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Pedro
Henríquez Ureña
Antes que pensador contemplativo, Eugenio María de Hostos fue un maestro y un
apóstol de la acción, cuya vida inmaculada y asombrosamente fecunda es
un ejemplo verdaderamente superhumano. Nacido en Puerto Rico, se
educó en España, en la época del krausismo; no sólo estudió las ciencias, sino
también la filosofía clásica, los pensadores alemanes, los positivistas y su
pedagogía; y cuando empezaba a distinguirse entre la juventud intelectual de la
metrópoli, prefirió, a un porvenir seguro de triunfos y de universal renombre,
el oscuro pero redentor trabajo en pro de la tierra americana, y se lanzó a
laborar por la independencia de Cuba, por
la
dignificación de Puerto Rico, por la educación en Santo
Domingo.
Pedagogo era en verdad, y en Santo Domingo y después en Chile se agigantó y
multiplicó como difundidor de su
instrucción
Luchó hasta el fin, hasta cuando más destrozos hizo en su
espíritu la colosal tormenta que azotaba las Antillas, la parte que más amó de
su América. Al morir en 1903, dejó publicados diez y ocho volúmenes e inédito un
enorme material de escritos literarios y científicos. Sólo dos de sus grandes
obras doctrinales publicó en vida: la Moral social y el Derecho constitucional.
El Tratado de Sociología inicia la serie póstuma que se
completará con otros trabajos monumentales: la Psicología, la Moral individual,
la Ciencia y la Historia de la Pedagogía, el Derecho penal, y tantos más.
El volumen de Sociología comprende dos
tratados: el primero, que es el más importante, data de 1901; el segundo, que se
ofrece como resumen del anterior, es un esbozo, un
conjunto de breves nociones, y
data de 1883. Estas nociones fueron escritas para el Curso superior de la
Escuela Normal de Santo Domingo: a pesar de que hoy todavía se discute en muchas
universidades si la sociología debe ser admitida en los programas, Hostos la
había incluido, hace más de veinte años, en la enseñanza de los maestros
dominicanos. Aunque inéditas, siguieron estas lecciones sirviendo de texto o de
norma para el estudio de la sociología en la escuela citada, hasta que en 1901
Hostos, de regreso de Chile, tras una ausencia de doce años, dictó el Tratado
más extenso.
Por haberse escrito para escuela de
estudios no especializados, esta obra no alcanza las proporciones de los vastos
cuerpos de doctrina en que generalmente se exponen los nuevos sistemas o
teorías, y por las condiciones en que fue compuesta y publicada, sin la revisión
del autor, presenta algunos detalles oscuros. Pero es una obra cuya importancia
sería difícil exagerar; cuanto le falta en extensión, tanto gana en intensidad,
y su exposición, tan lógica y concisa como rica de datos, lleva notable ventaja
a la minuciosa y redundante exposición de casi todos los teorizantes de la
sociología.
El mérito original de este trabajo es
tanto mayor, cuanto que, en el momento en que Hostos escribió las primeras
Nociones, la ciencia social distaba mucho de su actual estado de febril
elaboración: había él estudiado las obras de Comte y de Spencer, y los
comentarios de Littré y de Mill, como también los pensamientos de los
precursores, desde Aristóteles hasta Hegel; pero debía conocer poco de los
trabajos, entonces recientes, de Schaffle y Lilienfeld, Fouillée y De Roberty, y
aún nada habían escrito los otros contemporáneos fundadores de sistemas
sociológicos.
Hostos
comienza el primer grupo de lecciones señalando el lugar que ocupa la sociología
(el último) entre las ciencias, y la define como ciencia abstracta que abarca
todo el orden superorgáníco, después de establecer dos clasificaciones de los
conocimientos: una,
Luego traza los
orígenes de la ciencia social, y fija su método (“el inductivo—deductivo, porque
su verdadero procedimiento es el experimental”); induce, de las experiencias
históricas, “la realidad de la vida colectiva del ser humano, la igualdad de la
naturaleza del ser colectivo en todos los tiempos y lugares, y su igual conducta
en igualdad de circunstancias y en todo lo esencial a su naturaleza”; y,
apoyándose en observaciones de hechos importantes, formula seis leyes
fundamentales; Sociabilidad, Trabajo, Libertad, Progreso, Conservación y
Civilización o Ley del Ideal, que son productoras, cuanto las leyes positivas de
la sociedad están en correlación con ellas, del verdadero orden social.
Para terminar,
divide la sociología en teórica y práctica; al esbozar el objeto de la primera,
define la Sociedad como ser u organismo viviente cuyos órganos son seis: el
Individuo, la Familia, el Municipio, la Región, la Nación y la Humanidad; y
analiza brevemente las teorías sociológicas conocidas en aquel momento: la
individualista y la socialista, demasiado exclusivas; la sociocrática de Comte,
que condena por apriorística, y la orgánica, que propone como la más aceptable,
con reservas, y que es totalmente diversa del organicismo de Spencer. “Consisté
en afirmar que la sociedad es una ley a que el hombre nace sometido por la
naturaleza, a cuyos preceptos está obligado a vivir sometido, en tal modo que,
mejorando a cada paso su existencia, contribuye a desarrollar y mejorar la de la
sociedad.”
El segundo y
verdadero Tratado presenta estas ideas con algunas adiciones y más extenso y
variado desarrollo: se compone de dos libros, Sociología teórica y Sociología
expositiva, precedidos por una Introducción metodológica, en la cual se explica
la necesidad de emplear un método que, principiando en la intuición, llegue por
la inducción y la deducción a la sistematización, y se traza el plan de la
ciencia. Siguiendo este plan, la Sociología teórica aparece con cuatro fases: la
Intuitiva, que forma el concepto de la Sociedad como “una realidad viva, un ser
viviente la Inductiva, cuya conclusión, después de examinadas y clasificadas las
funciones de la vida social, es que “hay leyes naturales de la Sociedad, porque
hay un orden social que es necesario”; la Deductiva, que formula las leyes (una
constitutiva, la de Sociabilidad, una de procedimiento, la Ley de los Medios, y
cinco orgánicas o funcionales: Trabajo, Libertad, Progreso, Ideal y
Conservación); y la Sistemática, que demuestra la verdad de esas leyes por el
estudio de las relaciones de los fenómenos sociales entre sí y con los fenómenos
cósmicos.
El Libro II, mucho
más extenso que el I, presenta la sociología expositiva dividida en cuatro
ciencias: una general, Socionomía o sociología propiamente dicha, que examina
las leyes ya nombradas, da su enunciado, y estudia el orden que de ellas se
deriva; y tres ciencias de aplicación: Sociografía, general, que estudia los
estados sociales (salvajismo, barbarie, semibarbarie, semicivilización y
civilización, no alcanzada aún verdaderamente por ningún pueblo) y la evolución
de las funciones (trabajo, gobierno, educación, religión y moral, y
conservación), y particular, que describe la evolución y la vida del individuo
(célula primordial), la Familia (que Hostos considera, al modo de Schaffle, como
la célula social completa), la Tribu y la Gente, y determina la potencia de la
sociedad para realizar el orden relativo como fin de sus actividades;
sociorganología, estudio de los órganos de la sociedad (Individuo, Familia,
Municipio, Región y Nación), y sus respectivos consejos u órganos
institucionales, con una explicación del procedimiento adecuado para organizar
los Estados, desde el Doméstico hasta el Internacional, concepción de una
probable realidad futura; y por último, Sociopatía, estudio de las enfermedades
de la sociedad, con sus correspondientes Higiene y Terapéutica sociales.
Hostos aparece en el Tratado
fundamental de Sociología —del cual excluyó la historia de la ciencia y la
discusión de las teorías— aún más original e independiente que en el primer
esbozo. Desde luego, gusta de las designaciones organicistas,
y aun de los procedimientos del organicismo apellidado naturalista o
fisiológico; pero nada más: define la sociedad como ser viviente —concepto que
cabe dentro de la idea general de organismo— sin buscarle sistemáticamente
analogías con los seres biológicos ni precisar la diferenciación de órganos,
pues los cinco que describe (desde el Individuo hasta la Nación) ejecutan
indistinta y simultáneamente todas las funciones.
El más alto mérito
de Hostos como sociólogo se basa en su concepción de siete leyes que rigen toda
la vida superorgánica, aunque el enunciado de ellas (esto es: “la descripción de
su modo de actuar”) sea más o menos discutible. Otros sociólogos han formulado
leyes: generalmente han errado, por haber pretendido, unos, reducirlas a un
principio único y exclusivo; otros, multiplicarías con exceso; otros aún,
hacerlas abarcar demasiado.
La ley fundamental
de la sociología hostosiana es incontestable: la Sociabilidad, cuyo origen busca
él más en la necesidad que en el admirable concepto de la “conciencia de
especie” desarrollado por Giddings y ya antes esbozado por Darwin, que ve en la
simpatía la base del instinto social, base a su vez del sentido moral.
La ley de los
Medios, designada como de procedimiento, y tres de las leyes orgánicas, la de
Trabajo, la de Libertad y la de Progreso (tomado éste en el sentido de
evolución, no de progreso indefinido), se fundan en verdades axiomáticas. Y las
dos últimas leyes, el Ideal y la Conservación, se fundan en verdades de capital
importancia que Comte había estudiado ya y que recientemente han servido de base
a dos importantes teorías sociológicas: la concepción de las ideas—fuerzas de
Fouillée y el principio de la supervivencia de lo social, formulado por Lester
Ward.
Como queda
indicado, Hostos da a las leyes sociales un fundamento de necesidad: aun a la
que podría parecer menos necesaria, la del Ideal, la relaciona con la armonía
universal, y afirma que de la observación de esta armonía derivará el hombre,
siempre y forzosamente, una enseñanza directriz de su vida.
"Aun cuando la
lógica espontánea —dice— no estableciera una relación de medio a fin entre cada
habitante de un mundo y ese mundo, bastaría la benéfica influencia de la armonía
de todas las cosas entre sí para que en el alma de los seres surgiera como
producto natural del medio ambiente, el Ideal de Bien, la secreta aspiración de
las grandes ...
En su filosofía
fundamental, Hostos es determinista: acepta como absolutas y necesarias las
leyes cósmicas. Como en sociología admite la libertad como producto de la vida
individual. Reconoce, pues, la individualidad, la “idea directora de cada
organismo”, según la expresión de Claude Bernard, como irreductible a las leyes
sociológicas —problema que llevó a Tarde a construir su monadismo, colocando en
los cimientos de su sociología una concepción metafísica que, contra la
insuficiencia de la explicación ensayada por Spencer con su teoría de la
“instabilidad de lo homogéneo” declara que “la única manera de explicar la
florescencia de las diversidades exuberantes de los fenómenos consiste en
admitir que existen en el fondo de todas las cosas infinitos elementos de
carácter individual”.
"Esa propiedad que llamamos Libertad —dice Hostos— es el modo natural de hacer las cosas... la tendencia a imponer nuestro propio modo de ser a nuestro modo de proceder... A medida que se medite en esta íntima correlación de nuestros actos humanos con nuestra constitución psíquica, iremos viendo la naturaleza, necesidad y propiedad de este proceder; procedemos así porque está en la naturaleza de nuestro ser... Cuanta más conciencia tenemos de las funciones físicas y psíquicas de nuestro ser, tanto más vigorosamente nos apegamos a este modo natural de hacer las cosas."
Hostos no es, en verdad, el único
determinista prudente de la sociología: desde Comte hasta De Greef, y a pesar de
las críticas de Spencer, inflexible en lo que un escritor francés llama su
“fatalismo optimista”, no escasean los sociólogos que conceden a la sociedad el
poder, dentro de los límites naturales, de regular y modificar las condiciones
de su propia existencia. Hostos se inclinaba decididamente a ese criterio.
Considera la voluntad humana como agente perturbador que suele obstar a la
realización del orden que debe resultar del eficaz cumplimiento de las leyes
naturales de la sociedad, pero agente al cual es posible reducir, por medio de
la educación, de la civilización, al cumplimiento de esas mismas leyes; y cree,
por otra parte, que en este momento de la evolución histórica, “el hombre es ya
adulto de razón y hasta se le puede considerar adulto de conciencia”, y, en tal
virtud, debe ya comenzar a regir sus actos individuales y colectivos por la
interpretación de las verdades que ha descubierto.
Por lo tanto, y
pese a haber sido Hostos un pensador que, con todo su grande amor a la verdad
(“Dadme la verdad y os doy el mundo”), amó mucho más el bien, y estimó la
ciencia como “una virtualidad que tiende a la acción” según la frase de Varona,
y que debe servir al perfeccionamiento humano, es justo que su Tratado de
Sociología resulte obra de tendencias prácticas al mismo tiempo que de
constitución científica.
Como es natural en
tan elevado y generoso espíritu, Hostos encuentra vicioso en casi todas sus
partes el sistema de vida de la sociedad actual; a cada paso descubre un
defecto, censura con indignación un error, plantea un problema: cuándo, es la
mala organización de los poderes de gobierno, especialmente la rudimentaria del
electoral; luego, la falta de cohesión de la familia, “que está ahora en el
principio de su evolución”; más tarde, las tendencias agresivas de las naciones
fuertes; y frecuentísimamente los múltiples yerros de los pueblos
latinoamericanos, a quienes presento en otros escritos el terrible dilema:
“Civilización o Muerte”.
Contra cada mal,
indica un procedimiento regenerador: en este respecto, pocos libros
contemporáneos hay que contengan tantas enseñanzas provechosas como su
Sociología y su luminosa Moral social. Los remedios que propone no son los de
las teorías socialistas corrientes: la solución de los problemas humanos piensa
que la dará siempre no una revolución, “barrido extemporáneo de basura”, sino el
conocimiento exacto de las leyes naturales del mundo y de la sociedad, que
permitirá determinar “la cantidad de bien ya realizado y los medios del bien por
realizar”.
Su concepción del
posible porvenir social está condensada en el párrafo en que analiza las
probabilidades de la civilización, después de indicar que ésta nunca llega a ser
un estado definido, puesto que más bien es un propósito: “El desarrollo
omnilateral, simultáneo y concurrente de todos los órganos y funciones de una
sociedad cualquiera, sería lo único capaz de producir a un mismo tiempo, como
expresión, como signo de ese desarrollo, los tres caracteres que acabamos de
analizar (el industrialismo, el intelectualismo y el moralismo). Probablemente,
esa concurrencia de todos los órganos y de todas las funciones en el
desenvolvimiento social será imposible, a menos que en el transcurso de los
tiempos, en el aumento de razón común, en el aumento de la voluntad por la
moral, en el
predominio universal de la conciencia, llega a poder suceder que el hombre
colectivo sea a la vez un trabajador completo, un discurridor correcto y un
realizador puntual de las virtudes del trabajo y de la razón.”
La Habana, 1905.
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