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Punto de Vista

Punto de Vista

Tan pronto los vapores invisibles del cloroformo comienzan a abandonarme y a dejar en libertad mi conciencia todavía semi-adormecida, me percato de la presencia del monstruo que reposa a mi lado y me está mirando con sus dos únicos ojos increíbles, ribeteados de profusas venillas sonrosadas.

 Sacudiéndome con un esfuerzo de voluntad las últimas nieblas del anestésico, observo con detenimiento aquella masa informe, mezcla absurda de huesos, tejidos y cartílagos con la que he estado confundido hasta pocos momentos antes.

El monstruo está provisto de cuatro angostos tentáculos flexibles que rematan en cinco pequeños flequillos terminados, a su vez, en una substancia córnea de un subido color rosáceo. En un extremo del cuerpo yacente – que se angosta en forma de tubo a un séptimo de la distancia que lo separa de su otro extremo, para hincharse de nuevo en una especie de burda vejiga desteñida – compruebo la presencia de una pelambre rojiza y revuelta que acentúa la apariencia ridícula del fenómeno.

 Rodándome levemente hacia la izquierda acerco el oído al centro del informe cuerpo y oigo los latidos isócronos de un corazón – que debe estar en algún lugar bajo este horrendo amasijo de carne – y anuncia el ominoso instinto de supervivencia que abriga el monstruo.

 En un súbito arranque de torturante premonición imagino lo que será a partir de ahora mi existencia, irremisiblemente unida a la de aquel ser extraño en donde ha fracasado tan ostensiblemente la alquimia inmemorial de la naturaleza.

Me hundo entonces en un estado de muda conmiseración de mí mismo y de protesta impotente, durante el cual tenues atisbos de amor filial se entremezclan con difusos sentimientos homicidas.

 Pero esa atormentada corriente de pensamientos encontrados queda interrumpida para siempre cuando otro ser monstruoso entra bruscamente a la habitación, me arranca de la cama con sus poderosos tentáculos y utilizando diestramente los ridículos flequillos en que aquéllos rematan, me envuelve en un papel de periódico y me arroja al cesto de desperdicios sin hacer caso a mis aullidos desesperados, al tiempo que le escucho comentar con sorda hipocresía: “Menos mal que no llegó a vivir este huevo de carne con tres ojos y sin brazos ni piernas... ”

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