proyecto del Maestro. Desde ni envidiada función en la Cámara Real, tenía el exclusivo privilegio de estar al tanto de todas las altas cuestiones políticas; las hipocresías, las traiciones; los intereses mezquinos y personales, movilizados en conjunto a través de trascendentes decisiones. En aquel ambiente de estúpida alegría y tenebrosa realidad, uno desconfiaba de la propia sombra. Había aprendido a volar como el águila pero también sabía raptar como la serpiente. Si uno quería sobrevivir, se imponía renunciar a la Biblia como el libro de cabecera. El secreto consistía en saberse de memoria los pensamientos de Maquiavelo. Todo fin justifica los medios. Pues bien, yo tenía mi propio y ambicioso fin y no escatimé medios para llevarlo a cabo. En el juego de las intrigas, brillaba una palabra: alianzas Por eso cuándo el Maestro recibió el nombramiento oficial para trabajar en el Palacio Real, lo primero que me dije fue que debía aprovechar su enorme prestigio en aras de alcanzar mis objetivos. Durante largo tiempo estudié todos sus movimientos.. Cuándo comprendí que el Rey, pero fundamentalmente la Reina, le prestaban especial devoción, me dije: he aquí alguien a tener en cuenta. Por otra parte, ya por sus antecedentes y por las labores propias que realizaba en sus exclusivos aposentos, se mostraba un hombre diferente, un elegido; un espíritu brillante que desarrollaba conceptos metafísicos sobre la luz y la inmortalidad que atrajeron poderosamente mi atención. Más de una vez, de manera subrepticia, observaba su extraño comportamiento. Recuerdo que en cierta ocasión, al acercarme de manera sigilosa a su taller, lo vi contemplando embelesado un rayo de luz que se filtraba por la hendidura de una de las celosías Con un raro aparato que exponía a la luz una y otra vez, iba y venía por la estancia escrutando cada palmo de aquella soterrada atmósfera. Luego se dirigía al escritorio, tomaba unos apuntes, y otra vez a contemplar largamente ese particular haz de luz que descendía en forma perpendicular sobre la sala. En ocasión de una charla – tuvo especial deferencia en agradecerme el vino que yo mismo preparaba -, luego de horas de intensas libaciones, me dijo que quería confesarme un secreto. El prodigioso secreto que según él, habría de perpetuar su nombre para la posteridad : dominar la técnica de la luz y el movimiento, esencia misma – según sus palabras- de la propia inmortalidad. Con los ojos tomados por un extraño fulgor, me tomó de un brazo y me dijo: “Puedo daros a vos también, el privilegio de brillar con luz propia por los siglos de los siglos. Pero habréis de ofrecerme algo a cambio. Sabéis como llegué aquí a palacio, a través del propio Conde Duque de Olivares. Sin embargo, esto no es suficiente para llevar a cabo mi proyecto. Sé de vuestro ascendiente sobre Su Majestad, y necesito el apoyo del Rey de manera incondicional. Han de prestarse a una exposición intensa; él y la familia real. Será fatigoso; habré de fastidiarles no menos de tres días como partícipes casi excluyentes de mi propia idea revolucionaria ¿Comprendéis esto?” ¡Como no comprenderlo si esto formaba también parte de un deseo muy íntimo que había tomado la decisión de confesarle... ! No hace falta que diga que tengo esculpido en la memoria cada una de las palabras con las que fui sorprendido. Chantaje. Un fino chantaje. El Maestro sabía de la influencia que gozaba con el Rey, como ayuda de cámara de Palacio, desde que el destino ungiera a Su Majestad siendo un mozalbete de apenas 16 años. Ni siquiera el todopoderoso Guzmán pudo sacarme de su lado, loco de celos por ese ascendiente que no podía comprender. Él ( el Rey, por supuesto) sacó fuerzas de su carácter débil y melindroso y lo puso de una pieza al gran Conde Duque ( lo que este altanero y presuntuoso ignoraba, es que yo había iniciado a Su Majestad en los dulces secretos del amor; y desde entonces, bien sabía yo de su propia boca, las intrigas que estaban sellando el ocaso de una España políticamente decadente). Con el Maestro nos sinceramos mutuamente. Animado siempre por el brebaje que bebíamos juntos, el hombre se despachaba a gusto. ”Nosotros estamos perdiendo el Imperio porque estos idiotas que nos gobiernan, nunca han podido armar un departamento de espionaje al estilo de la consumada diplomacia inglesa. Inglaterra ganará la partida porque son maestros en el arte de hacer política a dos caras. Ese Conde Duque es pura pólvora en el cuerpo pero no tiene buena mecha en la cabeza”. Confesión harto peligrosa que yo aproveché para hacerle partícipe del secretísimo pensamiento de mi locura existencial: el deseo de ganarle a la muerte, a través de un alquimista que llevaba años trabajando con la idea de la inmortalidad. ¡Vaya casualidad si las había! De pronto el Maestro me ofrecía un camino alternativo en aras de consumar mi loca obsesión. “ ¡Hombre! – me dijo-. ¡Visto está que no soy el único que pretende desafiar a la misma muerte!” Como presumiera entonces, él quiso conocer todos los detalles. A la sazón, el tal alquimista era Don Félix Jovellanos Campos, hijo de un proveedor de la Armada, caído en desgracia después de la humillante derrota en la abortada invasión a Inglaterra. No obstante, su padre se repuso pronto, acrecentado su enorme fortuna en el suministro logístico para los tercios españoles que combatían en Flandes. El caso fue que Don Félix - hijo único - se quedó con dicha fortuna al fallecimiento de su padre(su madre había muerto en el parto de su nacimiento). Le conté también al Maestro que Don Félix me había sido presentado durante una reunión en Palacio a la cuál concurriera con el objeto de obsequiar a la familia real, una vasta colección de sedas y perfumes del Oriente; que entonces, vernos e intimar fue todo uno. Comenzamos a reunirnos de manera asidua. El hombre insistía en ser generoso conmigo debido a los buenos negocios que yo le facilitaba por mi trato directo con la familia real; y así fue que en el transcurso de una cena en su finca - vivía a la sazón en una enorme casona en las afueras de Madrid, a escasos metros del curso del Manzanares - forjamos un acuerdo, un pacto de caballeros. Él me inició en los secretos de la alquimia, y yo me mostré interesado en conocer los pormenores de esa extraña ciencia. “Ya sabe usted, Maestro; a veces las virtudes del alma pueden mas que los escalofríos de la mente” Continué relatándole que sobrevivieron luego días y días de tediosa melancolía, contemplando al alquimista largas horas frente a la fragua. Me irritaba su paciencia de asceta, acercando al fuego los pequeños trozos de minerales que seccionaba previamente.”No me interesa transmutar en oro estos retazos de materia( y de hecho, lo había logrado); el objetivo es transmutar mi propia vida. Primero, debo lograr la purificación absoluta del alma, y luego...” Y entonces citaba a un tal Hermes Trimestigo y a los sacerdotes del Imperio egipcio, revelándome detalles de los Vedas, los sagrados libros hindúes. Por momentos realizaba invocaciones paganas; mezclaba a Horus con Jehová, y era tanta la diversidad de sus creencias religiosas, que en cierto momento no pude evitar pensar que en el tan mentado asunto de la alquimia, alguien le había facilitado a Don Félix el manual equivocado “Pues veréis, Maestro: quedé patitieso al ver el taller de investigaciones que nuestro amigo había erigido en los fondos de la finca: ¡hasta tenía un crisol inmenso de cobre que según él, le había sido construido por uno de los discípulos del gran Leonardo! Luego de comer y beber en exceso, nos metimos en un cuarto que hacía las veces de biblioteca y fue el momento en que el tal don Félix empezó a profundizar en sus delirios metafísicos. Tú has sido seminarista – me dijo-. Conoces aquello de per se notum secundum. Dios existe por sí mismo. Luego, per se notum quad nos, esto no puede ser demostrado a nosotros, síntesis magistral del pensamiento tomista. Ahora bien, yo he estado en Italia: Padua, Roma, Turín, Florencia... Allí se respira la presencia de Dios a través de la creación artística de sus criaturas. Me he transportado a las alturas celestiales hablando con los místicos que abundan en los conventos, y he descendido a los infiernos a través de largas pláticas con algunos alquimistas. Tuve el raro privilegio de conocer un místico en Padua que había logrado levitar; sí, como escucháis, ¡levitar! Al preguntarle sobre el secreto de semejante prodigio, me dijo que aquello era sencillo a condición de lograr la comunión del alma con Dios. Ya sabéis: el misticismo de los iluminados...” A esta altura, el Maestro se mostraba fascinado con mi relato. “El caso, Maestro, es que, pese a los esfuerzos místicos que durante largo tiempo intentara el buen Félix, Dios se mostraba esquivo a sus reclamos. Lo que el pobre Félix no sabía, era que el secreto de la levitación, el poder alcanzar alturas insospechadas para el espíritu vulgar, provenía de una actitud profundamente religiosa. Que ya sabe usted, Maestro: aquello de la Gracia Divina con que Dios toca a los Santos. Fuego interior, alma inmaculada y renuncia absoluta del pecado, ¡única forma de hablar con Dios! ¿Milagro? ¡Nada de eso! El cedazo de la fe ha de ser insobornable con las especulaciones de la mente... ¡He ahí el secreto! ” Esta ha sido parte de mi confesión con el Maestro ( luego vendrían otras pero ya se verá más adelante). Siglos después, resulta paradójico que los avatares de esta sociedad actual, que ha entronizado a la ultra tecnología como una especie de dios pagano, resulte un vano deseo de la arrogancia humana: Fuere cuál fuere el camino que el hombre intenta para despegarse de Dios, todo termina por volver a la esencia del creador. Sin Dios, nada; con Dios, todo. Principio rector del misticismo, que hoy - ¡vaya paradoja!- se toca los extremos con los propios postulados de la física cuántica. Lo cierto es que aquella famosa piedra filosofal objeto de la locura existencial de Don Félix, no es otra cosa que la caja de Pandora de la ciencia moderna, puesta a desentrañar los misterios que encierra la materia. El Alfa y la Omega que tan bien expresase el jesuita iluminado: (*)Todo proviene de Dios; todo va hacia Dios. Claro que en aquel entonces - en medio de los desastres de la guerra de los treinta años que había llevado a la pobreza a mi entrañable pueblo -, nada sabía yo de estas cuestiones científicas a las que arribó el conocimiento humano( y metafísicas, agrego) Por eso hoy sé que sólo la intuición me llevó a apartarme de Félix y elegir a la propuesta del Maestro, como único y excluyente camino de mi propio deseo de eternidad( por otra parte, cada vez se hacían más ostensibles en el viejo alquimista, su enjuto cuerpo y el santo sudario de sus bellacas arrugas, como fruto de un fracaso no admitido...) ............................................................
Mientras tanto, el Maestro renegaba de mis últimas dudas. “Yo os daré la inmortalidad, mi querido ujier. ¡ Deja a ese loco tunante con su falsa alquimia! He consultado a Dios sobre los secretos que guarda la luz, y él me ha dotado de un prodigioso don: con dichas armas, seré capaz de detener el tiempo”. No me costó mucho convencer al Rey de la conveniencia de participar con su familia en la suprema obra que preparaba el Maestro. Por eso, y a pedido de éste, llegué a los aposentos de la Cámara Real, con las primeras luces de la tarde. El sol penetraba por el alféizar de una de las ventanas, formando columnas de una extraña luminosidad, en la cuál danzaban pequeñísimas volutas de polvo. Vi a la pareja real; a su prole, y hasta el fiel can echado laxamente sobre el piso. A una señal imperceptible del Maestro, apoyé mi mano derecha sobre la pared que corría a izquierda de él, y de manera natural, me preparé para entrar a la posteridad: mi propio sello de inmortal, parte indisoluble del retrato que Don Diego de Velásquez y Silva, habría de bautizar “Las Meninas”.
Seudónimo: 2+2=5 (*) refiere a Theillard de Chardin.
Mar del Plata 5/9/ 2002
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El ataúd.
Cuándo leí la extraña inscripción del ataúd me estremecí. Cierto es que en parte me sentía eufórico por el descubrimiento realizado: al fin había probado mi teoría, objeto de tantas burlas por parte de algunos presuntuosos académicos. Pero también cierto es que en el ataúd no hallé ningún indicio que me permitiera establecer - al menos aproximadamente- el año, la época o el menor indicio sobre el origen del hombre que guarda en su interior. Esto me exaspera. Apenas dispongo de una semana para entregar la tesis y ésta ambigüedad me impide completarla. No sé si escribir podrá ayudarme en algo; al menos, me siento como si yo, futuro doctor en arqueología, fuese un personaje mítico de un cuento. “Es una locura Assuán; ese lugar es salvaje y desconocido. No es bueno que vayas sólo” Durante varios meses mi madre me repitió lo mismo casi diariamente. Que no fuera; que era peligroso; que debería pedir ayuda al gobierno y que sé yo cuántas cosas más. Me dolió mucho separarme de ella. Siempre juntos. Como cuerpo y sombra. Apoyados uno con el otro desde que mi padre se marchó de casa. Sólo los dos desde entonces. Pero igual lo hice. Un profundo deseo parecía empujarme hacia estos lares; entrar de lleno en esta región desértica e inexplorada. Gracias al apoyo que me brindaron la Universidad y un grupo de instituciones privadas, pude reunir un equipo completo de investigación. Así me hice de una grande tienda de campaña y un poderoso equipo transmisor que me prometí usar sólo en ocasiones límites; un completo inventario de primeros auxilios, diversos mapas de la zona( todos aéreos), y una balsa expresamente preparada para remontar los ríos y riachos de la región. También traje algunos periódicos y revistas de contenido científico, y mis tres libros de cabecera: “El hombre, ese desconocido” “Las civilizaciones perdidas” y “Vida extraterrestre”, éste último, un magnífico volumen de cuentos de ciencia-ficción, en el cuál el autor suele teorizar sobre la posibilidad de vida en otros planetas. Para tranquilizar a mi madre, acepté el ofrecimiento de un grupo de entusiastas amigos y del doctor Burundi, experto paleontólogo. Todos me pidieron ser incluidos en la expedición. El resto del equipo logístico, estaba compuesto por tres contenedores conteniendo alimentos no perecederos. Hombres y equipos descendimos en paracaídas sobre el lecho seco de un río y, desde hace seis meses, permanecemos aquí, aislados del mundo civilizado. Recuerdo que al principio me resultaba tremendamente paradójico que yo, en pleno auge tecnológico y científico, estuviese explorando una parte desconocida del planeta dónde suponíamos hallar restos de una fabulosa civilización, misteriosamente desaparecida. Si uno tomaba conciencia que nuestra pequeña República ya había entrado en el club atómico después de hacer detonar el primer artefacto nuclear, el asunto casi movía a risa. Los primeros días me resultaron por demás amenos; poseído por un entusiasmo adolescente, me dediqué a explorar los alrededores, desde el momento en que despuntaba el sol hasta que éste desaparecía en el poniente. En varias ocasiones me interné en solitario en la balsa, por arroyos escuálidos de vegetación que se deslizaban perezosamente sobre una extraña llanura. Al cabo de un mes, ordené el trasladar el campamento, debido a una serie de factores adversos: el terreno accidentado, demasiado anfractuoso, y la falta de vegetación, no conformaban el mejor espacio para desarrollar nuestro trabajo; para colmo, desde hacía un tiempo, el sol caía como una brasa ardiendo en las horas pico, dificultando la labor de mis hombres. Debimos realizar cuatro viajes para completar la mudanza. Al fin nos instalamos a orillas de un remanso, en un paraje cargado de forestación diversa. Desde allí proseguí con las exploraciones. Nuestro principal problema radicaba en la falta de elementos para poder corroborar mis presunciones. Presunciones éstas, nacidas y crecidas al amparo de inquietantes sueños de mi madre. Mucho antes de tomar una decisión respecto a mi carrera universitaria, solía contarme ella sus alucinaciones nocturnas, casi como un cuento repetido y sin final. En aquellos relatos, me hablaba de una grande civilización que había logrado importantes progresos en su desarrollo. Pero no solo me describía con lujo de detalles el apogeo, el ocaso y la decadencia de dicho pueblo sino que, haciendo girar un mapamundi, su dedo índice siempre señalaba el mismo punto geográfico en el cual - según decía - había naufragado aquel antiquísimo y evolucionado grupo humano. "¡Aquí es! ¡Aquí...!” acotaba presa de enorme excitación. “El secreto está enterrado. Veo fuego, un resplandor vivísimo, luego un fondo de gritos que no puedo describir y después un silencio total. Yo soñé esto muchas veces hijo mío. Y algo me dice que aquellas tierras guardan un secreto estremecedor” Yo siempre he respetado el arcano mecanismo de los sueños. Tengo la certeza que algún día el hombre terminará por descifrar que clase de reales circunstancias inciden en su extraña programación. Algunos sostienen que se trata de un proceso electroquímico, de connotaciones puramente biológicas. Otros hablan de vivencias atávicas, emparentados con sueños colectivos, como una especie de acontecimientos empíricos de la raza, en una conjunción de tiempo y espacio desmadrado de los ortodoxos canales de pasado, presente y futuro. Esto explicaría en parte porque ciertos sueños permanecen vivos en nosotros, como un legado indestructible de nuestros ancestros; o también aquellos que nos señalan acontecimientos proféticos. También en mí se agita una pesadilla que suele repetirse, aunque no con la frecuencia de los sueños de mi madre: me veo en medio de una llanura, mientras una multitud heterogénea pasa a mi lado huyendo precipitadamente. De pronto, surge un vivísimo resplandor en el horizonte, y enseguida empieza a formarse una nube similar a un hongo gigantesco. Sólo entonces me despierto. Durante años participé con verdadero regocijo de los relatos oníricos de mi madre. Lamentablemente, cuándo los estudios me hicieron devoto racionalista, comencé a exponerle mis dudas. Resultó inútil. Ella siempre tenía una respuesta sabia y profunda.”Los hombres dejan de ser sabios cuándo son esclavos de sus ojos”, me dijo en una ocasión. “Aquí dentro - agregó tocándose en la frente- existen sucesos misteriosos que nos unen al pasado. El secreto de la naturaleza consiste en saber recrear todas las cosas. Nada es nuevo hijo mío. Todo fue y todo volverá a ser” Así habla mi madre. Mi madre analfabeta que ignora los conocimientos de las grandes enciclopedias, pero que puede predecir con asombrosa exactitud, el momento de la lluvia o el tiempo de sequía; que conoce el lenguaje de las aves e intuye el momento en que la muerte caerá sobre nuestros vecinos, mucho antes que la enfermedad se haga presente.
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Fue así como una mañana, mientras tomaba apuntes para mi tesis, mis hombres me informaron del hallazgo de enormes construcciones, supuestamente realizadas por una raza de muy altos conocimientos técnicos. La excavación se realiza unos kilómetros arriba, siguiendo el curso del río. Ya en el lugar, y en medio de imponentes y gigantescas ruinas - aparentemente se trata de un gigantesco cementerio colectivo - vi a mis colaboradores rodeados por un numeroso grupo de nativos. No es la primera vez que esto sucedía. A lo largo de todo este tiempo - más precisamente, al día siguiente de nuestra llegada a estas tierras ignotas- hemos estado siendo observados permanente por estos salvajes, provistos de largas y toscas lanzas. Hasta entonces, nunca se habían mostrado belicosos con nosotros. Lamentablemente, hoy por la mañana ocurrió un episodio inesperado: el benjamín de la expedición, al observar que los nativos se acercaban más que otras veces al campamento, disparó su rifle automático con la única intención de intimidarlos. Esto provocó un desbande generalizado; a los pocos minutos regresaron y de cuclillas, empezaron a ejecutar las más variadas reverencias. Resulta evidente que nos han tomado por dioses. El doctor Unam piensa que es nuestra piel, tan distinta a la de ellos, lo que debe hacerles creer que somos seres de otro mundo. Sin embargo, lo que a mí más me ha impresionado no es el haber establecido contacto con hombres que viven - literalmente hablando- como nuestros primitivos ancestros; Sí lo es el hecho de haber descubierto estos restos arquitectónicos que sin duda formaban parte de fabulosas construcciones funerarias. Otra cosa trascendente es haber comprobado que el lenguaje de estos nativos, es muy similar al de algunos de los pueblos nómades que habitan del otro lado del Océano. Soy consciente que estos descubrimientos - que en grande medida pertenecen a mi madre a las facultades paranormales de mi madre- tendrán un impacto científico excepcional. Mi pensamiento delira imaginando los grandes titulares de los rotativos. Claro que mi alegría no es total. Me digo: estoy desentrañando los misterios de una extraordinaria civilización del pasado. Pero ¿cómo definirla? ¿Cómo lograr que mi tesis resulte todo lo brillante que deseo? ¿De qué manera explicar el extraño fenómeno, la asombrosa similitud que existe entre esta antiquísima civilización y la nuestra, en lo que a ritos funerarios atañe? En estos últimos días estuve releyendo detenidamente “Las civilizaciones perdidas”. Para nosotros, los antropólogos negros, es el libro de cabecera. Supuse que encontraría un indicio, algo que pudiera orientarme con respecto a la escritura inserta en el ataúd. Escrito que me produce escalofríos cada vez que deslizo mi mirada por cada una de sus letras. Ahora tengo ante mi vista el chapón. Lo miro repetidamente como lo he hecho a lo largo de toda la mañana. Trato de acostumbrarme a sus formas gramaticales pero es inútil. Una vez más, no puedo evitar el estremecimiento. Algunas de las letras aparecen desgastadas. Es evidente que la acción del tiempo se ha ensañado con el metal. De cualquier manera alcanzo a leer: Jhon F. Kennedy. U.S.A is President
Seudónimo: 2*2=5
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“ DIOS, LA ARAÑA Y FULANO TAL “
“...además, sería inexplicable que fuéramos solamente lo que parecemos ser: nada más que nosotros, absolutamente íntegros y completos en nosotros mismos, separados, circunscriptos por nuestros cuerpos, nuestro espíritu, nuestra conciencia, nuestro nacimiento y nuestra muerte. Sólo nos volvemos posibles y verosímiles cuando desbordamos por todas partes y nos prolongamos en todos los sentidos y en todos los tiempos” Maurice Maeterlinck..
En realidad no podría precisar en que momento comencé a relacionarme con mi amigo. ¿El nombre? ¡Qué importa el nombre! Es un tanto absurda esa humana costumbre de imponer un nombre. Pedro no va a dejar de ser Pedro aunque se llame Juan, de la misma manera que Jesús hubiere sido él mismo si al carpintero de Nazareth se le hubiera ocurrido el nombre de Anaximandro. No. Nada importa el nombre. Eso sí, siempre me atrajeron sus estrafalarias actitudes, la forma en que vivía rodeado de animales y alimañas de todo tipo. Nunca me contó el sentido de sus investigaciones, aunque éstas jamás representaron un secreto para mí. Él aceptaba mis visitas como un asceta cansado del peligroso juego de la soledad y la meditación. Nuestras relaciones eran un tanto formales pero también con un tono divertido( al menos para él, al que parecía regocijarle decirme cazamoscas, apodo ganado a raíz de mi inveterada manía por perseguir y matar moscas.) Los acontecimientos se precipitaron a partir del momento en que no lo hallé en su laboratorio. Durante unos días realicé mi propia investigación sin resultado( ni siquiera sus vecinos sabían algo al respecto.) Sólo cuándo descubrí sus anotaciones - ya habían pasado dos semanas desde su desaparición - comprendí que las cosas eran mucho más complejas de lo que supuse en un principio. Estos son los escritos que encontré:
“ Jueves 1 de enero. Mi padre fue un gran naturalista. Desde pequeño, yo era muy afecto a visitar periódicamente el laboratorio dónde él solía trabajar. Generalmente se mostraba complaciente con mi visita y casi no se percataba de mi presencia, imbuido como estaba en sus investigaciones. Yo le observaba viéndole ir y venir por aquel enorme rectángulo de cristal, deteniéndose a mirar con minuciosidad de microscopio la muchedumbre de seres que repercutían en mi psiquis como un Universo insondable. Mientras mis visitas contaban con su anuencia, nada parecía turbar el contexto ingenuo de mi mente: los pájaros, los perros, gatos, roedores y alimañas de todo tipo que constituían su zoológico privado, yo los veía como parte natural de la existencia misma( tal vez la única discordia, surgía al intentar captar el sentido misterioso que mi padre parecía tener con los insectos, actitud que generaba una formidable energía de su parte, en aras de descifrar el críptico sino de las pequeñas bestias ) Hubo épocas en las que solía prohibirme la entrada al laboratorio, aduciendo el carácter de extremo cuidado de sus investigaciones ( circunstancia que generaba en mí una ansiedad incontrolable); pasaba dos o tres días sin suspender su labor, viéndole siempre con expresión desbordada cada vez que le llevaba la vianda por orden de mi madre(Sólo ahora puedo comprender que mi padre trataba de dilucidar la esencia y el origen mismo de la vida, en una desigual pelea contra los propios códigos genéticos de sus criaturas). Claro que había algo que me producía una mezcla de miedo y angustia indescriptible- hasta el punto de sobrexcitar mi imaginación-: al abrir la puerta de su laboratorio, aquel hombre capaz de elaborar la más exquisita de las sonrisas, aparecía con el rostro tenso y la boca presionada por una morsa invisible. Más que el acento pastoso de su voz, me asustaba el cambio operado en su mirada. Yo sentía - literalmente hablando-, que una enorme vibración de carga negativa tomaba mi cuerpo desde la raíz de los cabellos hasta la punta de los pies. No sé porque maldita idea que me atormentaba, yo intuía que las investigaciones contenían una inocultable vocación demoníaca. Durante un tiempo- si bien de mala gana -, terminé por acostumbrarme a aquel estado de cosas, extrañando siempre los momentos - cada vez más esporádicos - en que nos sentábamos a la mesa a compartir una cena o un almuerzo. Todas estas motivaciones paranormales cuajaron en mí un deseo incontenible: necesitaba comprender aquellas fronteras del conocimiento que tanto perturbaban a mi padre; tomar parte de alguna manera, en aquel escenario ferozmente solitario e individualista( Claro que la prohibición se alzaba como una especie de rito inconmovible) ¿Qué hacer?- me dije- ¿qué hacer? Sobre el techo del laboratorio, se erguía una claraboya de cristal grueso y transparente. Después de tomar la decisión de utilizarla como punto de observación, estaba lejos de imaginar las implicancias dramáticas que se abatirían sobre mi vida. Recuerdo que durante un tiempo, mis observaciones no fueron perturbadas; enancado en aquella atalaya cristalina, veía como el cráneo desplumado de mi padre, circulaba de un lado a otro del laboratorio. Observaba un animal, escribía unos apuntes y repetía la operación una y otra vez con diferentes ejemplares de su fauna. Al cabo de una semana, con cierta desazón, había pensado abandonar el ritual del espionaje cuándo- para mi espanto - fui testigo de una de sus más terroríficas investigaciones. Atentamente miré como preparaba una jeringa: tenso, diría que extremadamente concentrado. Luego, después de abrir la jaula que contenía un gran gato de angora, inyectó un líquido sobre la cabeza del felino; lo que pasó a continuación es casi inenarrable: el enorme gato blanco comenzó a moverse de un extremo al otro de la jaula. Entonces mi padre repitió la operación en una rata macho de color gris que tenía un lunar negro del tamaño de una moneda grande, justo a la altura del hocico. En el momento de introducir el roedor en la jaula del gato, imaginé que éste se hincharía en señal de clara advertencia, segundos antes de intentar clavarle sus garras. Me parecía algo totalmente natural por aquello de que la naturaleza condiciona a cada uno de sus seres vivientes: el cordero por el lobo; el guepardo por la gacela y por supuesto, el gato por el ratón... ( ya se sabe, de todas las criaturas de la creación, sólo el hombre se erigía en el único y feroz depredador de su propia especie) El gato y su ratón... Pues bien, mi padre quebró esos fundamentos. Cuándo el ratón penetró en la jaula, el gato lanzó un chillido espeluznante; apretujado contra los barrotes, ni siquiera intentó defenderse; el roedor, copando el centro de la escena, permaneció unos segundos quieto mirando fijamente a los ojos grises del gato. Con aire arrogante - tal vez con la conciencia de medir una venganza morbosamente apetecida como pensé tiempo después - su enemigo ancestral permanecía paralizado por el terror. De pronto, algo salió del interior de aquel pequeño y repugnante cuerpo; un sonido grave, entrecortado y verdaderamente aterrador, que impregnó el aire viciado de la gran sala rectangular; al unísono con el chillido, la rata efectuó un salto fulminante cayendo sobre el cuello del felino; creo que sentí un dolor en mi cuerpo cuándo vi como el roedor le clavaba sus filosos incisivos. Casi al instante, un lechoso líquido de color rojo comenzó a discurrir de manera retorcida entre los blancos vellones del gato( yo me sentí como hipnotizado, paralizado de verdad por el espanto; tanto, que durante casi 30 minutos, asistí al terrible espectáculo de ver como la rata desgarraba con sus dientes el cuerpo de su inmovilizada víctima). Por supuesto - como lo comprendí más tarde -, esta experiencia límite marcaría pautas de conducta determinantes en mi futuro. Eso sí, siempre suelo preguntarme porque no le confesé nunca a mi padre lo que había presenciado. A propósito, una semana antes de su muerte como consecuencia de un cáncer de próstata( exactamente un 13 de mayo, día de mi cumpleaños número veinticinco) me invitó a compartir una de sus últimas investigaciones. “Nunca te dejes engañar por la bondad de la paloma- me dijo-. La historia humana descansa sobre una enorme montaña de mitos y falsas leyendas: el lobo es cruel y la paloma mansa. Una historieta, hijo. Tú sabes que, como investigador, observé decenas de veces el comportamiento de una manada de lobos. Asistí en más de una ocasión a una lucha entre el joven retador y el jefe de la manada. Vi siempre como el primero impone generalmente su mayor fuerza. En ese trance es cuando el vencido le ofrece la carótida al nuevo jefe. Sin embargo no habrá sangre; jamás la habrá. El viejo lobo es un lobo al fin. Esa es la lección de su supuesta crueldad. Ahora observa en el interior de esta jaula”. Aún me parece revivir aquella escena. Sobre el piso de hojalata yacía una paloma, muerta y despedazada. Como ajena a nuestra presencia, una tórtola domesticada arrancaba pequeños colgajos de carne de aquel cuerpo inerte. No bastaba con la muerte de su víctima; un morbo atávico parecía animar la acción de la vencedora, entretenida en escarbar en aquella masa sanguinolenta. Creo que mi padre dijo entonces algo parecido a esto: “...es posible que algún día la pugna de los hombres desencadene la violencia total que nos amenaza. Sería bueno saber si en esa feroz batalla de los instintos liberados, imitaremos a las palomas o a los lobos” ¿Qué sucedió luego? ¡Ah, sí! Entonces me dijo que aún no había podido resolver el sentido de sus investigaciones; que en el cofre de la familia, hallaría todas las explicaciones necesarias para proseguirlas, atento a especulaciones de carácter filosófico a las que había arribado. Todo parecía normal, salvo la extraña cláusula que me impedía abrir el cofre hasta un año después de su muerte. Pues bien, hoy se cumple dicho plazo
Confieso que al abrirlo esta mañana sentí cierta decepción. Pensé encontrarme con diferentes pócimas de esos reactivos que él solía utilizar en su trabajo; incluso estoy más sorprendido por cuánto en una larga carta escrita de puño y letra por él, hace referencia a una caja azul con dichos elementos, que no aparecían en el cofre. Tampoco unas tablillas de carbono en las cuáles había insertado sus fórmulas radiactivas. Nada, absolutamente nada; ni siquiera el cuaderno de notas que él utilizaba diariamente. Ya lo dije: lo único que hallé fue una larga carta dirigida a mí, que paso a transcribir textualmente: ” Hijo mío: como ves, todo llega; sólo es cuestión de tiempo. La lectura que te propongo no es fácil de asimilar; al contrario, exige una madurez que yo creo que te encontrará a la altura de la misma. El mensaje está relacionado con la impronta de mis investigaciones, la esencia medular que éstas encierran y la filosofía que las moviliza. Pues bien, yendo al grano: como tú sabes, por medio de reactivos químicos, me propuse desafiar el orden establecido por nuestro creador( ya sabes quién dijo que dios no juega a los dados...); desde entonces, tengo la convicción de que todas las cosas son mutables - aún los propios genes - a resultas que la ciencia se disponga a hacerlo. Claro que se trata de algo intuitivo, una corazonada; en realidad, aún falta corroborar científicamente mis experimentos. Sin embargo, yo intuyo hijo, que es posible torcer el rumbo que los códigos genéticos nos imponen desde los espermatozoides. Y digo que es posible, porque los hechos me demuestran a cada paso que esta cochina vida es la obra perversa de una inteligencia suprema (seguramente asistida por el mejor equipo); un ente con poder omnipotente que a través del ejercicio de la creación, manipula nuestras vidas de la misma manera que un entomólogo manipula el mecanismo de las indefensas bestezuelas cuyo comportamiento estudia. Y te diré cómo llegué a esta conclusión. Hace muchos años -soltero aún - tuve el privilegio de trabajar con el Dr. Laurenz( a mi criterio el mejor investigador en la materia). Creo que alguna vez te conté que estuvimos casi un mes a los pies del Kilinmajaro, estudiando la fauna de aquellos lares. El viejo patriarca aún no había muerto, lo cuál era una lástima; con su muerte anunciada cada día por el odio anónimo, también moriría la vieja España que aún llora los muertos de esa guerra civil de mierda; tú sabes... Pues bien, esa experiencia - como alguna vez lo confesé en familia -, me arrastró a mi profesión actual. Konrad estaba fascinado, observando “... la empírica demostración de las leyes de la naturaleza en todo su magnífico esplendor”( a decir de él) Claro, para el austriaco, el espectáculo de la lucha por la supervivencia resultaba el paradigma de su profesión; pero no para mí espíritu, incapacitado entonces para digerir la violencia y la ferocidad de algunos de los predadores más soberbios de la naturaleza. Todavía conservo en mis retinas cada una de las escenas de caza presenciadas: la fabulosa carga cinética del león; la extraordinaria agilidad del guepardo; la captura silenciosa y sorpresiva del águila; la fuerza demoledora de una pitón, y sobre todo, la brutal caza colectiva de los licaones, más todas las etcéteras que quieras. En síntesis, escenas que muestran el costado más pútrido de la creación: que en aras de preservar la propia existencia, todo predador actúa a impulsos de una fuerza agresiva potenciada; para decirlo en un lenguaje más realista, diría que nos movemos en el campo de la existencia, movilizados por una arista asesina que condiciona nuestra conducta (de la cuál, por supuesto, el rey indiscutido es el hombre, el único animal de la creación que mata por placer). Por eso, hijo, y sólo por eso, las malditas guerras forman parte de nuestra cultura( siempre tendremos las excusas políticas, militares, religiosas o étnicas correspondientes);en los enfrentamientos armados, de alguna manera, los polos de poder activan lo mejor de nuestra inteligencia para dar rienda suelta a nuestros instintos más brutales y perversos; y también de alguna forma, cada vez que el hombre levanta una mano contra su propio hermano, no hace más que poner en marcha el punto Omega de la raza: su autodestrucción, el disparador primario que subyace en la memoria colectiva(como verás, hijo, me traiciona mi otra vocación: la de ensayista - a propósito: ya sabes que eres albacea de todo mi patrimonio literario; Espasa siempre respetó mis contratos y descuento que esos nuevos socios de Planeta harán otro tanto-. Vale) Para terminar de completar la idea, el caso es que, durante la primera semana con Laurenz, noté que algo comenzaba a gestarse en la raíz de mis pensamientos: una mezcla de desazón, ansiedad y angustia que detonó el día en que asistí a otra de las tantas experiencias de caza; en esta ocasión, observar como una jauría de licaones perseguía y daba muerte a una cebra( en realidad, como tú sabes, la presa de ellos es el antílope, pero sí están muy cebados por las necesidades, suelen encarar animales de mayor porte). Por algún extraño designio, el jefe de la cacería elige la presa; una vez localizada, un grupo de entre ocho y diez cánidos la rodea, comenzando entonces una larga persecución. Y he aquí el hecho aterrador que comenzaría a cambiar mi concepción de la vida de manera brutal. Konrad había mandado construir una especie de atalaya de madera a la que se accedía a través de una escalera rudimentaria( para evitar problemas, una vez en la base, debíamos subirla y colgarla en forma transversal a la construcción). Pues bien, en una franja de 1000 metros de largo, el austriaco mandó levantar 4 construcciones en cada una de las cuáles, se apretujaban un fotógrafo y un investigador especializado. Mi torre de observación estaba a la derecha de aquel, y el grupo científico en general estaba abocado en esta etapa a estudiar el comportamiento de las cebras. Verás hijo, a lo largo del primer día no ocurrió nada digno de mención: un par de nacimientos, algún conato de reto contra el jefe de la manada, y otros episodios menores. El calor era verdaderamente insufrible - el termómetro marcaba 48 grados en mi pequeño rectángulo de sombra - haciendo que el polvo levantado por la ventisca, reverberase sobre el horizonte. Repentinamente, una jauría de licaones apareció en escena, y yo tuve la sensación de que tendría mi bautismo de fuego, presenciando por primera vez una cacería colectiva, un aspecto nuevo y macabro para mí, en ese escenario de muertes anunciadas. Como siempre sucede, los avestruces habían advertido del peligro a los grandes ungulados, y la mayoría, mezclados con un grupo de Ñus y Búfalos, salió en tropel, poniendo distancia con los licaones. Sin embargo, tres de las cebras reaccionaron demasiado tarde, circunstancia aprovechada por el jefe de la jauría, el que, instintivamente, captó el momento propicio, arrastrando detrás de sí al resto de los cánidos. La cacería había comenzado. Después de correr durante unos doscientos metros detrás de los bellos ejemplares Busholl, en un momento, como obedeciendo a un arcano mecanismo de precisión, los licaones se lanzaron decididamente hacia el animal que, para su desgracia, se había apartado un tanto de los otros dos. Sintiéndose acorralada, la cebra se detuvo en forma repentina, volvió sobre sus pasos y lanzó una poderosa patada que acabó con uno de los atacantes, reanudando su carrera antes que el resto de los cazadores hiciere contacto físico con ella. Pero muy pronto, los primeros mordiscones cayeron sobre sus extremidades, mientras trataba de escapar girando a derecha e izquierda en un vano intento por eludir a sus perseguidores. De pronto, al cabo de virar casi 90 grados, vi que la cebra y los licaones avanzaban en fila recta hacia mi torre de observación. A unos cien metros de distancia, alcancé a ver que uno de los cánidos le caía encima ( pude ver - entre sorprendido y consternado - como aquel había logrado clavar sus incisivos sobre uno de los flancos del cuello, mientras el resto de la jauría centraba el ataque entre la grupa y el resto de las extremidades). La primera caída del animal herido se produjo a unos 50 metros de mi puesto de observación; pese a que en esos momentos cuatro o cinco cánidos aprovecharon para aplicarle precisas dentelladas, la cebra alcanzó a levantarse, reanudando la fuga; sin embargo, ya casi agotada, terminó por desplomarse a escasos 5 metros de la atalaya de madera. Aún así, acuciada por el instinto de conservación, logró pararse durante unos segundos; mientras tanto, 3 o 4 perros le desgarraban con sus dientes, cuello, grupa y los cuartos traseros; otros dos la atacaban en el vientre y el resto le mordía las patas de una manera particularmente furiosa. La aterrada hembra de hermosas estrías transversales, lanzaba cortos y dolientes bufidos, sacudida, tomada por el pánico y el dolor. Cuándo cayó definitivamente, vi como el jefe de la jauría había logrado herirla de muerte en su yugular, casi en consonancia con un segundo animal, que le clavaba sus incisivos de manera brutal en su hocico. En menos de un minuto, de una manera salvajemente impiadosa, ocho enfurecidos canes satisfacían su voracidad, arrancando colgajos de carne a la indefensa bestezuela, mientras aún permanecía jadeante, chillando en medio de una nube de polvo que trasegaba sus vías respiratorias. Sólo cuándo un par de licaones metieron sus bocas entre sus vísceras, noté que su cuerpo se había puesto rígido, en trance de agonía. Lo cierto es que, en contra de mis principios y creencias, me sentí repentinamente abatido por una sensación de impotencia( me di cuenta de pronto, que semejante acto de crueldad perpetrado en nombre de la naturaleza - ¡ léase Santa Creación! - sobrepasaba mi capacidad de comprensión). Aquella especie de asesinato ejecutado en nombre de la supervivencia, ejemplificaba de manera magistral el sentido perverso de la sacralizada Creación. Entonces, mientras los carnívoros ejercitaban morbosamente su reinado sobre las víctimas de siempre, me puse rojo de ira.”¡Dios hijo de puta! ¡Dios hijo de puta!” clamaba con los puños en alto, sin darme cuenta que el fotógrafo también me maldecía a mí porque le había arruinado su paciente trabajo. Tú creerás que yo estaba un tanto alienado hijo, pero no podía entender como ese cabrón de mierda, con el poder de poderlo todo, imponía gratuitamente la violencia y el horror, en medio de su propia creación. ¿Entiendes lo que trato de decir? Hablo de una violencia innecesaria, porque si de comer se trata, bien podría haber impuesto otros métodos incruentos(coño, ¿qué le hubiere costado a él semejante decisión?) Recuerdo que el reglamento me obligaba a tomar nota de todos los detalles del ataque: tiempo de la corrida, momento en que caía la presa, forma en que era atacada y devorada, y tiempo entre el comienzo de la caza y la muerte del animal. Sin embargo, nada logré. Cogí la escalera, dejé mis elementos sobre la plataforma de observación, y bajé del lado contrario en el cuál este mal parido ontológico, había impuesto otro mojón de violencia sobre la infecta tierra.
Ahora bien, te pido por favor que pienses en esto: todo creador realiza su obra, la modela y la define espiritualmente, y esto es válido para “ Las Meninas “ de Velásquez, para “El Infierno” de Barbusse o el Adagio Assai de la Tercera de Beethoven( sólo por nombrar tres muestras eclécticas de la creatividad del hombre). Desde una perspectiva diferente, este soberbio y arrogante ente, hace algo mucho más trascendente que crear las leyes físicas que conforman una pléyade de planetas, el esplendor de un sol o una espiral de galaxias: pone un hombre y una mujer desnudos sobre la faz de la tierra y les da potestad sobre las bestias de su entorno; además, les otorga el conocimiento de los frutos y también el valor terapéutico de cada una de las plantas existentes. Más tarde llega el lenguaje, - y ojo, no es casual ni gratuita la multiplicidad de lenguas... -; incorporando a su memoria los dioses mitológicos. Casi enseguida, surge el dogma de las religiones - dicho sea de paso, fuente de enfrentamientos permanente entre los pueblos - cerrando esa parte de la evolución, imponiendo un papel decisivo social a toda una pléyade de iluminados del verbo divino, quienes, en su papel de profetas, habrían de explicar con palabras, lo inexplicable( tú me entiendes: los arcanos mecanismos de la vida dan para todo. Vale) De esta manera, cada oración transcripta a los libros sagrados ( tú sabes que en La Biblia, El Corán y La Torá tenemos mucho de esto...) como mensajes que el pondría en boca de los supuestos profetas, siempre me pareció que tenían y tienen mucho de profecía auto cumplida ( y yo digo que a esto, la sociedad actual, debiera prestarle mucha atención). Alguien podrá decirme que “... Dios es infinitamente sabio al dotarnos de libre albedrío para decidir que clase de vida deseáramos vivir” como alguna vez dijo Spinoza; y que por eso, todas las vivencias no son más que dolorosos aprendizajes impuestos por el amado creador, a fin de que podamos sacar mejor provecho de la propia experiencia. Bien. Pueden decirme también que el proceso social ha ido evolucionando a través del tiempo en forma de mejor calidad de vida; que se viven más años promedio y que la propia creatividad a provisto los necesarios elementos tecnológicos para que el confort sea nuestro aliado. Y esto verdad es, que duda cabe. Pero desafío a persona en particular o Institución en general que pueda ofrecerme pruebas concretas en el sentido de que el hombre de hoy es - moralmente hablando- mejor que su salvaje antepasado. ¿Pero quién podría asegurar que el ser humano actual ( lo de la madre Teresa, Albert Schweitzer o el Mahatma Ghandi son pequeñísimas gotas de probidad humana en un gigantesco Océano de perversidad sin límites)resulta de mejor calidad moral que sus antecesores? Estoy en condiciones de afirmar que nadie tiene elementos de valor para afirmarlo. Y esto es así porque estamos inmersos en una gigantesca trampa existencial. Una gigantesca trampa por cuánto el hacedor de nuestras vidas tiene un solo propósito final: generar nuestra propia autodestrucción. Para decirlo con palabras más directas: el gran cabrón a montado este bello, salvaje y gigantesco escenario con la idea infinitamente perversa de que el hombre represente en él, su propio y limitado papel. ¡Coño! Y algo más... : nos ha metido en nuestra maldita cavidad craneana, el agravante de dotarnos de conciencia, esa misma conciencia que nos permite contemplar la majestuosidad de un amanecer sabiendo que éste será eterno, pero nosotros no( ¡ala!, ya sabes, hijo, la maldita angustia de la muerte, que nos es más que la brillante forma de hacer que el miedo nos haga más sumisos a él...) Entonces, como un ególatra arrogante cansado de aburrirse en las edades infinitas, ha inventado estas disímiles formas de vida, en la que conviven la exquisita belleza de la Monarca, la frágil tersura de un lirio y la inocente presencia de un cervatillo, con las más repugnantes criaturas vivientes que pueblan la inmundicia y las tinieblas( y en el medio de todo, esa estúpida criatura humana: un híbrido capaz de las más excelsas creaciones del alma, junto a las más profundas abnegaciones; pero también capaz de las más sórdidas conductas en contra de la raza: - latrocinios, asesinatos, torturas, inacabables guerras... ). Por eso, cuándo sentí que un helado viento penetraba por mi piel viendo como la cebra era devorada viva, me di cuenta de que el mundo estaba irremediablemente infecto( después de todo, el dios éste, bien podría haber hecho un perfecto paraíso de hierbas y frutos, evitando el reino de la muerte y la imposición del terror como moneda de cambio de la supervivencia). Claro, después te salen los hombres de los templos a decirte que por culpa de la estupidez de Adán y Eva ( léase desobediencia divina) nos hemos jodido todos, como si uno no supiera que lo que tratan de tapar, es la pérfida actitud de un dios que ha entronizado el mal como suprema impronta de la vida. Entonces, después de haber arribado a esta dramática conclusión, me dije -no sin una enorme dosis de arrogancia de mi parte- que yo lo iba a desafiar al cabronazo éste(¿no dice ese libro gordo que hemos sido hechos a su imagen y semejanza...?) tratando de encontrar el motivo por el cuál la existencia privilegia esa semilla de odio que anida en el corazón del hombre. Hijo mío: perdona la lata pero creo que es la única forma de que interpretes el cambio que a partir de ese momento se operó en mi carrera. Cargado de rencor contra la vida misma - me di cuenta que yo era un prisionero más de este plan diabólico que mantenía como rehén al conjunto de la raza humana -, poco a poco ese rencor fue convirtiéndose en un oculto odio que fue generando en mi interior una energía poderosa en aras de lograr mucho más que una utopía iniciando una disputa con ese dios cruel; una excluyente lucha tratando de desmembrar la perfecta simetría del ADN, los portentosos cimientos de la vida que permiten que el primer “ladrillo” de ADN de un gato termine siempre en gato, y el primer ladrillo de una rosa, siempre se convierta en rosa y no en clavel. Pues bien, como tú sabes, desde que comencé a trabajar en mis investigaciones, lo hice con la idea fija de desafiar el orden natural de las cosas. En cada uno de los experimentos imponía resultados inquietantes: el gato que huía del ratón; el halcón asustado por una paloma, en fin, logrando siempre que el victimario se convirtiese en víctima( ya sabes, el tema tiene directa relación con lo escrito precedentemente). De ex profeso, había dejado para el final lo que hubiera sido mi obra cumbre, tratando de lograr que la araña - de cualquier especie - fuese devorada por su víctima excluyente: la mosca. Como comprenderás, ya no sólo pretendía desvirtuar esas leyes naturales que están escritas en cada código genético. En realidad, lo mío pasaba por un desafío mayor: nada menos que subvertir el orden establecido por el propio hacedor y su mecánica presuntamente inviolable ( sin duda es una arrogancia de mi parte esta búsqueda de lo absoluto, pero imagina por un momento las derivaciones futuras en caso de concretar semejante desafío...) Claro que planteado de esta manera, casi asépticamente, resulta un tremendo absurdo. El caso es que -más allá de mis éxitos con los cambios hormonales en la conducta de algunos animales - hace tiempo que estoy varado con un desafío muy particular: como tú sabes, dentro de la lucha por la supervivencia, el victimario suele convertirse en víctima( y esto sucede de manera ocasional más allá de la impronta de mis investigaciones). Sin embargo, hijo, nunca logré que mi obsesión trastocara el sino que el maldito creador les había asignado a la araña y a la mosca. Como hipótesis - y he aquí el sesgo de carácter metafísico - yo sostengo que la araña no es un ente que pertenezca exclusivamente al entorno de nuestro propio mundo( en realidad hablo de planos bipolares, de diferentes dimensiones de existencia). Por el contrario, yo estoy convencido de que las arañas forman parte de una alternativa viviente incognoscible. Recuerda la idea de William James “...quién sabe si no tenemos únicamente en la naturaleza, un pequeño lugar junto a seres por nosotros insospechados y distintos de los perros y los gatos que viven a nuestro lado en nuestras casas” De aquí parte el deseo de que continúes con mi obra; si algún día lo consigues, se te abrirán las puertas de lo absoluto. Por último una advertencia: como comprenderás, el carácter secreto y temible de mis investigaciones, las convierte en un potencial elemento altamente peligroso si cayera en manos de entidades sin escrúpulos. De hecho, sé que estoy bajo la mira de gente extraña que por ahora se mantienen un tanto a las sombras. Estoy seguro que habrás visto las tablillas de carbono que tienen grabadas a láser las fórmulas de los experimentos victoriosos; a su vez, la pequeña caja azul contiene 6 pócimas con un detalle para el uso de las mismas. Es hora de que tus estudios de ingeniería química encuentren su propio oráculo. Ya sabes lo que pienso con respecto a la muerte. No tienes más que concentrar tus pensamientos en mí para tener a tu lado lo único trascendente de la existencia. Desde el hoy que es la eternidad y desde la eternidad que es el hoy, tu padre que te ama”.
3 de febrero. Dejé pasar este tiempo sin tomar apuntes debido al trabajo intensivo de estas últimas semanas. En verdad me siento sorprendido de haberme adaptado tan rápidamente al perfil de las investigaciones llevadas a cabo por mi padre (yo creo que esto es así porque yo comparto plenamente sus mismas locuras y obsesiones). Por supuesto que nada es sencillo. Llevo más de 90 días metido en el laboratorio, y a la fecha no he logrado resultado alguno( lo que quiero decir es que con respecto al asunto ése de la araña y la mosca, las cosas continúan como al principio). Después de agotadoras jornadas experimentando con la fórmula secreta( mi padre había logrado aislar isótopos de U235 que mezclaba con sustancias químicas reactivas), continúo siempre en el punto cero, al igual que él. Ahora bien: no limité el cariz de las investigaciones con un solo tipo de arañas; por el contrario, diferentes clases de arácnidos pasaron la prueba con resultado negativo; es decir, sin que nada anormal sucediera( se podrá pensar que estoy un tanto loco; sin embargo, lo cierto es que yo también creo de que la teoría de mi padre, parte de un hecho paranormal) Claro, por supuesto que hay momentos en que la idea de volverme loco cruza por mi mente. No me asusta; ya nada me hará retroceder. Hace dos días preparé un nuevo experimento doblando las dosis de la poción. Después me dispuse a armar una sencilla pero efectiva trampa: dentro de una caja de cristal con pequeños orificios a los costados, introduje una Black Widdow. Luego, con sendos alfileres, clavé las extremidades del insecto a dos pequeños anaqueles de corcho pegados al piso de la caja y, para rematar la trampa, inmovilicé su aguijón y su cabeza tendiendo un hilo de seda de un extremo a otro del recipiente( sabía que de esta forma anularía sus recursos ofensivos y defensivos, tal cuál lo pretendía). Después introduje una mosca que había capturado al vuelo, procediendo a rociar el interior de la caja con el éter químico. Estas dos últimas noches no pude dormir, especulando, imaginando cualquier tipo de hipótesis a propósito del resultado final( creo que me dejé llevar por las más absurdas especulaciones metafísicas e incluso con fantasías propias de un demente)No obstante, pese a todo esto, jamás sospeché que al entrar esta mañana en el laboratorio, vería la caja vacía( sí, tal cuál lo escribo: libre de los moradores que yo había puesto). Permanecí no sé cuántos minutos contemplando el interior extrañamente húmedo de la caja, sin poder reponerme de la profunda conmoción. ¡Santo Dios! ¿Qué fuerzas ocultas había desencadenado?”. ____________________________ Hasta aquí los escritos. Al finalizar la lectura sentí una extraña sensación. Me di cuenta que, a diferencia de mis visitas anteriores, se palpaba, se percibía en el lugar cierta atmósfera desolada y extremadamente pesada; largos chorros de humedad se descolgaban perezosamente a través de los paneles de vidrio del laboratorio. El silencio era ceñido. A tono-pensé-; a tono con el olor putrefacto que surgía de la celda de los animales. Como un autómata volví a leer la nota de mi amigo, sólo que esta vez -al llegar a la parte en que me nombra acotando que acaba de ocurrírsele una idea -,no pude evitar estremecerme. Por otra parte, recién ahora recuerdo que aquel fue el último día que nos vimos. Hablamos de cosas informales y después me invitó a compartir un brindis por la memoria de su padre. “Este licor es casero, preparado por él, cazamoscas...” me dijo con una expresión entre ambigua y divertida. Lo demás creo haberlo contado, salvo que sus apuntes los encontré hace 5 días, al filo de su desaparición. Desde ese momento, he tenido extrañas y repetidas pesadillas. Anoche..., - no sé... creo que fue la tercera o cuarta vez que volví a tener el atroz sueño-. Sí, siempre la misma pesadilla. Ocurre en mi cuarto. Yo estoy en la cama y de pronto aparece volando una mosca de color intensamente negro; ella da vueltas en torno a mí, realizando un giro elíptico que tiende a contraerse y a expandirse metódicamente. Percibo en sus ojos la mirada asesina de un consumado predador. Dije que las pesadillas resultarían calcadas si no fuere que, a medida que se desarrollan, la mosca crece en tamaño más y más- por momentos las pequeñas gotas de babas que caen de sus colmillos, producen en mí una sensación de repugnancia atroz- , mientras la elipsis tiende a contraerse en torno a mi propia cara( pronto me di cuenta que de nada valía mi apodo de cazamoscas; resultaba inútil todo intento por atraparla). Claro que al principio me resultaba fácil acabar con ella( me refiero a la pesadilla). No tenía más que hacer un esfuerzo y ¡zas!, me despertaba feliz de no escuchar ese agudo y persistente zumbido). Sin embargo, poco a poco el asunto se fue tornando más confuso y engorroso; tanto, que cada día que pasa me cuesta más despertarme. Anoche mismo - es una manera de decir porque por momentos tengo la impresión de estar inmerso en un Universo sin tiempo ni medida -, quise despertarme y no pude. Fue así, como, mientras el zumbido se hacía insoportable, yo me lanzaba por un espacio blanco y lechoso al final del cuál se extendía un enorme precipicio. Entonces, con la horripilante sensación de que miles de ojos me miraban desde un par de gigantescos ojos, sentí que el zumbido crecía en desmesurados e insoportables decibeles, sintiendo también que crecía la angustia ante la muerte, casi extrañamente convencido de que pronto habría de convertirme en la presa excluyente de ella, mi eterna y otrora víctima: la mosca. Seudónimo: 2+2=5 Mar del Plata. 1969 “Confusión” Confusión. El término le parecía adecuado para explicar lo inexplicable. De alguna manera, necesitaba clarificar lo que estaba viviendo. Se corrige. Reemplaza viviendo por padeciendo. Padeciendo sí, desde un tiempo atrás. Desde el preciso momento en que sintió que una nueva identidad se instalaba de golpe en su mente como un hombre nuevo. ¿Qué había pasado con su vida?
Confusión. Desde entonces, los recuerdos del pasado, el derrotero de su propia persona, se fueron borrando lentamente de su registro. Desde entonces también, había empezado a tener una vaga imagen de su madre. Ella estaba presente, cierto es, en sus pensamientos y también lo estaba en cuanto a presencia física. No ha dejado de hablar con ella. Ni antes ni después del extraño acontecimiento. La ha visitado incluso en su propio hogar; hogar que alguna vez fuera su casa. Lo sabe. Sabe también que a partir de una fecha precisa, cada vez que visitaba su viejo solar, miraba casi con hostilidad a la pareja de su madre, el hombre a quien durante mucho tiempo tomara como su padre biológico. ¿Qué había pasado con su vida?
Confusión. Intuye, cree que existe una comunión espiritual que lo liga a su madre; a pesar de todo. Pero no puede entender por qué su corazón se ha mostrado últimamente frío y distante a la hora de expresar los afectos filiales. Ahora es imposible retorcer en el tiempo en busca de su propio oráculo. Hace mucho que dejó de percibir imágenes de su juventud, y, mucho menos, de su niñez. Un enorme vacío. Sólo explicable en parte, cuándo, tres años atrás, se le apareciera repentinamente, su verdadero y luminoso padre. ¿Qué había pasado con su vida?
Confusión. Recuerda, sí, la alegría de aquel primer encuentro. Las charlas filosóficas profundas; claro que, en honor a la verdad, no eran diálogos formales entre un padre y un hijo. Conmocionado por la maravillosa sabiduría que emanaba de las palabras de su nuevo padre, él lo dejaba hablar. Largos monólogos en los que ese ser excepcional, le hablaba de la crisis existencial, de cómo el hombre, después de haber traicionado los sagrados mandamientos de Dios, había caído en la perdición: egoísmo, latrocinios, asesinatos, soberbia, concupiscencia de la carne; en fin, todos y cada uno de los pecados humanos, señalados con precisión admirable. Entonces, cada palabra de su padre, sonaba como música sublime en sus oídos. ¿Qué había pasado con su vida?
Confusión. Pero algo no encajaba ahora en el rompecabezas de su vida. En medio de los tormentos físicos y espirituales que lo aquejan, trata de asimilar los últimos acontecimientos. La consigna de su padre le pareció clara y majestuosa: “a partir de este momento, tu vida estará dedicada a forjar un hombre nuevo”. Su corazón había dado un brinco. Durante incontables días, no hizo más que escuchar los consejos de su padre, haciendo suyos aquellos pensamientos en aras de redimir los pecados de la raza. “Nada de violencia: Tus únicas armas serán la palabra y el ejemplo. Sin ejemplo, las palabras carecerán de valor”, le había dicho como sentencia final. Y él abrazó esa causa sin dudar. Sin necesidad de coaccionar a su voluntad, se entregó de lleno a su nuevo compromiso, sintiendo que una inasible y poderosa fuerza interior movilizaba de manera casi mágica cada uno de sus actos. Lejos por aquel tiempo de presumir el desenlace trágico de ahora. ¿Qué había pasado con su vida?
Confusión. Pero algo se había roto. Después de recorrer pueblos y ciudades; luego de incontables discursos frente a sus fieles seguidores- incluso sabía que los propios esbirros del Imperio se acercaban a escuchar su prédica-; luego de crear un movimiento revolucionario preparando a sus oyentes para una nueva vida, comenzó a sentir poco a poco el abandono de su padre. ¿Por qué?, se pregunta ahora. ¿Por qué?, cuándo él no había sido más que un intérprete de todos sus deseos. Incluso- a pedido de él- había fustigado con nombre y apellido a todos los funcionarios religiosos que en nombre de Dios, engañaban a su pueblo. ¿Qué había pasado con su vida?
Confusión. En medio del atroz sufrimiento, recuerda que no había opuesto resistencia en el momento que la partida de soldados extranjeros fuera a buscarlo. Algo en su interior le decía que confiara. Sabía que su padre era temido por unos y respetado por otros. Con un poder capaz de torcer la voluntad más obstinada. Por eso se había entregado mansamente. Por eso, también, permitió la burla de sus captores y asistió impávido a un juicio absurdo en el cuál fuera condenado a muerte. Sin embargo, su padre no acudió en su auxilio. ¿Qué clase de padre era aquel que permitía el sacrificio de su propio hijo? ¿Qué había pasado con su vida? Confusión. Ahora, sintiendo que la sangre se escapa lentamente a través de los orificios de su cuerpo; viendo, no sintiendo la presencia de su madre que lo mira con ese dolor en los ojos que no puede hacer suyo; sintiendo, sí, las lágrimas de esa otra mujer que está al lado de su madre, su queridísima María a la que amara entrañablemente, y a la cuál no puede explicarle lo inexplicable, presiente que todo está perdido. Quizá por eso, en un arrebato de resentimiento, apenas alcanza a balbucir desde lo alto de la cruz: “-Padre:¿por qué me has abandonado?”. ______________________________
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