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El
campeón El día de la última pelea había un frío seco que hacía rechinar los dientes y el aire calaba hondo. El Campeón parecía resentirlo más. Era muy sensible a los cambios de temperatura. A veces yo llegaba y le decía cualquier cosa y él se reía. Me la pasaba bien porque se ponía a contar chistes y a reírse como niño. Los chistes que contaba eran malos y no importaba, los contaba con ganas. Pero había veces en que podía romperte la nariz sólo por mirarlo a los ojos. “¿Cuál es el problema?”, te preguntaba, y cualquier cosa que le contestaras significaba que estabas en un pleito. Decía que cuando se enojaba veía todo rojo y que no reconocía a la gente. Sólo pensaba en matar, como cuando estaba en el ring. Cuando se ponía furioso daba miedo sólo de mirarlo a los ojos. Se veía raro con su cara de niño y los ojos de demonio. Hasta al Ciego le tocó saber lo que era el Campeón cuando se enojaba, y eso que era su amigo. A mí también me tocó. Conmigo no pasaba de dar gritos y hacer berrinche, porque me respetaba demasiado como para hacer tonterías. Pero mandó a cuatro al hospital en el tiempo en que lo conocí, además de los que no me enteré. Lo veías serio y te ponías a rezar para que no fuera contigo, porque con alguien tenía que desquitarse cuando se ponía así. Sólo le pasaba de tarde en tarde, pero fueron cuatro veces que tuve que sacarlo de la cárcel y varias más tuve que dar dinero para que no se lo llevaran. Por suerte no le gustaba tomar. Borracho hubiera sido peor. Casi siempre era muy dócil, demasiado dócil. Lo veías y te daban ganas de que se pusiera violento con tal de que hiciera algo, que llorara o lo que fuera, pero que se moviera. Casi siempre que le agarraba por estar como piedra era porque le había llegado carta de su hermano. “Un día de éstos vamos a visitar a mi hermano”, me decía, y no volvía a decir nada. Se pasaba tres o cuatro días dando vueltas por la casa como sonámbulo o se sentaba cuatro o cinco horas sin moverse y viendo para ninguna parte. “Vamos a dar una vuelta”, le decía yo, pero casi nunca me oía. Durante un tiempo lo único que supe de su hermano era que vivía en Estados Unidos y que le escribía varias veces por año, en su cumpleaños, en navidad y cuando necesitaba dinero. Un día de tantos, en una de las depresiones del Campeón, se me ocurrió ir a su cuarto y leer todas las cartas de su hermano para ver si encontraba algo que le pudiera ayudar. Los sobres no tenían remitente, sólo una lista de correos en Atlanta, con una letra que le hubiera dado vergüenza a un niño. En el interior había otro sobre sin remitente, en blanco, como si su hermano le hubiera mandado la carta a alguien para que a su vez se la mandara al Campeón. Demasiado complicado para que no hubiera algo raro. Leí las cartas. Casi todas eran iguales. Hablaban de la niñez del Campeón y de su hermano. Puros recuerdos, casi siempre los mismos; sólo cambiaban algunas palabras, a veces ni eso. Nunca le contaba al Campeón sobre su vida. Uno siempre tiene cosas que contar, pero el hermano del Campeón más bien parecía tener cosas que ocultar. Parecía que quería ocultarle todo, y que sólo escribía para que el Campeón se enterara de que estaba vivo y le mandara dinero. “Al diablo”, dije, y fui con el Campeón y le enseñé las cartas. —¿Qué son estas cartas? —le pregunté. —Cartas —me contestó. Estaba en uno de sus días de depresión. —¿Qué tienen las cartas de tu hermano que te ponen así? —le pregunté—. No es bueno que te pongas así porque afecta tu condición, no entrenas, no haces nada, te la pasas todo el día en las nubes. —Son cartas de mi hermano —me dijo, como si con eso explicara todo—. Ponlas en su lugar. Era uno de esos días en que preferías verlo enojado, aunque después me arrepintiera. El Campeón era raro. Como un niño que no supiera qué hacer con su vida. Cuando no estaba deprimido y no tenía pelea se la pasaba dando vueltas de un lado para otro, como si tuviera pulgas. Caminaba muchísimo, se iba a las tiendas y compraba tonterías: muñequitos de plástico, máquinas de coser, zapatos rojos, lo que se le ocurriera. Una vez me regaló un juego de plumas de oro; igual me hubiera regalado un gato que se encontró en la calle o un monedero de señora que compró en una barata. Salía y compraba cualquier cosa. En su casa había un cuarto completo de las tonterías que compraba. Todas estaban puestas en una estantería o sobre una mesa para doce personas que compró carísima y que no cupo en el comedor. Cada tres o cuatro meses yo le decía que había que hacer limpieza, que escogiera lo que le gustara y que lo demás podíamos regalarlo. —Regálalo todo —me contestaba, y yo se lo daba a alguna asociación de caridad y le avisaba a la prensa que el Campeón había hecho un donativo. Había ganado mucho dinero en poco tiempo y no sabía qué hacer con él. La fama no le caía bien. La aguantaba porque era el mejor welter del mundo, pero no tenía que ver con él. Le gustaba boxear, y era un magnífico boxeador, lo traía en la sangre. Así decían todos los periodistas: el Campeón nació con los guantes puestos. A veces se pasaba horas y horas viendo cintas de las peleas de campeonato. Tenía docenas de cintas que le había comprado carísimas a uno de la televisión. —Ese tipo te estafó —le decía yo. —Peor para él —contestaba. Cuando estaba de mal humor se ponía a ver las peleas de Floyd Patterson. —Es un fraude —decía—. No sé cómo llegó a campeón del mundo —y se pegaba en las rodillas. Decía que Patterson había sido todo lo que él no quería ser, que nunca había conocido un boxeador peor que Patterson, y salía a la calle a buscar bronca con cualquiera que se le atravesara, o a comprar tonterías. Su héroe era Primo Carnera, nunca supe por qué. Había mandado a ampliar una foto en la que aparece dándole a Sharkey el golpe que lo convirtió en campeón pesado. —Carnera era un fraude —le decía yo—. Más que Patterson. A Carnera lo inventó la mafia; Patterson por lo menos ganó a pulso el campeonato. Contestaba que era cierto, pero que no le importaba. En los diarios decían que el Campeón tenía buen punch, que nadie soportaba su punch, su punch por aquí y su punch por allá. No era cierto. Pegaba suave para su peso, pero sabía pegar en el lugar exacto. Decía que la sangre enojaba a sus rivales, que Alí tenía razón y que había que hacer que el otro se enojara cuando veía tanta sangre; lo decía como si no estuviera tan seguro. Todo el mundo creía que era un profesional frío, y no. El Ciego y yo estábamos con él cinco minutos antes de que subiera al ring y sabíamos que sentía pánico antes de cada pelea. No se veía muy diferente que como se veía siempre. Decía “Tengo sed” o “Qué horas serán”, pero sabíamos que estaba muerto de miedo. Sobre el ring parecía una máquina de matar, y eso era, una máquina de matar. Nunca mató a nadie, pero era una máquina de matar. Era audaz, a veces tonto. Al principio perdió peleas por eso, pero aprendió a dosificar el miedo y la audacia, y llegó a campeón. Desde el principio fue lo mismo. Dos rounds, tres rounds, y listo. Los hacía pedazos. Pero no porque tuviera punch; eso lo inventaron los periodistas. Y, sobre todo, tenía aguante. Si el otro llegaba al décimo, él seguía tan fresco como si acabara de empezar, mientras que el otro ya quería que tiraran la toalla. Lo purgaba que dijeran que era un fajador. —Soy un boxeador, no un payaso —decía. Pero era tan contundente que todo el mundo creía que era fajador. Hasta sus rivales lo creían. El Ciego juraba sobre la Biblia que no podía romper ni una tabla así de delgada. Quizá cuando se subía al ring sacaba más fuerzas de las que tenía y se convertía en un fajador, pero no creo. Esas cosas se ven si uno sabe ver, y al Campeón se le veía todo. Siempre supe que tenía talento, y así se lo dije al Roto Castaneda cuando lo saqué de su gimnasio. Él dice que no es cierto, pero al Roto Castaneda siempre le gustó llevar la contraria. Además lo enojaba no haberse dado cuenta de lo que tenía en las manos. El Campeón estaba en el gimnasio del Roto haciéndole de sparring por treinta diarios a novatos que no iban a llegar a ninguna parte. Se había hecho de mala fama porque tiraba a los otros a la lona con trucos sucios. Todos decían que nunca iba a hacer nada como profesional. Lo que pasaba era que no tenía nada de técnica. Era un costal de mañas, y las usaba todas, desde pegar en la yugular hasta pescar con el zapato la suela de su contrario para que perdiera el equilibrio. Pero era rápido, y preciso. Todos sabían que lo que hacía no era limpio, pero lo hacía con tanta rapidez que era difícil darse cuenta. Como sparring era de lo mejor. Si quieres entrenar bien a un novato, ponlo contra un tramposo para que aprenda mañas y agarre reflejos. Claro que también tienes que darle técnica, y eso era lo que le faltaba al Campeón. —Llévatelo —me dijo Castaneda—. Se está muriendo de hambre. Contigo por lo menos va a comer bien. Pero nunca va a ganar nada. Ninguno de los tuyos ha ganado nada. Todos están gordos. Según Castaneda los buenos boxeadores tienen que pasar hambre para ser buenos. A lo mejor tenía razón, porque mis muchachos nunca pasaban de las preliminares. Pero no era porque comieran de más. Siempre fui estricto, pero no supe seleccionar a gente con talento. Me fui a los vestidores y le dije al Campeón que si quería que lo entrenara. Se rió de mí. A la mierda, dije yo; ningún niño tonto se va a burlar de mí. —¿Cuánto cobra? —me preguntó. —Lo de ley y un diez por ciento más —le dije—. ¿Te parece? Me conformaba con el treinta y tres, pero en realidad ni eso sacaba, porque a muchos los llevaba a mi casa, les daba de comer y hasta les compraba ropa para que mantuvieran la imagen. O como con el Kid Águila, que cobraba tan poco que se lo daba todo, y todo se le iba en darle de malcomer a su tribu de hijos. Pero ningún mocoso se iba a reír de mí en mi cara. Si quería burlarse a mis espaldas, ni modo, pero no en mi cara, por eso le dije que diez por ciento más, para obligarlo a negociar. —Me parece bien —me dijo—. Empezamos cuando diga. Estaba acostumbrado a que se pusieran a llorar de agradecimiento. Con él no hubo de eso. Terminó de ducharse y me dijo que me invitaba a comer a la fonda de su tía Lupe, una mujer que se reía como bruja. Fuimos y en ningún momento le dijo a su tía que alguien estaba dispuesto a convertirlo en boxeador de verdad. Los muchachos como él casi siempre iban con sus parientes y se pasaban horas repitiendo que por fin alguien les daba una oportunidad, que iban a ser campeones del mundo. Él sólo llegó, le dio un beso a su tía, me presentó y pidió un guisado de puerco. Comió un montón de tortillas y se repitió frijoles. Nunca había visto comer así a nadie. —Hay que cuidarte la alimentación —le dije, y pidió fruta. No hace falta decirlo: fue el mejor que tuve. Fue mejor que cualquiera. Aprendía rápido y no ponía peros. Le explicaba las cosas y él se me quedaba viendo como si le estuviera dando una clase de filosofía y no entendiera nada. A veces parecía que no estaba haciéndome caso, porque cuando terminaba de hablarle se quedaba igual, sin moverse. —¿Me estás entendiendo? No contestaba. Me miraba otro rato, sacudía la cabeza y decía que sí, que me entendía perfectamente. Yo le decía que quería ver si era cierto y le daba instrucciones al Ciego para que le tirara lo mejor que tuviera. El Ciego tenía mucha experiencia y sabía más trucos que un gato tuerto. Y era tuerto. Perdió el ojo izquierdo en una pelea de cantina y por eso no pudo seguir en el box. Como sparring era bueno. Los primeros días hizo pedazos al Campeón, sobre todo con su famoso upper, que nadie sabía de dónde salía ni por dónde entraba. Varias veces noqueó al Campeón. No lo desmayaba, pero ya no podía seguir entrenando. —Dale fuerte, pero no me lo dañes —le decía yo—. Éste no es como los otros. Éste tiene madera. —Así aprende más rápido —decía el Ciego. Tardó casi siete meses en tirar al Ciego. Cuando por fin lo tiró, el Ciego agarró un ataque de risa que lo hizo toser y llorar. Era de la misma madera que el Campeón, la madera de los locos y los que van al Polo Norte para ver qué hay allí, sólo para encontrar que todo está lleno de hielo y que hace mucho frío. Nunca supe nada de la vida del Ciego, excepto que tenía parientes para llenar un estadio. Cuando lo vi atarantado y muerto de risa, y el Campeón también riéndose como niño, me di cuenta de que eran hermanos. Desde ese día casi no se separaron. Se convirtieron en amigos de ésos que se conocen tanto que ya no se hablan y se la pasan juntos horas y horas frente a un vaso lleno de cualquier cosa (el Ciego tampoco tomaba), viendo pasar el tiempo. En la noche se iban juntos a caminar y regresaban a eso de las once; a las cinco de la mañana el Campeón pasaba por él para irse a correr. —Tienes que dormir más —le decía yo—. Además ese negro está loco. —Uno duerme lo que tiene que dormir —decía el Campeón. —¿Qué tanto le ves al Ciego? —Nada —me decía—. No tengo nada que verle. Yo no usaba seconds. Sólo éramos mi muchacho y yo; no necesitaba a nadie más. Los equipos son para los que no tienen ideas o talento. Quizá muchos de mis muchachos no tenían talento, pero yo sí tenía ideas. Nada de seconds. Los contrataba porque así era la ley, pero sólo para la pelea, les pagaba lo justo y cada quién para su casa. Al sindicato no le gustaba. Trataron de meterme pleito en la Comisión, pero no pudieron. “Yo estoy haciendo box, no asambleas. No tengo tiempo para asambleas”, les decía, y ellos se ponían furiosos. Si la ley dice que el Campeón debía tener seconds durante la pelea, yo cumplía con la ley, y lo demás los hacía a mi modo. El Ciego no tenía licencia, no sé por qué problemas con la gente del Sindicato, y por eso no podía estar a un lado del ring, y al Campeón se le metió en la cabeza que quería al Ciego en todas sus peleas, que se sentía inseguro si no estaba. —Tú siempre te sientes inseguro —le dije—. Si está o no está el Ciego, siempre vas a estar meándote del miedo. Creí que se iba a enojar, pero no. —Quiero al Ciego o no peleo —me dijo muy tranquilo. Se me ocurrió mandarlo al diablo y decirle que no trabajaba con vedettes, pero no vi problema en cumplirle el capricho. Así que fui al Sindicato y a la Comisión, repartí billetes y logré que le dieran una licencia provisional, que tenía que revalidar cada tres meses. A veces me enojaba que el Ciego sólo servía para pasarle una esponja por la cara y darle agua. No le daba consejos durante la pelea. Ni siquiera le curaba las heridas, porque nunca hirieron al campeón, nunca le abrieron una ceja, nada. Sólo le pasaba la esponja, le daba agua y a veces una palmada en la espalda. Era un capricho: quería que el Ciego estuviera allí, nada más, y me salía carísimo, porque me cobraba como si fuera el mismísimo Ray Sugar. —No le estoy pagando todo ese dinero para que te pase una esponja por la cara —le dije al Campeón. No me contestó. Era uno de los días en que le había llegado carta de su hermano. Ése era el humor con el que estaba el día de la última pelea en Las Vegas. La Comisión no había dejado que el Ciego estuviera entre las asistencias; en Estados Unidos las cosas funcionan de otro modo. El Campeón se puso de un humor de perros desde que nos subimos al avión, y ya había tenido bastante tiempo de cocinar su mal humor cuando llegamos al hotel. No se cómo hice para que no le pegara al botones. El muchacho lo barrió con la mirada cuando vio la propina que le dio por subir la maleta, y el Campeón se le fue encima. Nunca pude convencerlo de que había que darle buenas propinas a la gente que hace cosas como cargar las maletas o servir la comida en los restaurantes o abrir puertas. Para él, trabajo era cualquier cosa que hiciera sudar. Para él los que viven de sonreírle a la gente eran unos zánganos. Odiaba a las secretarias. Decía que cualquiera podía recibir a la gente sin necesidad de secretarias, y que nunca se me ocurriera contratar una. Además no le gustaba que la gente se sonriera sin motivo, ni los promotores ni las mujeres que lo seguían. Todos se sonreían cuando aparecía el Campeón. Allí está el Campeón, decían, y le sonreían, y él se ponía como fiera. Era raro que se sonriera. Quiero decir que todo él era raro. Pero pegaba como nadie y tenía el mejor juego de piernas del mundo. Así que estuvo a punto de pegarle al botones. El muchacho sabía quién era el Campeón —todos sabían quién era el Campeón—, pero lo insultó. En realidad no lo insultó, sólo alzo la cara y lo miro a los ojos como si lo estuviera retando y como si no le tuviera miedo. Para cualquiera hubiera sido un insulto, pero para el Campeón fue peor. —Cuando un idiota que no trabaja le pierde a uno el respeto es porque ya es hora de morirse —me dijo después de darse un baño. —Cálmate —le dije—. Así es la gente. —¿Sabes lo peor? —me dijo—. Que son los mismos que pagan para ir a verme. Yo tengo que romperme el hocico para que ellos se diviertan y después vienen para que les dé propina por hacer lo que tienen que hacer. A mí nadie me da propinas por hacer lo que tengo que hacer. —Tenemos que ir al pesaje —le dije. —Ya me estoy poniendo inútil. Siempre empezaba así cuando se ponía de mal humor: que ya estaba inútil, que iba a retirarse, que ya estaba viejo. No estaba viejo, acababa de cumplir los veintiséis. Pero así le gustaba decir para que yo le dijera que no, que todavía tenía una carrera larga, por lo menos diez años más, que se iba a retirar como campeón y cuando a él se le diera la gana. Así que le dije lo que siempre le decía, pero siguió con el mismo humor. Le dije que no podía estar así, que era peligroso estar así antes de una pelea. —Hace un frío de mierda —me dijo. No quiso ponerse nada caliente, sólo la camisa de siempre. —Te vas a resfriar —le dije. —Todo el mundo se resfría. No valía la pena discutir y le dije que mejor nos fuéramos a que lo pesaran. El gimnasio estaba a cuatro cuadras y nos fuimos caminando. —Te vas a enfermar —le dije. —Todo el mundo se enferma. El Ciego tenía que estar en el gimnasio para el pesaje, pero no llegó. El Campeón se puso nervioso, sobre todo cuando Johnny Mawala se le paró enfrente y le dijo no sé qué en inglés. —Está bien —le dijo el Campeón en español, pero se puso nervioso. El Campeón dio el peso exacto, como siempre. Mawala se pasaba por un kilo y medio, pero no dije nada. El de la Comisión me miró para ver si protestaba. —No hay problema —le dije. No quería que el Campeón se pusiera peor. Tenía suficiente con que el Ciego no estuviera allí. La ausencia del Ciego lo afectaba como a la gente supersticiosa cuando olvida en casa sus patas de conejo y sus monedas de la suerte. Los fotógrafos les pidieron que se pusieran espalda contra espalda para tomarles una foto. —Que se jodan —dijo el Campeón, y salió del gimnasio. —Regreso en cinco minutos —dije, pero creo que no me entendieron. En la entrada me encontré al Ciego. Se había comprado un suéter de colores chillones. —¿Qué te parece? —me preguntó. —¿No viste cuando salió? —le pregunté. —¿Quién? La pelea empezaba a las siete y eran las dos. Lo buscamos en los casinos, en las tiendas con máquinas tragamonedas, en restaurantes, en tiendas de tonterías y hasta en un par de burdeles. Hablamos al hotel, pero no apareció. —No llames a la policía —me dijo el Ciego—. Ya aparecerá. A las seis llegamos al gimnasio. A las seis y media la gente de Mawala habló con el delegado de la Comisión para que explicáramos por qué no había llegado el Campeón. —Aquí está el cinturón —dijo el Ciego—. Donde está el cinturón, hay pelea. El delegado ni siquiera lo miró. Quería que yo le contestara. —En quince minutos —le dije—. Acaba de hablar por teléfono. Viene para acá. Dice que tuvo un contratiempo. Todos se acuerdan de que los himnos se cantaron cuando el Campeón todavía no llegaba. La gente de Mawala estaba agresiva. Mawala se puso payaso. Agarró el micrófono del anunciador, se declaró campeón mundial y exigió que le pusieran el cinturón. —¿Qué pasa? —me preguntó el de la Comisión. —Dos minutos. Está en el vestidor. —Dos minutos —me dijo. No hizo falta esperar tanto. A los diez segundos la gente empezó a gritar. El Campeón venía ya listo hacia el ring, acompañado por el Ciego. —Vete a la mierda, Mawala —grité. Él no me entendió, pero me enseñó un puño vendado. El campeón pasó entre las cuerdas y saludó al público. La mayor parte le aplaudió. —¿Qué te pasó? —le dije en la esquina. Los seconds, no sabían qué hacer. Les había dicho que no se acercaran. —Nada —me dijo el Campeón. Tenía un moretón en el pómulo izquierdo y una herida en la oreja. —¿Qué fue eso? —Voy a ganar. Eso fue. Tenía hinchadas las manos. El Ciego lo había vendado, pero yo conocía las manos del Campeón mejor que las mías. No dije nada. El entrenador de Mawala se acercó para ponerle los guantes al Campeón. Después le tocó a Mawala. —La cinta del derecho está muy larga —le dije al referee. —Yo la veo bien —me contestó. Era cierto, pero había que decir algo. —¿De verdad puedes pelear? —le pregunté al Campeón. —Siempre puedo pelear —me dijo—. ¿Cuándo no he podido pelear? El referee los llamó para darles instrucciones. El Campeón miraba para otra parte, y Mawala lo miraba a él como si quisiera comérselo. Si hubiera sido de los míos le hubiera puesto de apodo “El Caníbal”. Tenía cara de caníbal. Hasta cuando Jim Hutton le rompió la cara seguía pareciendo caníbal. Pero no tenía estilo, y eso cuenta. Podía pegar como Dios cuando se enoja, pero el estilo hace a los campeones. Si pierden el estilo, perdieron la pelea. —Lo voy a matar —me dijo el Campeón. Sonó el silbato y de un salto se puso en el centro del ring. El primer round fue aburrido. Mawala trató de pescarle el hígado, pero el Campeón le metió tres rectos a la ceja izquierda. —Vio a su hermano —me dijo el Ciego, con el ojo bien abierto, como si se hubiera encontrado un fantasma dentro de su suéter de colores chillones. —Vete o nos descalifican —le dije. —Está sentado en el tercer asiento de la derecha. Volteé. Era un tipo bajito de unos cuarenta años, delgado y con cara de enfermo. —¿Él lo golpeó? —Estás loco —dijo el Ciego. —Ve a sentarte. Así que ése era el famoso hermano. Parecía que tenía tuberculosis terminal. Sonó el silbato. —Ya vi a tu hermano —le dije al Campeón. —Yo también. Estaba de peor humor que en la tarde. —Sigue trabajando la ceja —le dije—. Ya casi se la abriste. —Lo voy a noquear —volteó a ver a donde estaba su hermano—. ¿El Ciego te dijo? —Quién más. —Negro cabrón. —No te apresures —le dije—. Aguántalo hasta el cuarto. Lúcete y llévala suave. —Ahorita vemos —dijo. Sonó el silbato y se fue. Miré al hermano. Estaba sonriendo. Parecía una anciana paralítica. Vi al campeón. En ese momento estaba acomodándole a Mawala un recto a la nariz que le sacó sangre hasta por las orejas. Después vino el gancho al hígado. El referee empezó a contar. A Mawala le hubiera dado lo mismo que le contaran doscientos. Estaba paralizado, paralizado de verdad. El referee llamó al médico. —Desgracié a ese idiota —me gritó el Campeón, con ojos brillantes y sonrisa de loco—. Es un pendejo. En cinco minutos tenía el cinturón puesto y caminaba por el ring, entre los fotógrafos y los colados, con los brazos arriba. Seguía de mal humor, pero por lo menos se sonreía. A Mawala lo bajaron en camilla. Alguien me tocó el hombro. Sentí escalofríos cuando vi la mano pálida. Era una mano como de muerto viejo. —Me hermano me ha hablado de usted —me dijo una voz que se parecía a la de Peter Lorre. Nunca me ha gustado Peter Lorre. Me dan miedo sus ojos. Los ojos del hermano del Campeón eran iguales a los de Peter Lorre, pero con bolsas moradas. —A mí no me ha dicho nada de usted —le dije. No me gustaba, ni me gustaba que el Campeón se deprimiera cada vez que le mandaba cartas. Se sonrió como si le diera gusto que el Campeón no hablara de él. —Así es mi hermano —dijo. —¿Y a qué debemos su visita? —Necesito dinero. Mi hermano tiene dinero. Yo le enseñé a boxear. Sus brazos eran tan flacos que daban ganas de rompérselos. Los pantalones se le veían flojos alrededor de los muslos. —¿En serio? —le pregunté. —Sí —me dijo—. Cuando éramos niños. Me tiré una carcajada. —¿Y en qué categoría ha peleado? —me burlé. —En ninguna que usted conozca. Me miró con unos ojos que hubieran matado de miedo a un loco. Este tipo es malo, pensé. Tengo que cuidarme de él y tengo que cuidar al Campeón. —¿Usted es el encargado del dinero? —me preguntó. —Sí —le dije—. Yo decido si se lo gasta o no se lo gasta. —¿Y en qué se lo gasta? —En pendejadas —le contesté. —Yo le enseñé a boxear. Me di la vuelta y subí al ring. Había mucha gente gritando y haciendo bola. Había cámaras de televisión, pero el Campeón ya no estaba. El Ciego sí estaba, en una esquina. Abrazaba el banquito y veía asustado a su alrededor. —¿Qué te pasa? —le pregunté. —Nada. Me pone nervioso tanta gente. —A ti no te ponen nervioso esas cosas —le dije por decir algo. —Hoy sí. —¿Dónde está el Campeón? —Dijo que lo alcanzáramos en el hotel. —¿Por qué no le dijiste que me esperara? Tiene que hablar con la prensa. —Dijo que no quería hablar con nadie. —¿Ni con su hermano? —Dijo con nadie. No sé quién sea nadie. Al día siguiente un periódico de Los Ángeles publicó una foto que le tomaron al Campeón cuando iba al hotel. Estaba todavía en pantalones de box, con los vendajes puestos y el cinturón de campeón welter. Así salió a la calle. La policía trataría después de usar la foto como prueba de que había desaparecido desde antes de llegar al hotel. Al principio mucha gente hizo llamadas para decir que había visto al Campeón en Seattle, Georgia y Arizona. Hubo alguien que dijo que lo encontró borracho en un bar de Queens y que lo había golpeado hasta dejarlo inconsciente. Una mujer dijo que tenía un hijo suyo. —¿Tú que crees? —le pregunté al Ciego. —Puede ser —me dijo. —No le conocí ninguna mujer —le dije. —No era marica. —No estoy diciendo que fuera marica —le contesté. —No era marica. Me consta. —¿Le conociste alguna mujer? —No. Pero no era marica. El Campeón me ha visitado en sueños y me ha dicho que está bien. No me dice dónde está ni cómo encontrarlo, sólo que está bien. Se lo dije a uno de los muchachos, porque necesitaba decírselo a alguien, y ahora se burlan cuando creen que no los oigo. Pero los oigo. Estén donde estén los oigo. Siempre los oigo, y a veces el zumbido de las voces me desespera y pierdo la paciencia. También los he oído burlándose del Campeón, pero qué saben ellos. Si el Campeón me ha dicho que está bien es porque está bien. Si supiera de dónde vienen los sueños a lo mejor lo encontraría. Al menos podría intentarlo.
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